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25 de Febrero de 2018

| La guerra de los guaraníes (XXXVI)

La mudanza de los pueblos iba a ser imposible

Por Jesús Ruiz Nestosa

La carta enviada desde Roma al provincial de los jesuitas pone en evidencia la ignorancia que existía en Europa acerca de las características de estas tierras y de estos pueblos.

La carta recibida desde Roma por el provincial de los jesuitas en Buenos Aires pidiéndoles que prepararan a los indígenas para abandonar pacíficamente los siete pueblos queridos por los portugueses era suficiente motivo para disponerse a recibir los nuevos tiempos con tan profundos cambios. A ello había que sumarle la intervención del gobernador de Río de Janeiro dispuesto a cortar toda comunicación entre los jesuitas de la provincia del Paraguay y la corte de Madrid, la forma en que detuvo y el trato que le dio al emisario del provincial.

Un hecho llamativo es que dicha carta había sido escrita en Roma siete días antes que se firmase en Madrid el conflictivo tratado y fue recibida en Buenos Aires a principios del año 1751. Había, pues, que hacer frente a los hechos, motivo por el cual el provincial, acompañado por el padre Juan de Escandón, decidió conocer sobre el terreno cuál sería el impacto del cambio de la línea divisoria entre ambos reinos y la pérdida de los siete pueblos que ambicionaban los portugueses, pero vacíos.

En su relatorio, el padre Escandón relata que «El padre provincial y yo en su compañía [partimos] a las misiones, doctrinas o pueblos de los indios guaraní, o tapes, para allí consultar con los padres misioneros el modo que podría haber de persuadir a dichos indios su futura mudanza por entonces, y el de ejecutarla a su tiempo, cuando de la corte se les mandase, y a qué tierras podrían mudarse caso que con efecto se les pudiese persuadir a que dejasen las suyas a los portugueses» (1).

«Llegamos, se tuvo la primera consulta que se hizo sobre todos estos puntos en el pueblo de San Miguel a 16 de abril de aquel año, y después sucesivamente otras en otros de los 30 pueblos, y a que concurrieron todos los padres misioneros que por entonces eran más de setenta. Y le aseguro a V.R. con toda verdad y como que me hallé presente en todas estas consultas que de los más de 70 que a ellas concurrimos todos bien experimentados y con bastante conocimiento de lo que son los indios, casi todos convenimos uniformemente en que había de ser no solamente de cosa muy difícil, sino también del todo imposible el persuadir la tal mudanza y cesión de sus pueblos y tierras a los dichos portugueses, aun dado el caso en que se dudaba mucho que en las tierras que de Roma se señalaban hacia el mar, o en algunas otras se hallasen sitios cómodos para poder mudarse y fundar en ellos siete pueblos, con estancias para ganados, y terreno apto para las sementeras» (2).

«Y dije que casi todos lo tuvimos por imposible totalmente, que por de todos solamente dos se hallaron que decían tener alguna esperanza de que dichos indios se les pudiese persuadir el intento. Uno de ellos dos me acuerdo muy bien que era el padre provincial, y el potro era el actual cura entonces y ahora del pueblo de San Nicolás uno de los siete de cuya transmigración se trataba: el cual cura después experimentó más que ninguno en la resistencia y tenacidad de sus nicolaístas, cuanto le había engañado esta su esperanza, y V.R. Lo verá en adelante» (3).

«Lo que a todos los demás nos quitaba la esperanza de poder reducirlos a mudarse era el tener bien conocido el grande apego y extrema adhesión de todo indio a las tierras en que nació y la particular razón que militaba en aquellos siete pueblos para tener aún mayor afición a las suyas, por ser ellas de suyo acaso tan mejores que para ellos se podían encontrar en todas estas provincias; pues son ciertamente de las más a propósito para el provecho de sus ganados y para la producción de sus peculiares frutos de que se sustentan y se visten y le pagan al rey sus tributos, y a Dios el debido culto con el adorno no vulgar de sus iglesias. Otra razón era el que a dichos indios no se les podía ocultar, antes se les había de decir expresamente que aquellas sus tierras y pueblos habían de quedar para los portugueses; razón acaso no menos negativa para ellos que cualquiera otra, sino la más negativa de todas, para jamás arrostrar a tal mudanza» (4).

«Más aún dado el caso que se venciesen estas dificultades, quedaban todavía otras y bien grandes que vencer, para que aunque de veras quisiesen se pudiesen mudar, y se mudasen. Y una de estas eran la ya insinuada falta de terreno con sitio, o sitios capaces de fundar en ellos siete grandes pueblos, tan numerosos que uno con otro no bajan de cuatro mil almas, antes subían; pues este año en que esto escribo, tienen entre todos ellos más veinte y nueve mil, aún después de los que murieron en la guerra que el año pasado le hicieron por quitarles sus dichos pueblos, los españoles y portugueses, contándose aun todavía en el pueblo de San Nicolás 4.863 almas; en el de San Luis 3.907; en el de Ángel 5.424; San Lorenzo 2.117; en el de San Miguel 6.450; en el de San Juan 3.977; en el del Ángel 5.424; y en el de San Borja 2.841. Fundamentalmente esta dificultad con que aunque es verdad que las tierras a que se les daba opción de mudarse eran bien dilatadas, pero tales en la calidad de ellas, que había muy pocas por no decir ninguna esperanza de hallar en ellas los dichos pueblos sitios o parajes necesarios y tales que fuesen aptos para fundar en ellos otros tantos y numerosos pueblos; como mostró después el tiempo que no había tales sitios, y lo verá V.R. muy pronto. Porque para fundar cualquier pueblo, aunque sea de indios, es menester encontrar sitio en que concurran indispensablemente a más de el buen temple, otras sus cosas, que son leña y madera para quemar y edificar, agua que beber y tierra en que sembrar, y cualquiera de esas cosas que falten, ya el sitio o paraje es incapaz de que en él se funde pueblo, aunque haya las otras dos, y el hallarlas todas tres juntas en siete parajes, que era menester buscar para los dichos siete pueblos era y parecía cosa tan difícil que muy pocos la esperaban, como tampoco el hallar las estancias, o ganados de las dehesas necesarias, no sólo para los dichos siete pueblos, que mudándose perdían las suyas, sino también para los otro cuatro o cinco de la otra banda que sin mudarse, también las perdían con la demarcación o nueva división de tierras que se daba a Portugal» (5).

En la carta que Roma le había enviado al provincial se hablaba de que los siete pueblos podían mudarse a tierras más cercanas al mar, lo que pone en evidencia la ignorancia que tenían en Europa de las características de estas tierras y de estos pueblos. Así, Escandón anota que en dichas tierras «era, y es cosa cierta y constante a todos que ni se da la yerba, ni la yuca o mandioca, el tabaco ni el algodón ni otras cosas tan necesarias a los indios, que sus pueblos en tales parajes no podían humanamente subsistir sin ellas» (6).

Notas 

1. Legajo 120, 54, Archivo Histórico Nacional de España, Madrid.

2. Ibid.

3. Ibid.

4. Ibid.

5. Ibid.

6. Ibid.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

 
 

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