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03 de Junio de 2018

| La guerra de los guaraníes (XLIV)

«Los portugueses nos hacían poca merced»

Por Jesús Ruiz Nestosa

Desde su fundación por Ignacio de Loyola en la primera mitad del siglo XVI, la orden de los jesuitas fue objeto de críticas en Europa, tanto en el seno de la propia Iglesia católica como en diversos círculos laicos, críticas que arreciaron a mediados del siglo XVIII.

Es frecuente encontrar en los documentos que hacen referencia a las Reducciones de Paracuaria, y en especial a la llamada «guerra de los guaraníes», párrafos enteros dedicados a desmentir afirmaciones que la Compañía de Jesús consideraba calumniosas. Por diferentes motivos, los jesuitas habían generado una cierta resistencia en diferentes círculos de Europa, donde se expandieron rápidamente desde la fundación de la orden por Ignacio de Loyola. Voltaire, en su novela Cándido, hace que su personaje central viaje a Paraguay, donde visita las Reducciones, y, después de describir su llegada a un Estado altamente militarizado, dice que está muerto de hambre. «Al punto condujeron a Cándido a un cenador adornado con una hermosísima columnata de mármol verde y oro, y jaulas que encerraban loros, colibríes, pájaros-mosca, pintadas, y todos los pájaros más raros. En vajilla de oro se había preparado un excelente almuerzo, y mientras los paraguayos comían maíz en escudillas de madera, en pleno campo, bajo el ardor del sol, el reverendo padre comandante entró en la enramada» (1). Es comprensible, entonces, el interés que tenían en poner en evidencia que siempre se mostraron obedientes a lo que disponía el padre general, que estaba en Roma, y se empeñaron en lograr que el daño sufrido por los indígenas fuera el menor posible.

Es comprensible también que el padre Escandón escribiera en su relatorio de 1755: «Con que no parece que había tanto ni nada que temer ni recular, sino temerariamente de que los padres de la Compañía de Jesús del Paraguay no cooperasen, y mucho menos que se opusiesen a que los indios guaranís dejasen sus pueblos y tierras a los portugueses, cuando en virtud de sola la carta de su general habían ya hecho todo lo dicho y mucho más en las prevenciones y preparativos, que en este ínterin se iban haciendo en todos los siete pueblos, y aun en otros para la efectiva mudanza de los siete. A todo lo cual concurrían y cooperaban como buenos hijos de obediencia los padres misioneros no sólo con su dirección y consejo, sino también personalmente como se ha visto, acompañando, cuando era menester, a los indios en la busca y registro de tierras para su mudanza, y animándolos así no sólo con sus exhortaciones, sino también con la más viva voz más eficaz de sus ejemplos; sin omitir cosa alguna que pudiese conducir a la ejecución del tratado. Y si no dígannos los portugueses mismos que son los interesados en él, qué es lo que hasta aquí hubieran ellos hecho, que hayamos omitido nosotros, o qué otra cosa más podríamos haber hecho, si como somos castellanos hubiéramos sido portugueses» (2).

Después de esta aclaración, el relato regresa a la penosa búsqueda de nuevas tierras. «Fueron pues lo de San Juan a su larga peregrinación en busca de sitio acomodado para la futura fundación de su nuevo pueblo, y con la ayuda de los indios del Itatí, por donde pasaron el Paraná, hallaron lo que buscaban en las tierras ya dichas que les ofrecieron dar, les gustaban, o servían, los ignacianos. Y dejaron señalado el paraje, no obstante que supieron que él era muy poco seguro por estar todas aquellas cercanías infestadas desde años antes con las invasiones de los gentiles del Chaco, quienes por allí pasaban el río Paraguay a hurtar, cautivas y matar a los que podían en las estancias de uno y otro lado del río Tibiquari [así en el original por Tebicuary], como en efecto pasaron este año de 1755, y el antecedente de 1754. Y en este su viaje gastaron los de San Juan dos meses, dándolos por bien empleados, por haber hallado sitio a que mudarse, y en que apacentar el ganado, si alguno pudiese llegar a las tales tierras, aunque para mí es cosa moralmente cierta que ni una sola cabeza de él llegaría viva, por distar la estancia de San Juan del sitio y tierra señaladas cerca de doscientas leguas, y haber de pasar en ellas muchos ríos, entre ellos los dos caudalosísimos del Uruguay y Paraná, en que les había de ahogar la parte de dicho ganado, que no se les hubiese quedado y muerto de puro cansado por el camino» (3).

Ante la decisión de mudarse a fundar un nuevo pueblo para evitar la esclavitud que les prometían los portugueses, tanto los indígenas como los misioneros se pusieron a preparar todo aquello que pudiera ser necesario para la mudanza: «canoas, carretillas, carruajes para su transmigración». Fue en este tiempo cuando en Córdoba se enteraron que el 20 de febrero de ese año (1752) habían llegado a Buenos Aires los comisarios reales en el barco Jasón. «Supimos también –escribe Escandón– que venían con él dos padres de nuestra Compañía, sujetos ambos muy recomendables en su provincia de Andalucía, cuales lo podían ser en cualquiera otra: el padre Lope Luis Altamirano y el padre Rafael de Córdoba, pero ni supimos a qué ni a que no venían. Y estábamos tan lejos de saberlo, que discurríamos que habían venido por aquí de paso para la provincia de Chile, o para la de Lima, por algunas bien leves conjeturas, que teníamos para discernirlo así, y principalmente por la ninguna necesidad que veíamos hubiese para que viniesen a esta, y menos a lo que en la realidad venían, como después supimos. Porque para hacer nosotros todo lo que lícitamente pudimos, nos bastaba ser orden de nuestro rey y aún nos sobraba, por más que los portugueses nos hiciesen tan poca merced, que sospechasen y aun dijesen de nosotros en nuestra corte todo lo contrario. Y para asegurar a dichos portugueses y aquietarlos de estos sus temores, bastan también y sobraban las otras providencias que ya acá teníamos con provincial independiente y desinteresado, y con el precepto que a toda la provincia, para mayor sobreabundancia, había añadido nuestro padre general. No obstante, esto que ciertamente sobraba, no bastó para que la corte de Lisboa o sus ocultos agentes en la nuestra se asegurasen y dejasen de tener sin fundamento que se les malograse la ejecución de su gran proyecto. Y así hubo nuestra corte de convenir en que sobre las otras precauciones viniese también con sus reales comisarios el nuestro, y que en orden a lo que manera ninguna se frustrase el tratado, trajese todas las veces, y autoridad que comunicársele pudiese nuestro padre general, quien no tuvo dificultad ninguna en hacer lo que se le pedía y a vuelta de correo envió a nuestra corte la patente de comisario suyo al padre Lope Luis Altamirano; la que también estuvo oculta por algún tiempo en nuestra dicha corte y el primer ministro con un expreso se la envió al padre estando ya casi para darse a la vela el navío en que vino» (4).

Notas 

1. Voltaire, Novelas y cuentos completos, Madrid, Siruela, 2006, pp. 233-234.

2. Legajo 120, 54, Archivo Histórico Nacional de España, Madrid.

3. Ibid.

4. Ibid.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

 
 

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