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30 de Marzo de 2014

 

Rubén Bareiro Saguier: la alquimia del verbo

Por Lourdes Espínola

«El sentimiento más intenso que compone el ostracismo es la nostalgia, esa presencia edulcorada de todo lo hermoso y grato que uno perdió al partir. En verdad, es una ilusión resultante de la ausencia. Yo también caí en la trampa pero, con un esfuerzo de reflexión, asumí el exilio plenamente. Tanto más que tuve la suerte de respirar el aire de la libertad y de estudiar en una universidad de las más prestigiosas del mundo. Me hice de amigos y oficié de representante de facto de mi desconocida y lejana patria, representándola en cuanta actividad cultural y política hubiere», había dicho sobre su exilio Rubén Bareiro Saguier y esto le descubre tal como era interiormente: un poeta, entendiéndose como tal a quien de la nada crea belleza construyendo palabras apiladas en metáforas que finalmente se entrelazan en el poema.

No fue casual que Rubén prologase mi poemario La estrategia del caracol, que contiene poemas sobre la patria, la distancia, la memoria de la infancia, el recuerdo y la identidad; estos temas le eran muy cercanos, y además en ese poemario yo evocaba a Julio Cortázar, quien también, como el caracol, llevaba la casa a cuestas. Julio Cortázar y Rubén Bareiro eran escritores en parte latinoamericanos y en parte franceses; esta mezcla, este sentir a Francia como la patria literaria lo compartimos con Rubén y era una complicidad natural entre ambos.

Siempre he dicho que Rubén Bareiro Saguier fue embajador de Paraguay en París antes de serlo oficialmente en 1994. Rubén era quien nos atendía, acompañaba y conectaba a todo escritor, músico, bailarín o artista paraguayo que estuviese de paso por Francia. Su criterio era respetado y considerado entre los intelectuales latinoamericanos y europeos en París; por eso, el estar bajo su ala era una señal de reconocimiento.

Como poeta fue excelente, tomó lo que sabía del pensamiento guaraní y su imaginario e impregnó su poesía de esos olores, sabores y sonidos, dándole una originalidad y un sello propio. Sus poemas eran a veces breves y conceptuales, con una sintaxis casi circular, como un diálogo frente al fuego; al leer un poema de Rubén Bareiro no teníamos que buscar la firma, sabíamos que venía de su trazo por la singularidad del trabajo literario.

Rubén carecía de mezquindad y egoísmo, limitaciones muchas veces presentes en la personalidad de los artistas, y con ese espíritu presentó mis dos libros publicados en Francia por Ediciones Índigo y traducidos por Claude Couffon, el más ilustre traductor de los poetas americanos y españoles a la lengua francesa. En ambas ocasiones, en 1997 y en el 2001, la presentación fue en el auditorio de la Maison de L’Amerique Latine, de París, donde Bareiro Saguier fue parte de la mesa presentadora juntamente con la editora y el prologuista y traductor.

He compartido con Rubén momentos memorables, como cuando, en el año 2012, él fue Jurado del Premio Nacional de Poesía «Herib Campos Cervera» y me otorgó ese galardón por el poemario Desnuda en la palabra, publicado en España por Ediciones Torremozas y prologado por el Premio Cervantes José Emilio Pacheco. Esa tarde estuvimos en la casa del escritor Roa Bastos y Rubén me acompañó junto con los otros miembros del jurado a recibir el premio de poesía.

Su calidez humana y su caballerosidad, su amor por la vida y la literatura eran rasgos de su carácter; por eso creo que la frase inicial dicha en una entrevista a una revista cultural americana lo representa: Rubén era un ciudadano ejemplar, un poeta excelente y además podía revertir lo negativo y convertirlo en un gesto positivo por la nobleza de su corazón, y, como poeta que crea de la nada un mundo de palabras, tenía la virtud de transformar en algo bueno lo nacido de la injusticia. ¡Un ejemplo!

Lourdes Espínola (Asunción, 1954), poeta y ensayista, ha recibido importantes premios literarios internacionales y publicado, entre otros libros, Monocorde amarillo (1976), Tímpano y silencio (1986) y Partidas y regresos (1990).


 

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