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26 de Noviembre de 2017

 

Rebeldía para dummies: adiós a uno de los mitos de la industria cultural

Por Montserrat Álvarez

1969: El hombre llegó a la Luna con el Apolo 11, y los hippies a Hollywood con Easy Ryder, pero entre el festival de Woodstock y el de Altamont los sueños se volvieron pesadillas y la Familia Manson le dio el tiro de gracia a esa década que sería llamada «prodigiosa». Aquel gurú con ambiciones de rockstar, cara siniestra de la «generación del amor y la paz», Charles Manson, nacido en 1934 de una prostituta adolescente, después de haber vivido en prisión casi medio siglo, acaba de morir esta semana.

Charles Manson nació en Cincinnati, Ohio, el lunes 12 de noviembre de 1934. Por robo, asalto y otros delitos entró en el reformatorio a los trece años, salió a los veinticuatro, le dieron diez más de cárcel y en 1967, con libertad condicional, se fue a San Francisco, donde reunió un grupo de seguidores, la Familia, con los que después se mudaría a Los Ángeles. Cantautor, guitarrista, músico popular –tiene dos discos, de hecho, Lie y Helter Skelter–, mezclaba letras en polvo de los Beatles con chispas de esoterismo instantáneo y cucharaditas de budismo rallado para profetizar una apocalíptica guerra entre negros y blancos que ganarían los negros aunque, como no eran aptos para dirigir la sociedad según Manson, la Familia tomaría el poder. Contra «la hipocresía de la moral burguesa», para evocar el discurso de la época, el honesto Manson impuso a sus acólitos el amor libre. Así llegó el verano de 1969, que en el Rancho Spahn treinta y dos adultos y siete niños pasaron dedicados a bailar, tocar música, drogarse y tener sexo en grupo.

Y Manson descubrió que podía hacer a otros matar. Así que, siguiendo sus instrucciones, el 26 de julio de ese año, 1969, Bobby Beausoleil asesinó a puñaladas al profesor de música Gary Hinman y dejó en la pared la marca de una garra para implicar a las Panteras Negras y adelantar el inicio de la guerra. Luego, la noche del 8 al 9 de agosto, mientras el director de cine Roman Polanski estaba de viaje y su embarazada esposa, la actriz Sharon Tate, de veintiséis años, recibía en su casa de Beverly Hills a Abigail Folger, Voytek Frykowski y Jay Sebring, los jóvenes de la Familia llegaron de visita. Mataron también de paso a Steven Paren, un chico de dieciocho que estaba afuera, en su auto. Sharon Tate murió con dieciséis puñaladas, Folger con veintiocho, Frykowski con cincuenta y una y dos balas, y Sebring con siete y un tiro. A la noche siguiente, los jóvenes de la Familia se detuvieron en una casa de las afueras de Los Ángeles y asesinaron a puñaladas al matrimonio LaBianca.

Sentenciado a pena de muerte, que se conmutó por cadena perpetua, Manson fue reciclado para el consumo por la industria cultural y se convirtió en uno de los personajes más famosos del pasado siglo XX, mientras la tragedia de Polanski, Tate, sus amigos, los LaBianca se disolvía, como todo, en el rating y la furia del gran carnaval de morbo para las audiencias masivas de un país agitado por disturbios sociales y políticos de toda índole. Un tipo seguido por varios loquitos fugados de típicas familias disfuncionales y un harén de chicas con el cerebro lavado, que superaban a los hombres en número y que en su mayoría habían llegado ya con niños o estaban preñadas de Manson, que en medio de todo se veía a sí mismo –creo que sinceramente– como una especie de reencarnación de Jesús con un mensaje de amor, libertad y respeto por todos los seres –«El amor te hace más fuerte. Eso no te lo pueden quitar. Si un hombre renuncia a todo, ¿qué le pueden quitar?», le decía a un reportero de Rolling Stone Manson en 1970– y como un auténtico músico con talento digno de mejor suerte. Escritas con sangre de las víctimas en los lugares donde les dieron muerte quedaron frasecitas de aire antisistema –«Political Piggy», «Healter [sic] Skelter»– con más pretensiones que sentido.

Charles Manson es un tipo de personaje histriónico que, por extraño que esto suene, creo haber vislumbrado, salvando las distancias, en alguna otra persona, y al que siempre sospeché, por eso, un asesino bastante «poser», que, pese a su forzada, estudiada mirada fija, y a sus caprichosas muequitas raras, ni estaba tan loco como lograba hacer creer a los demás que estaba, ni era tan listo como lograba hacerse creer a sí mismo que era. Apena decirlo ahora que ha muerto –todos tenemos hambre de mitos, angelicales o diabólicos–, pero la realidad puede ser muy insípida, y también puede serlo gente como Manson, pese a sus ambiciones musicales y a sus contactos, como Dennis Wilson, baterista de los Beach Boys que hospedó a la Familia en su casa en 1968, famoso y rico pero traumado por una infancia de abusos que, buen manipulador de personas confundidas, Manson aprovechó para intentar, sin lograrlo, hacerse un lugar en el mundo de la música –deseo frustrado y alimento (otro más), por ende, de su ideal de sí mismo como ser incomprendido y superior–. Detrás del horror de las carnicerías no había sino un pobre guiso de cienciología, Biblia y autoayuda: rebeldía para dummies. Como el propio Manson, detrás de su histriónico aparato de muecas, miradas «impactantes» y frases misteriosas, no era sino un tipo de mediana inteligencia absolutamente convencido –como tantos– de ser mucho más que eso. Y capaz de convencer a otros –no es raro: hay miles de gurús con esa misma capacidad en la política, los negocios, las artes... Su táctica de asustar al tribunal con gestitos de mofa y risitas de supuesto loco para a continuación proclamarse víctima y perseguido fue imitada por llorosas chicas Manson que lo acusaban de haberlas golpeado, vejado, reducido a objetos sexuales y usado de criadas. Manson y la Familia han sido comercialmente explotados desde la década de 1970 por la industria cultural sin –hasta donde yo sé– logros notables, pese a tratarse de una historia real y bien documentada. Que sí ha inspirado un par de libros sólidos: The Family (1971), del poeta, novelista y cantante Ed Sanders, y Helter Skelter (1974), del fiscal Vincent Bugliosi. Este domingo 19 de noviembre del 2017 ha muerto a los ochenta y tres años, de causas naturales, Charles Manson, y al preguntar en torno si a alguien le suena su nombre solo una persona, luego de varios minutos de búsqueda interna, me dice que sí, que recuerda que tiene algo que ver con el cine, con Polanski, con Hollywood, con un crimen antiguo, un asunto de los años sesenta. De los años sesenta, de cuando el dorado sol de California, de cuando el amor y la guerra, de cuando las good vibrations y las peleas policiacas, de cuando los dulces sueños lisérgicos y los malos viajes. Ese paisaje congelado en el que se quedó estacionada para siempre, reliquia obscena de la era hippie, fetiche y fósil, con su bolsa de dormir y sus diez quinceañeras, la moto de Charles Manson.

montserrat.alvarez@abc.com.py

 
 

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