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15 de Julio de 2018

 

Doble centenario: De letras y goles

Por Julián Sorel

Con soledad y tragedia en la cancha y la ficción: con Abdón Porte y Horacio Quiroga. Y con goce de vértigo y de ritmo en el juego y la poesía: con Isabelino Gradín y Juan Parra del Riego. Con centenarios de letras y centenarios de fútbol, y con centenarias relaciones entre el fútbol y las letras, despedimos hoy, domingo futbolero, el Mundial de Rusia 2018.

Hoy termina otro Mundial, el vigesimoprimero. Y aunque con las relaciones entre el fútbol y la literatura –por no hablar de las relaciones entre el fútbol y el cine, el fútbol y el cómic, el fútbol y la música, etcétera, etcétera (y omito ya mencionar las relaciones entre el fútbol y la historia, el fútbol y la sociología, el fútbol y la antropología, and so on, and so on)– podríamos cubrir páginas y páginas de este Suplemento Cultural per in sécula seculórum, para despedir debidamente hoy, domingo, el Mundial de Rusia 2018, hablaremos de dos centenarios muy importantes. Ambos hermosos, ambos trágicos. Ambos de fútbol. Uno de poesía, y otro de narrativa.

Primer centenario: Muerte en la madrugada 

Hace un siglo, en 1918, Horacio Quiroga publicó un breve cuento: Juan Polti, half-back, en la revista Atlántida, de Buenos Aires. Hace un siglo, en 1918, el medio centro Abdón «El Indio» Porte, rey de las canchas, ídolo indiscutible de los hinchas del club Nacional de Montevideo, ya había hecho, a los veinticinco años, su última gran jugada, y acababa de comprenderlo. De comprender que había empezado su todavía leve mas definitiva e irreversible decadencia. Lo había comprendido al recibir el anuncio de que la siguiente temporada jugaría como suplente de otro medio centro, que, conforme es ley de vida, ascendería mientras él declinaba. El día de marzo de 1918 en el que su equipo derrotó por 3 goles a 1 al Charley, Abdón fue a festejar la victoria después del partido con los demás jugadores y se despidió de todos a la una de la madrugada para ir, según les dijo, a tomar el tren en la Estación Central.

Pero en lugar de tomar el tren, en lugar de ir a la Estación, Abdón Porte regresó al estadio, a esa hora mudo y desierto, y en medio de las tinieblas caminó hasta el centro de ese campo en el cual había reinado hasta entonces. Nadie iba a reemplazarlo: sacó un revólver y se disparó en medio del pecho, en el corazón.

A la mañana siguiente, cuenta Enrique Vila-Matas (1), con el arma y el cadáver de Abdón Porte encontraron dos cartas. Una era de despedida, para los suyos; en la otra había copiado a mano unos versos: «Nacional aunque en polvo convertido / y en polvo siempre amante / no olvidaré un instante / lo mucho que he querido / Adiós para siempre».

Quiroga –que cuando escribió este cuento sobre un futbolista que se suicida no sabía que también él se quitaría la vida años más tarde– publicó dos meses después, en la citada revista porteña, Juan Polti, half-back, del que dice Pablo Rocca: «Se trata de la reelaboración de un material que la realidad le proporcionó, un suceso ocurrido en Montevideo en la mañana del 5 de marzo de 1918. Ese día el cuerpo de Abdón Porte –y no Juan Polti, alteración nominativa obvia por la cercanía del acontecimiento– fue hallado por el encargado del Parque Central tendido en el medio del campo, con un tiro en la cabeza y una carta en la mano. El mensaje estaba remitido al presidente del Club Nacional, institución donde Porte había actuado hasta apenas unos días atrás cuando había sido apartado por su bajo rendimiento» (2).

Cambian las circunstancias de la ascendente carrera, el nombre del suicida y los detalles –no el sabor desesperado y alegre– de la última velada. Persisten el delirio, la inexorable caída que marca el tiempo, aquello que se pierde en ciertos paraísos «demasiado artificiales», la figura entrañable y atroz de la criatura fulminada por la gloria.

Aquí va el cuento.

Juan Polti, half-back, por Horacio Quiroga 

Cuando un muchacho llega, por a o b, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremisiblemente. Es un paraíso demasiado artificial para su joven corazón. A veces pierde algo más, que después se encuentra en la lista de defunciones.

Tal es el caso de Juan Polti, half-back de Nacional. Como entrenamiento en el juego, el muchacho lo tenía a conciencia. Tenía, además, una cabeza muy dura, y ponía el cuerpo rígido como un taco al saltar; por lo cual jugaba al billar con la pelota, lanzándola de corrida hasta el mismo gol.

Polti tenía veinte años y había pisado la cancha a los quince, en un ignorado club de quinta categoría. Pero alguien de Nacional lo vio cabeceador, comunicándolo en seguida a su gente. Nacional lo contrató, y Polti fue feliz.

Al muchacho le sobraba, naturalmente, fuego, y este brusco salto en la senda de la gloria lo hizo girar sobre sí mismo como un torbellino. Llegar desde una portería de juzgado a un ministerio es cosa que razonablemente puede marear; pero dormirse forward de un Club desconocido y despertar de half-back de Nacional toca en lo delirante. Polti deliraba, pateaba, y aprendía frases de efecto: 

–Yo, señor presidente, quiero honrar el baldón que me han confiado...

Él quería decir blasón, pero lo mismo daba, dado que el muchacho valía en la cancha lo que una o dos docenas de profesores en sus respectivas cátedras.

Sabía apenas escribir, y se le consiguió un empleo de archivista con cincuenta pesos oro. Dragoneaba furtivamente con mayor o menor lujo de palabras rebuscadas, y adquirió una novia en forma, con madre, hermanas y una casa que él visitaba.

La gloria lo circundaba como un halo. «El día que no me encuentre más en forma», decía, «me pego un tiro».

Una cabeza que piensa poco, y se usa, en cambio, como suela de taco de billar para recibir y contralanzar una pelota de football que llega como una bala, puede convertirse en un caracol sonante, donde el tronar de los aplausos repercute más de lo debido. Hay pequeñas roturas, pequeñas congestiones, y el resto. El half-back cabeceaba toda una tarde de internacional. Sus cabezazos eran tan eficaces como las patadas del team entero. Tenía tres pies: esta era su ventaja.

Pues bien: un día, Polti comenzó a decaer. Nada muy sensible; pero la pelota partía demasiado hacia la derecha o demasiado hacia la izquierda; o demasiado alto, o tomaba demasiado efecto. Cosas estas que no engañaban a nadie sobre la decadencia del gran half-back. Sólo él se engañaba, y no era tarea amable hacérselo notar.

Corrió un año más, y la comisión se decidió al fin a reemplazarlo. Medida dura, si las hay, y que un club mastica meses enteros, porque es algo que llega al corazón de un muchacho que durante cuatro años ha sido la gloria del field.

Cómo lo supo Polti antes de serle comunicado, o cómo lo previó –lo que es más posible–, son cosas que ignoramos. Pero lo cierto es que una noche el half-back salió contento de casa de su novia, porque había logrado convencer a todos de que debía casarse el 3 del mes entrante, y no otro día. El 3 cumplía años ella. Y se acabó.

Así fueron informados los muchachos esa misma noche en el club, por donde pasó Polti hacia medianoche. Estuvo alegre y decidor como siempre. Estuvo un cuarto de hora, y después de confrontar, reloj en mano, la hora del último tranvía a la Unión, salió.

Esto es lo que se sabe de esa noche. Pero esa madrugada fue hallado el cuerpo del half-back acostado en la cancha, con el lado izquierdo del saco un poco levantado, y la mano derecha oculta bajo el saco.

En la mano izquierda apretaba un papel, donde se leía: 

«Querido doctor y presidente: le recomiendo a mi vieja y a mi novia. Usted sabe, mi querido doctor, por qué hago esto. ¡Viva el club Nacional!» 

Y más abajo estos versos: 

«Que siempre esté adelante 

El club para nosotros anhelo 

Yo doy mi sangre por todos mis compañeros, 

Ahora y siempre el club gigante 

¡Viva el club Nacional!» 

El entierro del half-back Juan Polti no tuvo, como acompañamiento de consternación, sino dos precedentes en Montevideo. Porque lo que llevaban a pulso por espacio de una legua era el cadáver de una criatura fulminada por la gloria, para resistir la cual es menester haber sufrido mucho tras su conquista. Nada, menos que la gloria, es gratuito. Y si la obtiene así, se paga fatalmente con el ridículo, o con un revólver sobre el corazón.

Segundo centenario: Goles contra el racismo 

Hace un siglo, en 1918, el poeta peruano Juan Parra del Riego, que tenía el hábito de sorprender siempre, en la vida y en la escritura, celebró en su «Loa al fútbol» al jugador de una tarde de partido bajo el sol: 

«…¡Jugador de blanca y roja camiseta 

que, de pronto, arrebatado, 

zigzaguea jubiloso la gran Z 

de un ataque combinado 

junto al otro, que al cruzársele en un paso de emoción 

cae al suelo y, trémulo, ¡ay…! 

se levanta otra vez como de una eléctrica impulsión.

Pero suena el breve pito de un offside 

y de nuevo va rodando la pelota 

que ya traza un arco iris momentáneo sobre el cielo, 

o epiléptica, rebota 

en los pies que hacen con ella como encajes por el suelo.

la pelota que “zumba y vuela” zigzagueante en una tarde de sol…». 

Ya en Montevideo –Parra del Riego viajó desde muy joven y no volvió a su tierra–, dedicó versos polirrítmicos a Isabelino Gradín, que tenía –como Mbappé– diecinueve años cuando conoció esa gloria que Quiroga creía fulminante al convertirse en el máximo goleador del primer Campeonato Sudamericano de Selecciones –llamado después la Copa América–, celebrado en Buenos Aires en 1916. Hubo protestas contra Uruguay pues utilizaba «refuerzos africanos». Zurdo, nieto de esclavos originarios de Lesoto, Gradín, delantero izquierdo, le dio a su país el título. 

Murió en la más absoluta miseria a los cuarenta y siete años de edad y su familia tuvo que recurrir a la caridad pública para sepultarlo. A Juan Parra del Riego, por su parte, lo mató la tuberculosis a los treinta y un años. Ambos están enterrados en Montevideo, donde a Parra lo recuerda un monumento, y a Gradín, una plaza. A Isabelino Gradín, el primer jugador negro de la historia que integró una selección en un certamen oficial, un prodigio que metió grandes goles al racismo y marcó una época. Que había crecido en el popular Barrio Sur, y aprendido a jugar en la lucha a brazo partido por el balón y la rudeza del fútbol callejero. Que dejó su nombre también en la historia del Peñarol, cuyo Libro de Oro del Centenario le dedica estas verdades: «A Isabelino Gradín, como estrella fugaz, le fueron concedidos tres deseos: que brillara en canchas y pistas, que le cantaran los poetas y que no se le olvidara» (3). (Y si esas frases dicen «que brillara en canchas y pistas», y no solo «en canchas», es porque Gradín fue también uno de los mejores atletas que ha tenido este continente.) 

Todos los aquí recordados, transeúntes cuyos caminos se cruzaron en las primeras décadas del siglo XX, tuvieron finales trágicos. Dos fueron destruidos por la enfermedad y la miseria, dos se quitaron la vida. Pero al saludarlos hoy elegimos verlos llenos del alegre fuego de sus momentos de gloria, campeones de las palabras y de las canchas, atletas y poetas, brillantes y poderosos bajo el sol.

Aquí va el polirritmo.

Polirrítmico dinámico a Gradín, jugador de football, por Juan Parra del Riego 

Palpitante y jubiloso, 

como el grito que se lanza de repente a un aviador, 

todo así, claro y nervioso, 

yo te canto, ¡oh, jugador maravilloso!, 

que hoy has puesto el pecho mío como un trémulo

tambor.

Ágil 

fino, 

alado, 

eléctrico, 

repentino, 

delicado, 

fulminante, 

yo te vi en la tarde olímpica jugar.

Mi alma estaba oscura y torpe de un secreto sollozante, 

pero cuando rasgó el pito emocionante 

y te vi correr..., saltar...

Y fue el ¡hurra! y la explosión de camisetas 

tras el loco volatín de la pelota, 

y las oes y las zetas, 

del primer fugaz encaje 

de la aguja de colores de tu cuerpo en el paisaje, 

otro nuevo corazón de proa ardiente, 

cada vez menos despacio 

se me puso a dar mil vueltas en el pecho de repente.

Y te vi, Gradín, 

bronce vivo de la múltiple actitud, 

zigzagueante espadachín 

del goalkeaper cazador 

de ese pájaro violento 

que le silba la pelota por el viento 

y se va, regresa y cruza con su eléctrico temblor 

¡Flecha, víbora, campana, banderola! 

¡Gradín, bala azul y verde! ¡Gradín, globo que se va! 

Billarista de esa súbita y vibrante carambola 

que se rompe en las cabezas y se enfila más allá..., 

y, discóbolo volante, 

pasas uno..., dos..., tres..., cuatro..., siete jugadores...

La pelota hierve en ruido seco y sordo de metralla, 

se revuelca una epilepsia de colores.

y ya estás frente a la valla 

con el pecho..., el alma..., el pie..., 

y es el tiro que en la tarde azul estalla 

como un cálido balazo que se lleva la pelota hasta la red.

¡Palomares! ¡Palomares! 

de los cálidos aplausos populares...

¡Gradín, trompo, émbolo, música, bisturí, tirabuzón! 

(¡Yo vi tres mujeres de esas con caderas como altares 

palpitar estremecidas de emoción!) 

¡Gradín!, róbale al relámpago de tu cuerpo incandescente, 

que hoy me ha roto en mil cometas de una loca 

elevación, 

otra azul velocidad para mi frente 

y otra mecha de colores que me vuele el corazón.

Tú, que, cuando vas llevando la pelota, 

nadie cree que así juegas; 

todos creen que patinas, 

y en tu baile vas haciendo líneas griegas 

que te siguen dando vueltas con sus vagas serpentinas.

¡Pez acróbata que al ímpetu del ataque más violento 

se escabulle, arquea, flota, 

no lo ve nadie un momento, 

pero como un submarino sale allá con la pelota...! 

Y es entonces cuando suena la tribuna como el mar: 

todos grítanle: ¡Gradín!, ¡Gradín!, ¡Gradín! 

Y en el ronco oleaje negro que se quiere desbordar, 

saltan pechos, vuelan brazos y hasta el fin 

todos se hacen los coheteros 

de una salva luminosa de sombreros 

que se van hasta la Luna a gritarle allá: ¡Gradín!, ¡Gradín!,

¡Gradín!

Notas 

(1) Enrique Vila-Matas: «Corazón tan tricolor», Babelia, suplemento cultural de El País, 31 de mayo del 2008.

(En línea: https://elpais.com/diario/2008/05/31/babelia/1212190755_850215.html.) 

(2) Pablo Rocca: Literatura y fútbol en el Uruguay (1899 / 1990), Montevideo, Arca, 1991. Citado por Atilio Garrido en : «Horacio Quiroga escribió el cuento de Porte a pedido del presidente de Nacional», 3 de mayo del 2018.

(En línea: http://atiliogarrido.com/2018/05/03/horacio-quiroga-escribio-el-cuento-de-porte-a-pedido-del-presidente-de-nacional-nota-xii/

(3) Eleonora Giovio: «Isabelino Gradín, el primer goleador contra el racismo», diario El País, 21 de junio del 2015.

(En línea: https://elpais.com/deportes/2015/06/21/actualidad/1434897112_208618.html)

juliansorel20@gmail.com

 
 

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