18 de Setiembre de 2012

| LECTURAS PLACENTERAS

Aprendamos a convivir

Por Lic. Angélica Saucedo

No dejemos que nuestros temores nos hagan ver trampas en donde no las hay. Démosle una oportunidad a la vida y compartamos con nuestros semejantes dando lo mejor de cada uno.

/ ABC Color

Tigre negro, venado blanco

Un fabuloso tigre negro que habitaba la selva del Amazonas estaba cansado de dormir a la intemperie. Pensaba casarse muy pronto y, para casarse, hay que tener una casa. Por eso decidió construir una choza con todas las comodidades, a la orilla de un río. Pero no era el único que planeaba construir en ese lugar… Un delicado venado blanco tenía idénticos propósitos, ignorante de que por allí andaba una de sus mayores amenazas.

Una mañana, antes de que saliera el sol, el venado comenzó a preparar el terreno para construir y salió de paseo. En ese momento llegó el tigre, quien se sorprendió al ver que la superficie estaba lista y despejada para fincar. «Con seguridad el misterioso dios de la selva ha venido a ayudarme», pensó, y comenzó a trabajar con unos troncos que ya estaban cortados. Horas después, ya exhausto, se alejó de allí para descansar.

Al amanecer siguiente, llegó de nuevo el venado y al hallar tan avanzada la obra también creyó que el enigmático dios le había prestado ayuda. Le puso techo a la choza, la separó en dos habitaciones, y se puso a vivir en una de ellas. Por su parte, el tigre negro llegó más tarde y al ver la choza terminada, se instaló en la habitación situada junto al dormitorio del venado. Así transcurrió la noche. Ambos despertaron con sed y, al dirigirse al río para beber, se encontraron frente a frente y comprendieron lo que había ocurrido.

«Bueno», dijo el venado, «esto ocurrió porque la divinidad quiere que vivamos juntos, ¡qué raro!, ¿verdad? Y como todavía somos solteros podemos compartir esta choza ¿qué te parece?»

El tigre respondió: «Está bueno. Podemos dividirnos las tareas. Hoy a mí me toca ir por la comida». El tigre salió de cacería y regresó cargando el cuerpo de un venado rojo. Al entregárselo al venado blanco este lo preparó, pero no probó bocado y aquella noche no durmió pensando en que el tigre podría devorarlo.

Al día siguiente, le tocó al venado salir a buscar la comida. Halló un tigre más grande que su compañero y, con la ayuda del oso hormiguero, lo capturó y lo llevó a casa. «Mira», le dijo al tigre negro, «aquí está la comida». El tigre negro cocinó la carne, pero no la probó. Cuando oscureció, tanto el tigre como el venado temblaban pensando en el ataque del vecino. Accidentalmente, el venado golpeó la pared de su cuarto. El tigre reaccionó con un rugido. Ambos creyeron que la guerra había comenzado y salieron huyendo. La choza quedó abandonada y fue ocupada por un grupo de monos.

En la noche, otra vez a la intemperie, el tigre negro pensaba: «¡Tan sencillo que hubiera sido conversar y ponernos de acuerdo, ahora que yo estaba pensando volverme vegetariano!» El venado blanco, vagando bajo la lluvia también reflexionaba: «Extraño al tigre. Hubiera sido increíble vivir juntos y reunir a nuestras familias… Ahora tendremos que empezar de cero».

Adaptación de la leyenda guaraní del mismo nombre incluida por Ciro Alegría en el libro Leyendas y fábulas latinoamericanas.

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