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    Fresco a frío, cielo mayormente nublado, vientos del sur. Precipitaciones.

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    Frío a fresco, cielo nublado a parcialmente nublado, vientos del sureste.

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    Frío al amanecer, luego cálido por la tarde, cielo mayormente nublado, vientos variables. Precipitaciones ligeras.

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    Fresco a cálido, cielo mayormente nublado, vientos del sur.

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16 de Junio de 2013

 

“El niño de arena” del poeta Carlos Iglesias Díez

Por Cristian David López

El Ateneo Obrero de Gijón acaba de publicar, en su veterana colección Deva, el primer libro de poemas del asturiano Iglesias Díez.

Carlos Iglesias Díez, poeta minimalista, sabe fijarse en los detalles más pequeños que pasan desapercibidos para el resto del mundo y los pone bajo la lupa de sus ojos; observa «un pequeño círculo en la / uña de tu dedo índice», «las manos tan pequeñas de la lluvia / el latido diminuto / del ratón», y todo aquello que los demás ignoramos.

Carlos Iglesias encuentra valor en los detalles y los hace brillar como “la brasa de un cigarrillo”. Se detiene a observarlos y sonríe benévolo a todo cuanto ve, sabe que de una simple semilla nace la flor más bella, la fruta más dulce y la sombra que el día de mañana nos ha de dar descanso.

Los poemas de Carlos Iglesias están llenos de referencias cinematográficas y temas urbanos. Camina con el ritmo de la música y los versos de Leonard Cohen, sin dejar de coquetear con “la chica de ayer” que nos dejó Antonio Vega, ese mimador de cuerdas. Ha tardado Carlos Iglesias en reunir sus poemas en libro, pero es una espera que valió la pena, como todo aquello bueno que se hace esperar.

Amablemente y, para que podamos conocerlo mejor, ha aceptado responder a unas cuantas preguntas.

—¿Cómo se te ocurrió el título de El niño de arena? Me recuerda a El libro de arena, de Borges. ¿Tienen algo que ver?

—Pues la verdad es que El niño de arena fue un título que escogimos entre mi amigo Rodrigo Olay y yo en función de una serie de temas e imágenes que aparecían a lo largo del libro. Luego, me enteré de que no era un título original nuestro, pues el escritor e intelectual francés de origen sirio Tahar Ben Jelloum lo había utilizado ya para una novela suya, publicada a finales de los ochenta. Pero, aparte de Borges, el escritor romántico alemán E.T.A Hoffman también tiene un relato titulado El hombre de arena. Todo esto creo que demuestra que en literatura casi todo está ya dicho y, por tanto, es muy difícil la originalidad. En cualquier caso, creo que todo ese juego de interconexiones e influencias resulta muy enriquecedor, además de muy divertido.

—¿Escribes tus poemas a cierta hora del día o solo cuando la inspiración te viene?

—Escribo básicamente cuando siento que estoy viviendo algo que merece la pena reflejarse en el papel y por eso ni tengo una regularidad básica a la hora de escribir ni creo demasiado tampoco en la inspiración. La mayoría de los poemas de El niño de arena se corresponden con etapas concretas de mi propio itinerario vital, de mi propio proceso de madurez como ser humano, antes que con fases más o menos definidas de producción literaria. Es, en este sentido, un libro muy personal y muy subjetivo, cuyos poemas me ayudaron a explicarme algunos aspectos del mundo que yo mismo no acertaba a entender y, al mismo tiempo, a afianzarme dentro de ese mundo.

—¿Cuál es el primer poema que recuerdas haber leído?

—Pues los primeros poemas, curiosamente, no recuerdo haberlos leído por mi cuenta, sino que era mi madre quien me los leía: poemas infantiles de Lorca, Gerardo Diego, Alberti, José Agustín Goytisolo y, por supuesto, de Gloria Fuertes.

—Como lector, ¿qué tipos de poesía te gustan?

—No me gustaría poner etiquetas a las diferentes tendencias poéticas que existen. Supongo que lo más socorrido sería afirmar que me gusta toda la poesía, siempre y cuando sea buena, pero ya que me tengo que pronunciar, diré que siento un especial apego por la practicada por la Generación del 50 (Gil de Biedma, Francisco Brines, Carlos Sahagún, el primer Valente y, por encima de todos ellos, la figura irrepetible de Ángel González, con su mezcla única de ternura, ironía, precisión y compromiso social), sin olvidarme de algunas figuras clave de la primera generación de posguerra, como José Hierro, José Luis Hidalgo o Blas de Otero y, desde luego, de toda la corriente “experiencial” puesta en práctica por algunos poetas de la década de los 80, como los de la corriente granadina de “la otra sentimentalidad”: Luis García Montero, Javier Egea, Álvaro Salvador, etcétera.

—¿A qué poeta te gustaría parecer en tu obra?

—A Fernando Beltrán, por su forma de decir las cosas y de combinar el intimismo con el compromiso social.

—¿Qué buscas con la publicación de un libro?

—Pues supongo que lo que buscan muchos poetas jóvenes: sentir que lo que tiene validez emocional para uno mismo puede tenerla también para los demás.

—¿Puedes definirnos qué es poesía y por qué escribes poesía?

—Comparto la definición que Luis García Montero hace del poeta, no de la poesía: alguien curioso, sensible sin cursilería, a quien le gusta contemplar el mundo desde perspectivas inéditas y, sobre todo, a quien le gusta mirar por el ojo de la cerradura.

Sigo escribiendo poesía para encontrar mi propia forma de estar en el mundo.

—¿A qué edad supiste que la poesía le gustaba y a qué edad empezaste a escribirla?

—Empecé a ser consciente de que quería escribir poesía a los 15, 16 años, después de haber intentado, sin conseguirlo, escribir relatos cortos. Hubo tres libros que me ayudaron a tomar la decisión: Completamente Viernes, de Luis García Montero; Paseo de los Tristes, de Javier Egea, y El hombre de la calle, de Fernando Beltrán.

—Veo que entre tus poemas no encontramos ningún soneto. ¿Hay alguna razón para ello?

—Sencillamente que nunca probé a expresarme mediante moldes clásicos. No sé explicar por qué… Quizá me inspira algo de miedo someterme a las reglas tradicionales, porque pienso que no sabría manejarlas o que no estaría preparado para ello.

—Si te invitaran fuera de España para que leyeras tus poemas, ¿en qué país te gustaría que te invitaran?

—Me gustaría que fuese Portugal, bien en Lisboa (por Pessoa) o bien en Oporto (que es donde vivió uno de mis poetas de cabecera: Eugenio de Andrade).

—La crisis actual que vive España, ¿cómo crees que afecta a los poetas? ¿Te afecta a ti de alguna manera?

—No creo que a mí me haya afectado la crisis, en la medida en que pude publicar el libro. Ahora bien, antes de eso contacté con editoriales que exigían una suma de dinero a cambio de la publicación, porque no les resultaba rentable lanzarse a editar el primer libro de poemas de una persona joven y desconocida.

—¿Qué autores crees que han influido más en tu obra?

—Hablé antes ya de Ángel González, Luis García Montero, Javier Egea y de Fernando Beltrán. Pero también podría hablar de Joan Margarit, Antonio Colinas, Julio Llamazares, Jorge Riechmann, cada uno de ellos con un estilo muy distinto e inquietudes dispares.

Tampoco puedo dejar de nombrar la influencia determinante que para mí ha tenido la música y, en particular, la canción de autor. No habría escrito nada si no hubiese leído y escuchado antes a Leonard Cohen, que para mí es todo un símbolo. En el ámbito nacional, podría hablar de Luis Eduardo Aute, Pablo Guerrero, Hilario Camacho, de Antonio Vega, etcétera.

—El niño de arena contiene muchos poemas de tonos surrealistas que nos recuerdan al Lorca de Poeta en Nueva York. ¿Crees que este tipo de poemas llegue a los lectores? ¿Esta forma de escribir guarda algún secreto?

—Creo que los lectores, aunque quizá no entiendan todas las imágenes de un poema (y no hablo necesariamente de los míos), se pueden identificar con alguna de ellas, del mismo modo que un espectador puede sentir algún tipo de vibración cuando mira un cuadro abstracto, o recuerda alguna imagen deshilvanada de un sueño o una pesadilla. Y no creo que haya secretos en ello, salvo nuestra propia capacidad de contemplar o sentir.

—El protagonismo de la Luna en tus poemas es fundamental, casi siempre está presente. ¿Qué simboliza para ti la Luna?

—El misterio de la noche y, por extensión, de todo lo que nos rodea.

 

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