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29 de Julio de 2018

| Filosofía

Hechos y palabras

Por Montserrat Álvarez

En los hechos que definen el curso de la vida social que nos incluye, ¿pueden las palabras capturar un sentido, crear la distancia para discernirlo pese a su inmediatez? ¿Tiene algún objeto hacerlo? ¿Los hechos hablan y las palabras sobran? ¿Por qué escribe un escritor?

Lo ocurrido este jueves en Paraguay me ha hecho dudar del sentido de escribir sobre el presente. ¿Cabe escribirlo y vivirlo a un tiempo? Un escritor escribe, entre otras cosas, de los grandes horrores, las tinieblas, la maldad de la vida, pero si estas u otras realidades están demasiado próximas, ¿cabe encontrar en ellas un sentido mediante la escritura? ¿Y para qué? 

Lo ocurrido este jueves en Paraguay fue que, por falta de pruebas, los magistrados de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia absolvieron por unanimidad a los campesinos inculpados por el «caso Curuguaty», luego de un proceso lleno de irregularidades que duró seis años, durante los cuales se escribió mucho sobre lo ocurrido el 15 de julio del 2012.

Lo ocurrido el 15 de julio del 2012 –contra la versión inicial difundida por los medios (una emboscada de sesenta campesinos contra trescientos hombres con armas militares), que las evidencias fueron revelando absurda– fue que la empresa Campos Morombí, arguyendo propiedad sobre un terreno que en realidad es del Estado, había conseguido una orden de desalojo del pequeño grupo de campesinos que lo ocupaba, y trescientos policías llegaron al lugar. Nada raro en un país con viejos problemas de tierra y usual respaldo del sistema de Justicia a las ilegalidades. Pero se desató una carnicería con diecisiete muertos.

Existe un relato de la Masacre de Curuguaty, o varios –cada quien tendrá el suyo–, formado con lo escrito en estos años; con testimonios de campesinos –a los que en general nadie dio voz y que leí en un libro del periodista Julio Benegas presentado en el 2013–. Recuerdo un niño de tres años que vio gente caer destrozada y oyó gritos bestiales de agonía cuando la violencia se salió de cauce. Hay en esos testimonios de sobrevivientes un quiebre raro, la gravedad del que ha visto algo que debía estar oculto, para lo que no hay palabras en su vida anterior, un pedazo de las cosas tal como serían fuera de la palabra, fuera del mundo humano: así el amigo ve a su amigo agonizante llamar a su mujer para despedirse; a su mujer, que en algún punto inasible del éter de la telefonía celular solloza: «No me vayas a decir eso, mi negro, che kamba», y la llamada termina cuando lo rematan a balazos; así un padre ve a ese niño de tres años en poder de la policía y sale, manos en alto, para caer muerto a tiros; así seis policías ven llegar la muerte en un callejón vuelto trampa porque los enviaron a morir sin decirles qué se está jugando realmente en todo esto, en todo esto que todavía debe ser explicado y documentado, el mecanismo causal debajo de lo irreparable, ese mecanismo que responde a intereses concretos que tienen nombres propios.

No obstante, para entender una masacre no bastan los documentos porque la mera descripción de los hechos omite algo que imprime en otro tipo de relatos y palabras la misteriosa distorsión que es su sello, y por eso a veces la verdad es más verdad como literatura. Ese algo, el horror, es un fenómeno de exceso, que está en los hechos, pero que a la vez los excede. 

Conviven en sus círculos, para quienes lo han vivido, el presente actual y el presente del recuerdo del horror, fisura en la continuidad, ahora simultáneo después del cual nada será como antes, caos de una masa sincrónica donde la dirección es lo que falta.

Y, pese a ello, en el relato de toda masacre hay una dirección que seguir, y otra que frenar, y el indicio para reconocerlas es la contradicción, la paradoja. Pensemos, por ejemplo, en una banda sonora de triunfos y de risas, y al fondo la imagen de un cadáver golpeado; después de ver esa imagen, las risas ya no volverán a sonar igual: serán risas sin inocencia, risas que ocultan una estafa, una trampa, algo de una obscenidad maligna. Algo cuyo curso se ha de frenar o torcer. 

O lo contrario, una dirección que seguir: pensemos, por ejemplo, en el rumor peligroso de unas risas triunfales, y en medio la imagen, de pie, de un campesino listo para morir, el machete en una mano y la hondita en la otra. Al volver a oír esas risas, tampoco sonarán igual que antes.

En mi futura película, la cámara se detiene ahí, o quizá hace un close up y enfoca esa mano izquierda que sostiene la hondita, esa mano valiente, y mientras el rumor de las risas fluye, como fluye todo lo que el tiempo arrastra, como fluye todo lo que desaparece, esa mano con la hondita se queda en primer plano, imborrable, fija ya para la eternidad. Y los hechos alcanzan las palabras que los mantendrán vivos para siempre, fastidiando para siempre, como tiene que ser.

Todos nosotros, humanos, venimos de un linaje de mamíferos evolutivamente desviados de la naturaleza y capaces de cometer atrocidades, pero que desde hace milenios han demostrado que también son capaces de luchar contra los peores instintos de su propia especie. Un escritor escribe de los grandes horrores, las tinieblas, la maldad de la vida, pero también de estas cosas ciertas, que nos consta que existen: el valor y la piedad, el amor y la alegría, la fraternidad y los sueños, para aliviar el corazón del otro al recordarle lo que es y lo que es capaz de ser, y para que lo que merece perdurar perdure. 

Al leer que un campesino les dice a sus compañeros: «No pueden echarnos sin documentos» y que ellos le creen porque lo tienen por hombre de palabra, es triste pensar que se equivocó, que los echaron. Y sin embargo lo ocurrido este jueves puede ser parte de otra historia, en la que no se equivocó, pues a veces uno no está equivocado, sino que tarda mucho en llegar a tener razón, mucho más de lo que dura su vida, y entonces hay que insistir hasta que llegue a tenerla, porque solo estará equivocado si dejamos que se equivoque.

Una masacre exige cierto tipo de palabras, pues la mera descripción de los hechos omite eso que está en ellos pero que a la vez los excede, y por eso la verdad es más verdad a veces como literatura. Si un celular hubiera filmado la masacre y se proyectara en una pantalla, nadie o casi nadie sería capaz de ver y oír eso. Pero veríamos sin resistencia una película «basada en hechos reales». La literatura atrapa lo que en estado puro, afuera de la palabra, es inasimilable, loco: es la puerta al pensamiento, es la posibilidad de registro en la memoria. El problema de los sobrevivientes de todas las masacres es que se tropiezan con lo incomunicable. ¿Cómo podrían entender esos hechos quienes no los han vivido? Entonces, hay que darles palabras. El relato de semejantes hechos siempre sucede en un lugar y un tiempo conocidos, pero su núcleo es algo de otra índole, raro e irreconocible, indecible, que al ser dicho y entrar en las ideas se volverá más real que el caos de lo real en bruto, impensable como tal, y esa forma interior que la palabra logre arrancarle a la realidad confusa será lo memorable, la lección y el legado de lo real en sí. Hay que actuar en los hechos, y también escribirlos. Sin hechos, las palabras nada son, y sin palabras los hechos no perduran; pero de su unión nace la historia.

montserrat.alvarez@abc.com.py

 
 

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