11 de Enero de 2004

 

La filosofía como género literario

/ ABC Color

Las relaciones entre la filosofía, el discurso lógico que tiende al conocimiento, y la literatura como arte (en sentido lo más lato posible), revelación que habla por símbolos, imágenes, tiene larga data. Tan larga como sus propias y peculiares historias paralelas. La precedencia o superioridad de la una sobre la otra, las diversas mutaciones receptivas, las mutuas miradas inquisitivas, de desconfianza o admiración secreta, por un lado, y, por otro lado, el dualismo que subsume a una de ellas en el ámbito exclusivo de la sensibilidad y a la otra en el de la razón, que restringe a esta al gusto personal y a aquella a la universalidad del concepto, e incluso la dicotomía típica del sentido común entre la “seriedad” de la filosofía y la “frivolidad” de la literatura, son avatares no siempre estáticos y repetidos rígidamente a lo largo de la historia de la cultura, sino intercambiables en sus papeles y aun en su status “ontológico”. Por ejemplo, en la Grecia presocrática, filosofía y poesía eran uña y carne, una entidad monística sin fisuras, como se ve claramente en Heráclito y en Parménides, donde filosofía y poesía conviven naturalmente, lo que viene a coincidir con el panorama del pensamiento del último siglo (XX), que intenta otra vez recuperar esa unión originaria, después de deshacerse del “camino errado” que significó la emergencia de la ciencia y la consolidación de su prepotencia soberana a través de la técnica por encima de las “veleidades femeninas” de todo lo que oliera a literatura y aun a filosofía. Una especie de alianza o solidaridad de antiguos hermanos, antaño separados y unidos hoy, en los tiempos de indigencia del mundo globalizado por lo tecno-científico, que ahoga todo lo que intenta escapar a la matemática del bit y la cibernética uniformidad massmediática de la ley causa-efecto.


Vislumbrado un campo de trabajo y estudio tan amplio, en esta ponencia nos limitaremos, por cuestiones de tiempo (marcado como por la antigua clepsidra, que medía tanto el tiempo de la retórica como el del trabajo de los esclavos), a señalar dos puntos de contacto fértil en la percepción contemporánea sobre la naturaleza esencialmente consanguínea de la literatura y la filosofía.


1.Contenidos y preocupaciones comunes de la filosofía y la literatura:

Este primer punto trataría de la isomórfica interpelación a fuentes comunes, a pesar de la aparente contrariedad de perspectivas, de la literatura y la filosofía (incluso, en algunos casos, de anticipación). Rastrearemos y traeremos a luz y la palestra contenidos literarios que, por ser pertenecientes a ámbitos reservados a lo ficticio o a lo bello, no fueron considerados nunca como susceptibles de cargar un conocimiento de verdad o de alcanzar magnitud filosófica, hasta que la actual situación del pensamiento los recibiera, aceptándolos como modelos de su trabajo en la filosofía contemporánea, ya se llame esta hermenéutica, deconstructivismo, posmodernismo, filosofía interdisciplinar, y otras formas de teoría posmetafísica. La homeostasis de los valores y las verdades en el momento presente de la historia permite reconocerlos y valorarlos de otra manera. En suma, haremos un abordaje de contenidos de ficción que concuerdan con investigaciones propias del contexto filosófico más avanzado.


2. Elementos formales comunes en la filosofía y literatura:

Este segundo punto tratará de la homogenización (peligrosa en opinión de gente como Habermas, en forma muy solitaria, como último nostálgico de una época en que la “verdad” sojuzgaba a la ficción) de la filosofía y la literatura. En última instancia, ilustraremos esto con ejemplos paradigmáticos, citaremos a Platón (el que convirtió a la filosofía en un genero literario) y a Derrida, como bayonetas de una vanguardia de esta nueva asunción. Teniendo como sustrato “último” la escritura, ya se llame ficción o filosofía. Digamos, un abordaje formal del caso. Homogenización que está fundamentada en gente con autoridad, como Gilles Deleuze, que escribe con y sobre un autor teatral paródico de Shakespeare como Carmelo Bene, o Gianni Vattimo, que habla de la estetización de la vida cotidiana, o como Mario Perniola y Martín Heidegger, que plantean el arte o la poesía como Verdad, o Theodor Adorno, incluso, que encuentra en el arte el último reducto posible del conocimiento en un mundo minado y destrozado por la irracionalidad del cálculo, la razón instrumental y el despojo tecnológico de la vida de la naturaleza y, por ende, de la del espíritu. El aforismo en Nietzsche, y las últimas obras del propio Derrida, no son otra cosa que literatura sensu stricto.


Si consideramos la disyuntiva con la metáfora antigua de Belona y Atena, Belona, diosa de la guerra, sería hoy la ciencia, con su tentáculo espantoso, la tecnología, y Atena, diosa de la sabiduría, la súbita y feliz alianza de Filosofía (como delectación danzarina en lanzar preguntas radicales para la comprensión de nuestra realidad) con la Literatura (ilusión organizada que transparenta la penumbrosa verdad de nuestro mundo). Podemos afirmar que: “la primera (Belona), con la promesa de enseñarnos el acto de guiar veinte regimientos al combate de manera que estuvieran en su puesto en el momento de la batalla, mientras que la segunda (Atena) nos prometiera el don de juntar veinte palabras de manera que formaran una frase perfecta. Y pudiera ser que escogiéramos el segundo de los laureles... este crece, más raro e invisible, en las pendientes rocas”.


Aquí vemos nuestra pequeña hipótesis. El ardor de la filosofía y la literatura resuelve ese dilema por la materialidad esencial y común de la escritura, que comunica y religa a una comunidad amenazada por el terror de los trabajadores e ingenieros sociales de nuestro tiempo.


I. Contenidos comunes a la filosofía y la literatura

Los contenidos de un texto literario, una novela o una poesía, no se agotan en su inmanencia estética, en sus hallazgos formales, en la riqueza y variedad de sus símbolos autorreferenciales. También portan contenidos en el sentido que podemos llamar, sin temor a exagerar, verdaderos, de conocimientos que nos ayudan a tener un acceso a la realidad. La literatura no es mero devaneo de la subjetividad resuelta en una coherencia exclusivamente bella o artística. Es más, en muchos casos ha tomado la delantera en la comprensión de los fenómenos del mundo con sus intuiciones, anticipándose a los del gremio filosófico. La mirada literaria no es un simple juego arbitrario. Abre mundo en la expresión ya célebre de Heidegger.


El pensamiento filosófico más creíble y fértil es el que ha tomado conciencia del nihilismo occidental en que estamos insertos o hundidos, es decir, de la desfundamentación radical de la existencia tradicional por obra misma de eso que en principio le sirvió al hombre para liberarse, la plataforma tecno-científica que sufrimos y vivimos, promovida y reproducida desde el fenómeno esencialmente nihilista del llamado tardo-capitalismo, ese sistema que, por ejemplo, ha colocado a Madonna al mismo nivel que Bach, o sea, la disolución de todo valor de uso en valor de cambio, la pérdida de todo ser fuerte, estable, siempre presente, capaz de sustentar una visión y jerarquía de verdad última, verdadera, y auténtica, en que consiste la tesis de la llamada posmodernidad, con su concomitancia de valores relativizados, las creencias antaño sagradas reducidas a polvo secularizado, meras prácticas historicistas destinadas a la disolución después de su usufructo, el contextualismo del que hablan los lingüistas, en donde la babel de las perspectivas se ha vuelto norma, la realidad como mera corriente dialógica de transmisión de saberes-tradiciones que hablamos y de los que coparticipamos en el juego de la vida, enunciado básico de la filosofía hermenéutica.


Visto así, el panorama que hoy domina no es otra cosa que una recuperación de ideas relegadas en su época, como las de Jacobi y Nietzsche, a través de sus principales actualizadores y defensores más conspicuos, como lo son Martín Heidegger y Gianni Vattimo. El nihilismo o posmodernismo o fin de la modernidad o pensamiento débil en Vattimo, y la era de la metafísica del olvido de la diferencia entre ser y ente en Heidegger, son dos grandes tesis filosóficas que tratan de explicar nuestra vivencia en este fin y comienzo de siglos, y provienen claramente del “Dios ha muerto” de Nietzsche y de “lo divino como Nada de los genios” de Friedrich Jacobi (1743-1819).


Bueno, todo este repaso vertiginoso de las ideas más radicales, espantosas, cuasi trágicas, que están a la orden del día, tienen como predecesores a oscuros y discretos literatos como Georg Buchner (1813-1837), Fedor Dostoievski (1821-1881) y León Bloy (1846-1927). La frase “Si Dios ha muerto, todo está permitido”, que Ivan Karamazov lanza en la novela de Dostoievski “Los hermanos Karamazov”, fue claramente señalada por Nietzsche como una de sus grandes alegrías halladas en la literatura, y compañera espiritual de sus desvelos de filósofo solitario enfrentado al sombrío destino de una Europa que había dado las espaldas a sus viejas y caducas creencias.

Georg Buchner, en la genial obra teatral “La muerte de Danton” (1835), dice “no puede haber un Dios”, y León Bloy, en sus “Diarios”, espeta a sus pocos y malhumorados lectores de fines del XIX: “Dios se retira”. Dostoievski publica su libro en 1881, Bloy a fines del XIX y comienzos del XX sus Diarios completos, y Buchner entre la revolución de 1830 y la de 1840.

Esta es la sucinta genealogía de una frase que hace hincapié en el atrevimiento prometeico del hombre moderno de deshacerse de sus antiguos dioses y, con la sola logística de su razón y sus medios técnicos, enfrentar los rigores caliginosos de un tiempo histórico absolutamente nuevo y vacío de certezas y precondicionamientos sobrenaturales de ningún tipo. El fantasma de esta frase lapidaria y llena de la hybris trágica y sus variantes es el que se cierne como una espada de Damocles sobre nuestras cabezas. La literatura, la mejor, la enfrentada a cara de perro con su realidad más afanosa y terrible, no la ha rehuido, y los filósofos le han reconocido su coraje y capacidad intuitiva. En una historia del nihilismo cualquiera, estándar, de manual introductorio, desde Gorgias hasta Vattimo, los nombres de Buchner, Dostoievski y Bloy son referencias ineludibles, y nadie osaría ya catalogarlos como simples estetas, concentrados en una labor de artífices de una forma perfecta o de entretenimiento. Es más, el nihilismo no se define sino por la explicación del mundo como fenómeno estrictamente estético, esto es, sin ninguna posibilidad de fundamentación típica de la metafísica tradicional, llámese Dios, naturaleza humana, etc.


II. Elementos formales comunes a la filosofía y la literatura

En este segundo apartado, la idea es mostrar cómo filósofos de profesión se han inclinado, visto lo anterior, por acercarse cada vez más al género literario, hasta el punto en que se hace imposible distinguirlos, cruzadas las últimas líneas de demarcación rígidas, cuadradamente clásicas, de los géneros. Cuando los del gremio de la filosofía aun se llamaban a sí mismos “sofistas” (sabios), Platón, que quería saberse a salvo de ver convertida la sabiduría en etiqueta para aquello que él sabía hacer, inventó la denominación de “filósofo” (amante de la sabiduría), y dio, al género literario acorde a su manera de ser, el nombre de filosofía. Los diálogos platónicos tienen de por sí una fama y tradición amplísima, influyendo casi tanto en filósofos como en literatos. Por ejemplo, entre estos últimos tenemos “Los diálogos de las cortesanas”, de Luciano de Samósata y de Pietro Aretino, los “Diálogos morales” de Leopardi, los diálogos de Erasmo de Rótterdam, los diálogos de la “Dignidad del hombre” de Pérez de Oliva, etc.


Ejemplos de obras que tanto pueden clasificarse dentro de la filosofía como dentro de la literatura son las últimas obras de Jacques Derrida, más o menos desde aquel libro sobre la carta postal, y aun el libro sobre “La verdad en Lacan”, donde, para llegar al núcleo hermético de la verdad lacaniana primero hace un rodeo saludable y deliciosamente literario por la traducción de Baudelaire (realizada sólo con la ayuda de un diccionario de bolsillo de inglés-francés) del cuento “La carta robada”, de Edgar Allan Poe, hasta un libro más fácil de catalogar, como es Schibboleth, lectura interpretativa-ensayística de la poesía de Paul Celan, en clave heideggeriana (recordemos que Heidegger es famoso por haber empezado por primera vez en la historia de la filosofía a usar como autoridad de una idea filosófica a poetas y no sólo a filósofos, escribiendo libros y ensayos sobre Holderlin, Rilke, Trakl, Char, etc.).

Los márgenes de la filosofía corresponden a los de la literatura, y la literatura engloba áreas que la filosofía tradicional (ahora ya caduca) había despreciado. Filósofos como Derrida cruzan las fronteras en busca de nuevas ideas y formas. Gilles Deleuze, por su lado, en su ensayo sobre el autor teatral paródico de los grandes genios del teatro como Shakespeare, Carmelo Bene, ha sucumbido a un socorrido género literario, el manifiesto, en “Un manifiesto menos” (1978). Todas las vanguardias de importancia de comienzos del siglo XX han utilizado dicho género, el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo, la escuela de patafísica, el creacionismo, el ultraísmo, etc. Ahora es frecuentado por la filosofía. Como anécdota podemos citar que alguien que representa a cabalidad al filósofo adusto y reconcentrado en sus esquemas teóricos y el cosmos de sus ideas abstractas, como Hegel, cayó en la tentación de emular a su condiscípulo Holderlin, y nos legó un largo poema de 100 versos llamado “Eleusis”, dedicado, por supuesto, a Holderlin, en agosto de 1796. Pierre Klossowski, filósofo contemporáneo de Sartre, incluso ha ido más lejos, ha perpetrado novelas, que sus especialistas consideran y leen como elucubraciones filosóficas, que tienen como protagonistas, por ejemplo, a Santa Teresa, los templarios y el mostacho de Nietzsche.


Una fuente primaria y elemental de recepción y aceptación de este trastrocamiento de los géneros, obviamente, es Borges, idolatrado por todos los pensadores modernos. Borges había empezado escondiendo cuentos en formato de recensiones o tratados de sesudos métodos filosóficos. Los filósofos toman géneros literarios para desvelar las más temblorosas preguntas de la filosofía más reciente. El diario de viaje, género menor indudablemente, no por eso ha sido despreciado por gente como Baudrillard, por ejemplo en su libro “América”, especie de crónica de week-end de un europeo fastidiado por la seriedad que reina entre las ruinas del pasado glorioso ya caduco de su continente, entre los frívolos y encantadoramente superficiales personajes, sin pasado ni ruina, de Walt Disney.


Conclusión

Hemos visto que la literatura no sólo es susceptible de emitir enunciados de verdad, venciendo el prejuicio que ha pesado sobre ella de juego arbitrario y de visión meramente subjetiva, fuente exclusiva de obras para el entretenimiento y el placer, sino que ha llegado a profetizar tempranamente el clima espiritual de los tiempos modernos o posmodernos, paralizados por la apatía y el descreimiento de los valores tradicionales, o estimulados por la plataforma tecno-científica del tardo-capitalismo a un dinamismo disolutorio de las posturas rígidas, matafísicamente estables e inamovibles y eternas, por el fenómeno de la deshumanización creciente, descartabilidad o fetichización a que están sujetas todas las personas y sus creencias, por un lado. La literatura es portadora de un contenido de verdad que ha antecedido o ha sido paralelo a los hallazgos filosóficos.


Y, por otro lado, la filosofía, desarmada de las antinomias constringentes de lo útil y lo estético, lo serio y lo frívolo, lo popular y lo culto, cánones que sostenía una sociedad teocéntrica y una realidad más provinciana y pre-burguesa, se ha permitido, por las mutaciones radicales de nuestra época, absorber y tomar la gran tradición del género literario y ha empezado a asumirla con desenfado y respeto, sintiéndose más libre para desarrollar sus ideas preocupadas por explicar y comprender las complejidades de nuestro presente. Nuevas formas para nuevos y más laberínticos problemas, sería su slogan actual. O “la forma es el contenido”. Si la visión del mundo, segura y abarcable hasta el apogeo del optimismo decimonónico se ha quebrado por la pérdida de sus estrellas fijas, digamos, en el ámbito de la física moderna, totalmente relativista y perspectivística debido a nociones como la entropía y el principio de incertidumbre, el mundo se ha vuelto un laberinto. En suma, entonces es natural transgredir los cánones tradicionales del tratado filosófico, devoto de la razón que va enlazando premisas e hipótesis hasta alcanzar la regularidad del silogismo o la certeza del concepto unívoco y universal. Entonces, repito, la filosofía ha salido de su estricto mundo acotado de antaño y ha buscado, para expresar esa nueva complejidad que ha emergido después de la demolición de las seguridades por el nihilismo, estructuras de expresión más flexibles, libres, literarias.


Cristina Bogado
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