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17 de Abril de 2018

| COMUNICACIÓN 2.o ciclo

Los personajes

Por Prof. Abg. Karina Elizabeth Hermosilla Galeano

En una narración, las acciones son realizadas por personajes, pero no todos tienen la misma importancia. El personaje principal de la historia se llama protagonista. Generalmente, este desea algo, pero para conseguirlo, a veces, debe enfrentarse con otro personaje, que es su rival o antagonista.

La tortuga gigante 

(adaptación)

(Horacio Quiroga)

Fue entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de beber al hombre, quien estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al hombre para que comiera. Este comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie.

Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas.

El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta:

—Estoy solo en el bosque, la fiebre va a volver de nuevo y voy a morir aquí, porque solamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero nunca podré ir y voy a morir aquí.

Pero también, esta vez, la tortuga lo había oído y se dijo:

—Si se queda aquí en el monte, se va a morir, porque no hay remedios, y tengo que llevarlo a Buenos Aires.

Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas; acostó con mucho cuidado al hombre encima de su lomo y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras; al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió el viaje.

La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho y atravesó pantanos en los que quedaba casi enterrada, siempre con el hombre moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos y acostaba al hombre, con mucho cuidado, en un lugar en el que hubiera pasto bien seco.

Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al hombre enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir.

A veces tenía que caminar al sol y, como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: 

«¡Agua!, ¡agua!», a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber.

Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el hombre recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta:...

En el próximo número, la última parte del texto.

Fuente: QUIROGA, H. (1918). Cuentos de la selva.

 
 

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