22 de Mayo de 2011

 

Una mirada retrospectiva a casi 110 años de la tesis de Cecilio Báez reflejada en su expresión "Paraguay, un pueblo de cretinos"

El debate historiográfico con miras a la construcción de un imaginario colectivo que generara una conciencia valorativa con miras a un futuro “muy incierto”, que edificara una nueva nación sobre las cenizas de la primera República en aquellos inicios del siglo XX en el Paraguay, se antepuso – como comentaba Josefina Plá— ante cualquier otra manifestación de cultura escritural, llámese poesía, novela o teatro por ser considerados de segundo orden prioritario. Es conocida por todos —pero no muy estudiada a pesar de ello— la polémica que sostuvieran a lo largo de 37 artículos, en los diarios “El Cívico” y “La Patria”, Cecilio Báez y Juan E. O’Leary en lo que van de los meses entre noviembre de 1902 hasta febrero de 1903; en este debate intelectual ambos autores exponen –a su turno— su visión histórica del pasado inmediato de la República. A continuación, exponemos en sus puntos principales el núcleo de aquel combate intelectual, pues el análisis exhaustivo de aquel duelo se hace en otro escrito.

El Dr. Cecilio Báez escribía en el diario “El Cívico”: « […] El Paraguay es un pueblo cretinizado por secular despotismo y desmoralizado por treinta años de mal gobierno. Cinco años de titánica lucha pudieron retemplar sus adormecidas fibras por el opio del despotismo. Por eso el pueblo paraguayo desplegó cualidades cívicas en los comicios, a raíz de la conclusión de la guerra; pero la disolución de las cámaras vino de nuevo a matar el naciente espíritu público y he aquí que el pueblo sigue siendo semejante a un cretino, a un ser sin voluntad ni discernimiento». También decía: «Entre los hombres que han dirigido sus destinos, no se conoce ninguno que haya intentado reformar o encauzar las cosas. No solamente les falta la virtud del patriotismo, sino la conciencia de sus deberes. No existe el sentimiento de la responsabilidad, porque es nulo su sentido moral. Esta conducta de los gobernantes y funcionarios públicos, sus abusos y atentados han desmoralizado a la sociedad, entre cuyos miembros están disueltos los vínculos de solidaridad, de tal suerte que cada individuo, cada círculo, cada gremio, cada grupo social se encierra en su egoísmo y no tiene en cuenta sino sus particulares intereses. Vése, pues, que nuestros males son muchos y profundos». El término “cretino” es usado por Cecilio Báez como sinónimo de “bárbaro”, “inculto”, “sin ilustración”.

En términos generales, podemos reconstruir las proposiciones de Báez en el siguiente enunciado E1: “El continuo absolutismo despótico de los gobiernos de José Gaspar Rodríguez de Francia, Don Carlos Antonio López, Francisco Solano López y de los presidentes que se turnaron en el poder a lo largo de los 30 años que siguieron a la guerra contra la Triple Alianza cretinizaron al pueblo paraguayo, es decir, lo barbarizaron, desmoralizaron, inculturizaron, desilustraron, involuntaron, irracionalizaron, corrompieron e incivilizaron”. La premisa sociológica que se desprende de los argumentos de Cecilio Báez se dilucida en el enunciado : “Las condiciones sociales, culturales, económicas y políticas que impusieron los tiranos que gobernaron al Paraguay crearon un ciudadano paraguayo desmoralizado, inculto, sin ilustración, irracional, corrupto e incivilizado”.

Juan Emiliano O´Leary, por su parte, replicaba en contra de Báez de la siguiente forma en el diario “La Patria”: «Nos da vergüenza el reproducir estas palabras escritas por un ciudadano a quien, no hace mucho, hemos recibido con vítores, a quien hemos saludado como el representante legítimo de la juventud paraguaya. Pero este título ya no le pertenece porque no puede una ilustración eximia, un personaje de la importancia del Dr. Báez, ser representante de cretinos, de seres sin voluntad ni discernimiento. Nosotros, que somos paraguayos, nosotros que para paraguayos escribimos, protestamos en nombre de todos nuestros conciudadanos indignados por las palabras del doctor Báez, a quien no concedemos derecho alguno de llamarnos cretinos y cretinizados».

Hoy en día, la sociología, en su experiencia general, registra que del perfil de los ciudadanos denominados “no demócratas”, es decir, los individuos que tienen una socialización durante periodos autoritarios, que se clasifican entre los individuos que provienen de entre los sectores de la población con menos educación, los que tienen una percepción de baja movilidad social respecto de sus padres y bajas expectativas en cuanto a futura mejoría para sus hijos, mantienen una actitud de mayor desconfianza en las instituciones democratizadas y democratizadoras. Se considera que el número de años de socialización de una persona es de 11 años, y transcurre entre los 7 y los 17 años de vida. A la par de estos grupos de “no demócratas”, en promedio los grupos que se denominan “demócratas” en cuanto aumentan el índice de escolarización, mejoran sus condiciones económicas, tienen una mayor tendencia a apoyar al régimen democrático, y a la vez tienden levemente a participar más activamente en la vida política. Se puede generalizar que los individuos socializados en regímenes autoritarios no apoyan abiertamente al sistema democrático, a la par se convierten en conservadores y abstencionistas electivos; sin embargo, los que socializan en regímenes democráticos tienen la mayor tendencia a apoyarla, y a ser activos participantes en la toma de decisiones colectivas; y esta es una cuasi ley sociológica. A la luz de estas generalizaciones politológicas, reexaminamos los argumentos del Dr. Cecilio Báez en la polémica que sostuviera con Juan Emiliano O’Leary en aquel medular debate histórico realizado en 1902 y que refleja en sus líneas una postura antagónica que extiende su influencia hasta nuestros días en la memoria colectiva de todo un pueblo, y que lo divide en dos grupos, en apariencia opuestos e irreconciliables, como lo son los “legionarios vs. antilegionarios”, “francistas vs. antifrancistas”, “lopistas vs. antilopistas”. Esta pesquisa demuestra, en líneas generales y reducidas en sus argumentos centrales, que la naturaleza de aquel cruzamiento de ideas, en cuanto sus mecanismos discursivos y argumentativos, aún no es entendida en su densa complejidad, ya que la naturaleza controversial de aquellas proposiciones, tanto del Dr. Báez como de O’Leary, necesitan de alternativas analíticas para una mejor contextualización y profundización, todo ello de manera de elucidar las trampas del lenguaje en las cuales incurrieron aquellos notables hombres en su combate intelectual.

El análisis filosófico a partir del lenguaje, haciendo distinciones de uso y significados, buscó desde su más importante promotor, John Langshaw Austin, evitar o aclarar problemas y en el mejor de los casos diluir seudoproblemas en filosofía. Las palabras, en sus usos y funciones, pueden superponer contextos semánticos, causando confusión y caos discursivo; todo ello desviando y complicando la cuestión tratada, oscureciendo más que aclarando. Por ello, Austin proponía: «Ciertamente, pues, el lenguaje ordinario no es la última palabra; en principio, en todo lugar puede ser complementado y mejorado y suplantado, pero recordemos, es la primera palabra», y desde aquí, este procedimiento se centra como un punto de partida insustituible para el análisis.

Por nuestra parte, concluimos que —más allá de lo que señala la autora Liliana M. Brezzo, de que ambos contendientes se preocuparon por interpretar el pasado más “que en reconstruir lo que realmente ocurrió”— la argumentación de Cecilio Báez es correcta en un plano metadiscursivo y que sirve de soporte contextual a la argumentación; en este sentido, Cecilio Báez ensaya una interpretación teórica desde la sociología en una explicación de las consecuencias que produce la anulación de las libertades y los derechos del hombre en la práctica “dictatorial”, y ataca al poder omnímodo y absoluto. Mientras que Juan E. O’Leary hace un giro en el objeto de discusión y lleva desviando los argumentos de Báez a un elemento indirecto: el pueblo. Con esto se genera el fenómeno que conocemos como “inconmensurabilidad del lenguaje”, en el sentido de que se usa un término, pero no se comparte la misma carga teórica y, por lo tanto, el objeto de discusión no es el mismo objeto compartido en un “marco común” en sentido popperiano. O’Leary, haciendo una apelación a argumentos ad hominen, ad baculum y ad misericordiam, construye una retórica en función “emotiva” que busca identificación por parte de los lectores en el sentimiento común de desprecio contra el que lo denigra (en este caso, EL PUEBLO que supuestamente es atacado y ofendido con el calificativo de “cretino” por parte de Báez), y con ello distrae la atención del lector, obnubilándolo en la ilusión de una contraargumentación falsacionista –que no es más que una falacia; falseadora sería un mejor calificativo— de las afirmaciones de Báez, pues en ningún momento refuta la verdadera afirmación de este. Cecilio Báez dirige su argumentación en contra de los tiranos que gobernaron al Paraguay (y esta es la causa en su hipótesis) y no en contra del pueblo –como sostiene O’Leary—, concluye su enunciado con el efecto de una sociedad con características de masas pauperizadas como consecuencia de vejantes condiciones en todos los órdenes sociales. La historiadora Liliana M. Brezzo concluye sobre este tema que: «Este intercambio no contribuyó a la consolidación de la disciplina histórica en el país, entre otras causas porque ninguno de los dos basó sus argumentaciones en experiencia en los archivos»; además se sostiene comúnmente que en aquel debate salió victorioso el joven Juan E. O’Leary, pero en un reexamen de sus argumentos, a la luz de la “teoría de la argumentación”, “teorías de la referencia lingüística del lenguaje científico”, la “lógica simbólica”, “la sociología sistémica”, la “epistemología” y otras disciplinas auxiliares, concluimos hoy, a casi 110 años en el tiempo, que el triunfo de O’Leary es vacuo y efímero; solo las coyunturas políticas han hecho triunfar su propaganda.

Este análisis es la antesala de una labor que recién empieza, y qué mejor que revisar nuestra historia patria en el cenit de su Bicentenario. Este método nos recuerda que la actividad del análisis en la práctica de un realismo crítico requiere no solo rigurosidad sino también lúdica creatividad, y esta nos debe llevar, evitando las visiones unilineales, a fructíferas interacciones en el entramado del conocimiento humano que es pluralista, inclusivo y comunitario.

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