17 de Setiembre de 2017

| La guerra de los guaraníes (XXIII)

«Salaron las cabezas y las pusieron en un barril»

Por Jesús Ruiz Nestosa

El Tratado de Madrid de 1750, que ordenaba el desalojo de siete prósperos pueblos sitos en el territorio cedido por la corona española a la de Portugal, tuvo como resultado una guerra en la que se escribiría con sangre el último capítulo de la historia de las misiones jesuíticas en Paraguay

El padre Bernardo Nusdorffer recogió y tradujo del guaraní al castellano un importante testimonio. «El original de este papel –dice en el último párrafo– en lengua guaraní está en el pueblo de San Luis a donde lo remití. San Carlos y febrero 19 de 1755» (1). Se trata de una relación de lo que les ocurrió, explica Nusdorffer en el encabezamiento, a cincuenta y tres indígenas del Uruguay en el enfrentamiento con los portugueses, «cuando acometieron por 2ª con otros muchos el fuerte de los portugueses del río Pardo; escribióla un indio luisista que fue uno de esos 53, llamado Crisanto, de edad como de 40 años, indio capaz y mayordomo del pueblo, tradújola un misionero de la lengua guaraní en castellano, año 1755» (2).

«Llegamos y nos acercamos al fuerte de los portugueses una mañana –comienza el relato de Crisanto– y luego que nos sintieron comenzaron a tirar contra nosotros con su artillería y bocas de fuego con toda furia, y nos mataron a nuestro capitán, que era el teniente de San Miguel, y aún tiraron todo el día, quiso Dios que no nos acertaron otros. Viendo pues los portugueses que con tanto tirar no nos habían hecho el daño que querían, cesaron y salieron de su fuerte y nos llamaron con pretexto de paz para engañarnos (...) dijéronnos hagamos paces entre nosotros y perdonémonos unos a otros en nombre de Dios, y por su amor, amémonos unos a otros en adelante y haya paz y cesen las hostilidades, venid acá a nuestro fuerte con toda confianza, no tratamos ya de haceros mal ninguno, antes os daremos de comer, de lo que tenemos, y podréis beber yerba entre nosotros, como entre vuestros hermanos» (3).

Más adelante, el indígena prosigue: «Nosotros creímos estas buenas y engañosas palabras, bajamos de caballo 53 indios y entramos con los portugueses en el fuerte, sacaron nos de comer y nos dieron de beber vino, a que no estábamos acostumbrados, y por esto después con facilidad nos quitaron las armas, y nos prendieron a todos, nos echaron a la cárcel y además de esto pusiéronnos lazos al cuello, y nos acollararon de dos en dos, y alegrándose de que su treta les había salido bien, se dieron parabienes unos a otros, riéndose de nosotros y gritando Viva, Viva. 20 días enteros nos tuvieron así presos en el fuerte sin darnos de comer cosa de provecho, ni había bastante agua, a beber, teniendo y tratándonos sin misericordia como si fuéramos bestias» (4).

«Después de 20 días nos echaron a todos acollarados como esclavos en un barco, demás de esto nos pusieron esposas en las manos cerrándolas con candado, ni nos daban de comer. Viéndonos así maltratados un castellano que estaba entre ellos nos tuvo lástima, pero su buena voluntad no nos aprovechó de nada. Entre tanto navegábamos río abajo y llegábamos hacia el río grande, cuando nos habló un mulato que estaba entre ellos y nos dijo que los portugueses trataban de acabarnos, aunque no estaban conformes entre sí, y que nos querían tirar al río Yacui, adonde ciertamente nos habíamos de perecer todos. Oyendo esto nosotros temblamos de miedo, y el mulato prosiguió diciendo: habéis de saber que los portugueses son una pobre gente, son seguidores del diablo, son unos brutos y por esto ni yo me hallo más entre ellos, lo más acertado sería que todos nos levantemos contra ellos, y después con el barco, peleemos y acabémoslos, después saldremos del bote y nos iremos a nuestras tierras. Yo seré el primero que comience a matar los que pudiere, diciendo esto, nos cortó a todos los lazos con que estábamos acollarados, nos quitó las esposas que teníamos en las manos, y el fue el primero que comenzó» (5).

Luego, con pocos detalles, pero muy precisos, el indígena Crisanto describe una batalla difícil de ganar dadas las circunstancias, el lugar y la superioridad de los portugueses en número y armas.

«Estábamos nosotros sin armas nuestras (sólo había un cuchillo y un hacha el cuchillo prestado del cocinero con el cual murió), y como no teníamos tampoco viento ya tres días, no caminábamos, estábamos parados y los portugueses estaban todos en un aposento en conversación, un solo soldado estaba guardando la puerta del rincón o aposento, adonde nos tenían, y sólo el cocinero estaba fuera también, este fue el primero que matamos y la guarida, a otro que acaso apareció lo herimos malamente, y este mal herido se fue adonde estaban los demás, nosotros íbamos siguiéndole y les cogimos la puerta para que no pudiesen salir, y procuramos echar sobre ella cuanto hallamos de tablas, palos, ellos rabiosos de cólera quebraron cuando hallaron hasta las botijas de vino echándolas sobre nosotros. Duró esto un día entero y nosotros no sabíamos cómo los podíamos acabar; quisimos echar a pique el barco, quitamos un rumbo, pero como estaban unas tablas sobre otras, no pudimos conseguirlo, y como nosotros en nuestros pueblos nunca tuvimos barcos, ni lo usamos en el Uruguay, no alcanzábamos cómo estaba hecho, qué puertas o escondrijos tenía, ni qué entradas ni salidas, ellos como eran sus dueños lo sabían, supieron y hallaron una puertecita escondida de nuestra vista, o la abrieron entre tanto, por esta puertecilla salieron y de una vez todos se echaron sobre nosotros con todas sus armas, matando y hiriendo, unos cayeron luego, otros heridos se echaron al agua y murieron ahí, otros quisieron escapar a nado, pero no les valió, ahí mismo en el río los mataron» (6).

«Como habían muerto ya tantos un sargento de ellos les gritó que cesaran de la matanza. Este sargento pues libró a los que todavía vivían aunque algunos mal heridos, y libró y sacó también a los que seguían escondidos debajo de la barriga del barco medio colgados y agarrados, entre todos fueron 14. Y yo entre ellos mal herido en la cara, Así que en el barco se quedaron muertos, les quitaron las cabezas y las salaron poniéndolas en un barril grande para llevar y mostrarles en el río Grande. Los cadáveres echaron al río. A los que escapamos de esta matanza nos pusieron otra vez las esposas en las manos y nos acollararon otra vez del pescuezo, teniéndonos mejor guardados que antes, medio desnudos, en suma miseria y faltos de todo hasta el río Grande» (7).

Notas 

1. Legajo 120, 56, Archivo Histórico Nacional de España, Madrid.

2. Ibdm.

3. Ibdm.

4. Ibdm.

5. Ibdm.

6. Ibdm.

7. Ibdm.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

 
 

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