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03 de Febrero de 2018

| Nutrición

El hambre y la ansiedad

Estamos aburridos, cansados o, simplemente, tenemos por delante algo muy tentador y nos lo llevamos a la boca sin pensar y sin que haya hambre real de por medio. A veces también comemos por situaciones positivas, como un cumpleaños o un aniversario, en las que la comida se convierte en una forma de celebración. ¿Cómo diferenciar el hambre real de la ansiedad?

El hambre emocional es una situación en la que son las emociones que sentimos, y no la necesidad de nutrirnos, las que nos impulsan a comer. Las personas que lo sufren pueden sentir una necesidad repentina de comer sin saber muy bien por qué. En algunos casos, las emociones que la provocan son tan sencillas y benignas como el aburrimiento, pero en otros, la comida puede ser un mecanismo de recompensa ante otras emociones mucho más negativas y perjudiciales, como la tristeza, el estrés o la ansiedad.

En estos casos, la necesidad de comer puede terminar pasando de un simple picoteo a auténticos atracones que sirven como vía de escape de esas emociones negativas que la persona afectada no sabe cómo manejar.

En casos más severos, el hambre emocional está relacionado con situaciones de desequilibrio emocional o psicológico, y afecta más a personas que ya arrastran problemas de peso, lo que les supone un bajón grave para la autoestima, seguido de sentimientos de culpa que aumentan la tristeza o el estrés, y se puede caer en un círculo vicioso que termina necesitando atención médica y psicológica.

Ayudas para controlarse

Si nos cuesta mantener una alimentación equilibrada porque a menudo sufrimos ataques de ansiedad o antojos, deberíamos plantearnos por qué nos suceden. La ansiedad suele ser un síntoma de que algo no funciona bien en nuestro cuerpo, y solucionarlo pasa por encontrar el motivo más profundo de esos ataques de hambre.

En los casos más severos, será necesaria la intervención de un especialista que pueda tratar las causas subyacentes (depresión, problemas de autoestima, trastornos alimenticios), pero si la situación no ha llegado a ese punto y simplemente comemos por aburrimiento, hay algunas cosas que podemos hacer.

1 Identificar el tipo de hambre. Cuando vayas a comer, párate solo unos segundos y piensa si tienes hambre de verdad en el estómago o, simplemente, tienes ganas de comer por otro motivo. A veces estamos tan distraídos que no somos conscientes de las señales que nos está enviando nuestro cuerpo.

2 Piensa cuándo y cómo sientes hambre. Trata de identificar las causas. Muchas veces, el antojo de un alimento en concreto se produce siempre a la misma hora y por la misma causa. Si lo sabes de antemano, puedes planear una alternativa: una comida más sana para sustituirlo, o una actividad diferente para ese rato que te ayude a pasar el impulso.

3 Rodéate de alimentos saludables. Cuida tu alimentación, asegúrate de comer todos los nutrientes que necesitas y de llenar la heladera y la despensa de comida sana. Esto hará, por un lado, que disminuyan tus ganas de comer sin hambre y, por otro, que cuando esas ganas aparezcan, todos los alimentos a tu alcance sean saludables.

4 No te boicotees. Toma medidas para evitar los ataques de hambre emocional y para que, si ocurren, no se descontrolen. Si sabes que a la hora de la merienda te apetecen galletitas de chocolate, evita comprarlas, pero si las compras, no lo hagas en paquetes grandes que una vez empezados son difíciles de cerrar; hazlo mejor en paquetes individuales de un par de galletitas y así mantendrás la situación más controlada.

Las dietas muy estrictas

Una gran parte de los problemas de ansiedad se deben a una dieta extremadamente restrictiva que no nos deja comer lo que queremos. Una alimentación sana y equilibrada debería ser variada y contener la mayoría de los alimentos de los que disponemos: la clave, como siempre, está en las cantidades. Es cierto que hay alimentos de los que debemos reducir su consumo si estamos en una dieta de pérdida de peso, pero también debemos encontrar un momento para incluirlos en nuestro plato si esto nos genera ansiedad. Si sabemos que una vez a la semana (o una vez cada dos semanas, depende de cada uno) podemos comernos esa hamburguesa que tanto nos gusta, la ansiedad por incluirla en nuestra dieta se verá notablemente reducida.

El hambre real

Por el contrario, el hambre fisiológico o hambre real se da cuando nuestro cuerpo nos pide combustible para funcionar. También se conoce como hambre estomacal, y las señales que nos alertan de que necesitamos ingerir alimentos pueden ser la sensación de estómago vacío o los ruidos estomacales. Cuando tenemos hambre real, para calmarlo, el cuerpo nos pide cualquier tipo de alimento y no necesariamente algo altamente calórico. Además, comer de manera automática y rodeados de distracciones nos impide ser conscientes del nivel de saciedad de nuestro cuerpo.

 
 

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