05 de Noviembre de 2017

| Adiós a un escultor

Taller vacío

Por Julián Sorel

Ya compactas y adensadas como si Giger riera dentro de su vientre, ya caricaturescas como salidas de un cómic, ya mutiladas y feroces como expulsadas de Mad Max, ya sinuosas y afiladas como acabadas de torturar en el potro por Giacometti, en todas esas criaturas era visible una constante, la mano de su autor. Que este miércoles por la noche ha fallecido inesperadamente, a causa de una afección hepática y tras una breve internación de urgencia en un sanatorio asunceno, a los cincuenta y tres años de edad.

Formado como arquitecto, nacido en Asunción en 1963, Gustavo Beckelmann, escultor que materializó sus seres imaginarios para rodearse de memorables monstruos, expuso sus obras en muestras colectivas desde 1985, realizó en el Instituto Cultural Paraguayo Alemán en 1990 su primera muestra individual, recibió el premio de Escultura del hoy desaparecido Bosque de los Artistas en 1997 y participó en la XLVIII Bienal de Venecia. Buen anfitrión, cordial y huraño a un tiempo, abría sin miramientos –a amigos, colegas, potenciales discípulos, meros conocidos, desconocidos– las puertas de su taller.

Detrás de ellas, insospechado en medio de un tranquilo barrio de apariencia corriente de la capital paraguaya, había un país secreto, poblado por seres que, ni humanos ni demonios ni bestias, sino todo eso a la vez, se dedicaban sistemáticamente a violar todas las normas de la vida civilizada. Seres a su manera poderosos y admirables, aunque en tales encuentros su creador les diera menos importancia que a las bebidas que refrescarían la jornada, y aunque al fuego en el que fraguaba, feo y fuerte cual Vulcano, sus obras desafiantes no prestase en esas ocasiones más atención que la requerida a su criterio magnánimo por la tertulia para improvisar una pizza, un chipa guasu o un asado. Ogro afectuoso, señor de su extraño laboratorio secreto de experimentos en pos de una humanidad futura o pasada, imaginada o perdida, moraba en ese taller como en medio de un bestiario medieval en 3D, trabajando, alto y hercúleo, con sus grandes manos la ruda materia de lo inexistente y de lo posible.

Y yendo también, a lo largo de los años, desde el libre juego con la propia fantasía hasta la lucidez de la conciencia crítica en numerosos viajes de ida y vuelta para armar, ya burlonas alegorías, infladas y vacías como globos, con toneles a guisa de pedestales, del poder y de sus marionetas, ya limpias criaturas salvajes desviadas a la barbarie por el gozo y con la sangre del Bosco corriéndoles por las venas.

«Uno de escultores que mejor aprovecharon la técnica de la cera perdida», dijo de él, hablando de sus «magníficos trabajos surrealistas», Herman Guggiari (1924-2012). Rodeando en tierra la escalera que llevaba al refugio privado del altillo, con el lecho, los juguetes y las máquinas –los aviones, la música, los libros–, abajo, en el prehumano o posapocalíptico territorio de la creación, entre proteicas figuras que a medias surgen vigorosas del magma primigenio de la materia bruta –hierro, piedra, acero, bronce–, firmes siluetas inconclusas de largas torres babélicas siguen apuntando al cielo. Tal fue el escenario de la vida terrena del escultor Gustavo Beckelmann (Asunción, 1963-2017), reino enlutado hoy.

juliansorel20@gmail.com

 
 

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