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07 de Abril de 2013

| NUEVA POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA

Nuestras frágiles democracias

Por Prof. Beatriz González de Bosio

/ ABC Color

Introducción

Latinoamérica irrumpe en el siglo XXI desde una anteriormente desconocida posición de poder.

La abundancia de recursos naturales, la fertilidad de su suelo y una población que —enfrentada a crisis económicas— aprendió a migrar en masa, dejando atrás sus miserias pero también liberando al país de origen de todo tipo de revuelta o reclamos legítimos, que conllevan a una crisis de inestabilidad y desgobernabilidad.

La anterior aceptación pasiva de lo fatídico y de la inevitabilidad de la pobreza dio paso a una reacción del pueblo que exige y demanda y, en caso de no obtener reivindicaciones, impone cambios. Por primera vez en mucho tiempo se habla de la América Latina no como víctima, sino como protagonista de intentos no siempre exitosos de lograr finalmente la igualdad e inclusión negadas desde el mismo proceso colonizador luso-hispánico.

Ese esfuerzo de atraer a la política a masas anteriormente invisibilizadas, iniciada con altibajos por el peronismo argentino, necesariamente significó un cambio importante en la manera de relacionamiento estado-sociedad civil.

Al universalizarse el empadronamiento, empoderamiento, y la validez de los resultados electorales, la clientela adquirió mayor trascendencia y dejó de ser meramente observadora pasiva, utilizada por los caudillos de turno para sus fines particulares.

Ese fenómeno latinoamericano pronto atrajo la atención de estudiosos de todo el mundo, de todas las ideologías y se convirtió en fértil campo de discusión, cuyos resultados todavía no son duraderos porque la confrontación de ideas sigue latente y vital.

Algunos autores señalan que “la independencia no alumbró una ideología hegemónica que pudiera conciliar distintos intereses y posiciones. No hubo integración entre la filosofía política ibérica y las corrientes del iluminismo, y de las revoluciones norteamericana y francesa. Desde los inicios, se despertó una intensa lucha en torno a la constitución del orden político, en el marco de los modelos centralismo y federalismo. Y con respecto también a otros aspectos de la organización socioeconómica”.

La tradición federal propuso un cuerpo político participativo, articulado a la movilización de las masas rurales que había despertado la revolución (Artigas en el Río de la Plata, Hidalgo en México). La otra corriente abrevó en el liberalismo romántico, dando predominio a una concepción más elitista del orden político, intentando suplantar la soberanía de la voluntad general por la de la razón social.

Entonces, la organización de los estados nacionales se produjo bajo la hegemonía del liberalismo positivista y de sectores terratenientes y comerciales ligados por sus intereses a la “división internacional del trabajo”, que beneficiaba a países industrializados como Inglaterra. Se instalaron regímenes liberales oligárquicos y una modernización no industrialista, y las formas constitucionales y políticas fueron restrictivas de la representación popular.

El derecho al voto universal y secreto fue una conquista ante gobiernos que se perpetuaban y procesos electorales viciados.

Se genera otra etapa, una mayor intervención del Estado en la economía, que introduce la idea de democracia social como nivelación general de las normas de status, redistribución de riquezas y nivel de oportunidades. Peronismo en Argentina, varguismo en Brasil, Partido de Acción Democrática en Venezuela y otros. Perón, estado fuerte, nacionalista, antinorteamericano y redistribuidor de la riqueza.

Dentro de la matriz nacional popular o POPULISTA de aquellos movimientos, se constituyó —como en el caso argentino— una versión del ESTADO DE BIENESTAR, similar a la de Europa de posguerra, origen del Estado social de derecho. Una concepción de Estado que no solo debía garantizar los derechos políticos e individuales de los ciudadanos, sino también los sociales. Se incorporaron formas de organización sindical y articulación de intereses funcionales por medio de mecanismos de concertación.

Posteriormente, en el marco de la’ industrialización sustitutiva, algunos países del continente consiguieron consolidar regímenes democráticos.

Por otro lado, se dio con los gobiernos militares en el Conosur, la política neoliberal de la década del 70 —la represión sistemática propia de la guerra fría— y la doctrina de la seguridad nacional una importante fuga de cerebros hacia los enclaves hospitalarios como París, Suecia, Alemania y México.

Los procesos de transición iniciados a partir del mundo unipolar conllevaban anhelos de participación y una concepción ética de la política; finalmente, la búsqueda de nuevos canales de intervención ciudadana y popular en las decisiones públicas.

El libre comercio

Concluida la guerra fría, la etapa de la ayuda exterior de connotaciones políticas se transformó en actividades meramente bancarias administradas por organismos multilaterales para los cuales siempre se exigía que el peticionante se encargara de un porcentaje como contrapartida. En algún momento, el pensamiento neoliberal puso todo el peso del desarrollo en el comercio internacional y de ahí se adoptó la premisa de que la mejor ayuda externa era la comercial, a los países menos desarrollados, y que este proceso necesariamente redundaría en progreso y desarrollo.

Ciñéndonos a Carlos Alberto Montaner, en su texto La Libertad y sus Enemigos, señala que el libre comercio es objeto de debate desde Canadá a la Argentina. Y que hay globofóbicos que detestan el libre comercio internacional y también globofílicos que lo defienden. Indica que toda América Latina y sajona en el último cuarto de siglo XIX se fue a la guerra contra los poderes coloniales europeos en busca de mejores oportunidades económicas y libertad de comercio.

Episodio que fue el detonante final de la guerra de Independencia norteamericana comenzada en 1776, cuando los ingleses de manera inconsulta gravaron con impuestos las importaciones de sus colonias —especialmente las de té—, a lo que se sumó la terca decisión de la Corona británica de mantener el monopolio de este comercio transatlántico por medio de las Compañías de las Indias Orientales.

Señala que en aquellos años de nuestras independencias y formación de repúblicas, los progresistas que defendían virtudes del libre comercio, los globofílicos de entonces, eran los revolucionarios progresistas, mientras que los globofóbicos eran los reaccionarios partidarios de los poderes coloniales, de los tributos onerosos y de los controles de precio.

Dos siglos más tarde, esa concepción se dio la vuelta y hoy los que se llaman progresistas —aunque defiendan el modelo económico de las naciones que menos progresan— son los enemigos del comercio libre y de la libertad económica, concluye.

Una visión alternativa a la de Montaner la presenta Norbert Lechner (Karlsruhe, Alemania, 1939 - Santiago, Chile, 17 de febrero de 2004), destacado investigador, politólogo y abogado alemán nacionalizado chileno; académico, doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de Friburgo, director de la Facultad Latino Americana de Ciencias Sociales desde 1988 a 1994.

En su libro Crisis del Estado en América Latina, señala que una vez conquistada la independencia de nuestros países, las clases dominantes encuentran en la burocracia cívico-militar el eje que aglutina un bloque político, controlando parte importante de la riqueza social. La burocracia ejerce una fuerte influencia. A pesar de su menor dependencia de la sociedad civil, el Estado no deja de ser el terreno de compromiso en el que las clases dominantes organizan el proceso social. El aparato de Estado debe responder a los intereses particulares y, a la vez, expresos en una unidad nacional.

Luego de la independencia, el nuevo orden político ideológico adquiere una autonomía relativa respecto del orden económico. El imperialismo de fines del siglo XIX gira en torno a centros industriales. Y con la dominación tecnológica se expresa una dominación política y cultural.

Es autor de otro texto muy interesante, Los patios interiores de la democracia, en el que reflexiona sobre la revolución, la democracia, la vida cotidiana, el realismo político, el miedo y la cultura posmoderna. Y la situación epistemológica del investigador contemporáneo latinoamericano, después de la crisis de la modernidad. Un estudio sobre el texto, de Augusto Bolívar Espinoza, señala que uno de los desafíos más apremiantes del presente es la democracia.

El término democracia es polisémico y exige esfuerzos interpretativos enormes, porque en modo alguno puede simplificarse apenas adaptándola a situaciones temporarias. Para muchos, la democracia se circunscribe a los actos electorales de sesión popular de mandato sin el correspondiente control y fiscalización.

Por otro lado, la democracia en modo alguno puede ser interpretada como parte de un sistema débil, incapaz de la toma de decisiones significativas por no osar el liderato de desafiar a la opinión pública. Esta concepción es la que llevó a la ruina al Estado alemán de Weimar y dio paso al nazismo, que si bien se originó en una pluralidad de votantes, en modo alguno pudo considerarse como democrático aunque movilizara masas (1933).

La concepción anglosajona derivó en la democracia representativa, en la que el pueblo gobierna a través de sus representantes surgidos en comicios libres, soberanos y periódicos. Por un tiempo, esta es la idea que se expandió a casi todo el occidente.

Sin embargo, a fines del siglo XX, y dada la urgencia de las demandas y de resultados por parte de una población carenciada, muchos países en vías de desarrollo comenzaron a hacer circular la idea de una democracia participativa, basada en la organización de base con poca interferencia de la división de poderes y bajo la tutela del partido o movimiento revolucionario. Se suponía que esto no implicaba una dictadura, la que en todo caso esta duraría un corto tiempo.

Esta ideología, basada en un pensamiento marxista internacional renovado y en las críticas de los politólogos de izquierda al pluralismo y al elitismo, se mezcló con los nuevos análisis que venían de la izquierda católica, que fácilmente aceptaba argumentos antiliberales, teñidos de activismos basistas, con una dosis de populismo. Esta descripción del Diccionario de Ciencias Sociales de Torcuato Di Tella trae implícita la idea de que la democracia es un concepto dinámico, en constante redescubrimiento e interpretación. De lo que no cabe duda alguna es que todos los procesos de transición de una u otra manera declamaban tener a la democracia como el objetivo a ser buscado.

Simultáneo a la caída del Muro de Berlín (1989), los procesos de transición democrática se iniciaron en la casi totalidad de los países latinoamericanos, que no los habían experimentado. Mientras tanto, se consolidaba la democracia en el resto de los países, a excepción de Cuba, que tras algunos sobresaltos decidió seguir su modelo tradicional, sorteando el embargo comercial y político norteamericano.

En un principio y casi coincidente con la publicación del libro de Francis Fukuyama, El Fin de la Historia, en el que el autor expone una polémica tesis: La Historia como lucha de ideologías, ha terminado con un mundo finalmente basado en una democracia liberal que se ha impuesto tras el fin de la guerra fría.

Fukuyama explica el triunfo de las democracias liberales como efecto de la caída del comunismo. Si se interpreta el fin de la historia como el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, las ideologías ya no son necesarias y han sido sustituidas por la economía, y el pensamiento neoliberal de la infalibilidad del mercado pareciera enseñorearse y convertirse indefectiblemente en la ola del futuro. Sin utilizar esta terminología, Fukuyama de hecho estaba haciendo la introducción académica al campo político del concepto de la globalización, de la unificación de postulados e incluso de recetas para el muy complejo mundo de la convivencia humana.

Fukuyama defiende también las reformas neoliberales en lo económico y lo político. Es vital una apertura internacional (globalización) que le dé competitividad al mercado interno; además, es fundamental que existan libertades políticas y se eviten los gobiernos autoritarios o represivos. En la economía, el Estado debe jugar un papel mínimo, permitiendo que el capital privado se mueva con la mayor libertad jurídica posible.

Todo funciona mejor si puede dar por sentado un marco jurídico estable y efectivo, que permita la seguridad de los derechos de propiedad y de las personas, y un sistema de asociación privada relativamente transparente. Pero estas características no han prevalecido en los países latinoamericanos. En muchos casos, el Estado ha sido arbitrario y rapaz. Como consecuencia, se redujeron los radios de confianza al nivel de la familia y los amigos, y se generó una dependencia a ellos.

Tomemos en cuenta también para esta reflexión el consenso de Washington, un listado de políticas económicas consideradas durante los años 90 por los organismos financieros internacionales y centros económicos con sede en Washington DC (Distrito de Columbia), Estados Unidos, como el mejor programa económico que los países latinoamericanos deberían aplicar para impulsar el crecimiento.

A lo largo de la década, el listado y sus fundamentos económicos e ideológicos se afirmaron, tomando la característica de un programa general. El consenso, sin duda, no logró los resultados esperados. Ha recibido gran cantidad de críticas. Quizás las más importantes sean las que le formulara Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía 2001 y exvicepresidente del Banco Mundial. Críticos de la liberalización como Noam Chomsky o Naomi Klein ven en el consenso de Washington un medio para abrir el mercado laboral de las economías del mundo subdesarrollado a la explotación por parte de compañías del primer mundo.

Las críticas, que provienen desde la antiglobalización hasta del mismo liberalismo económico junto con algunas de sus corrientes: la escuela clásica y la escuela austríaca.

Ellos argumentan, además, que los países del primer mundo imponen las políticas del consenso de Washington sobre los países de economías débiles, mediante una serie de organizaciones burocráticas supraestatales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, además de ejercer presión política y extorsión.

Se argumenta además, de forma muy generalizada, que el consenso de Washington no ha producido ninguna expansión económica significativa en Latinoamérica y sí, en cambio, algunas crisis económicas severas y la acumulación de deuda externa que mantiene a estos países anclados al mundo subdesarrollado.

A su vez, sus políticas educativas, si bien en buena medida acatadas en Latinoamérica (especialmente en países como Chile y Argentina), donde tenían considerable buena prensa, han sido criticadas desde dentro de estas mismas sociedades, en trabajos como el de José Luis Coraggio, La educación según el Banco Mundial, que ponía en entredicho el modelo educativo neoliberal y las posibles consecuencias de su implementación, consecuencias que luego se ha visto que en buena medida explotaron en la crisis educativa en Chile del 2011.

Las experiencias con las políticas educativas del Paraguay son ilustrativas y descriptivas de toda esta concepción. Terminada la devastadora Guerra de 1870, los prohombres de entonces supieron que el camino más directo a lo que se llamó la regeneración de la República era la educación y, aun antes de tener programas concretos y específicos, se expandió la idea de las becas educativas, se pagaron buenos sueldos a los profesores y la carrera docente adquirió relumbre social.

La coronación de esta visión fue la reforma educativa del maestro Ramón Indalecio Cardozo, aplicada durante el gobierno del Dr. Eligio Ayala (1924/1928), que tuvo en consideración las necesidades concretas pensadas y reflexionadas de lo que era el Paraguay del presente y a lo que apuntaba en el futuro.

Así se enseñó el respeto a la Constitución, como contrato pueblo/gobierno, conscientes de la estructura agrícola ganadera de la economía; se obligó a las escuelas a mantener huertas, y con lo cosechado de ellas se enseñó nutrición balanceada para mejorar la salud.

En algún momento de la inestable década de 1940, se perdió este norte y más adelante se recurrió a los organismos multilaterales como el BID para obtener prestamos y programas educativos, cuyos resultados no estuvieron a la altura de lo esperado.

Hoy, la educación vegeta en un limbo que ningún bien hace a los miles de jóvenes deseosos de insertarse en el mercado laboral y aspirar a una existencia digna. Un país es su educación pública.

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