01 de Agosto de 2014 00:00

 

El amor tras una tragedia

Por Hugo Garay Caballero

“Desde que la vi fue el amor de mi vida”, confiesa Arturo Brizuela, mientras mira una fotografía en su celular. Sentado en una vieja silla de aquel siniestrado edificio, cuenta que su historia de amor comenzó pocos días después del 1 de agosto de 2004.

Pamela Astigarraga y Arturo Brizuela, huérfanos del Ycuá Bolaños.

Pamela Astigarraga y Arturo Brizuela, huérfanos del Ycuá Bolaños. / ABC Color

El hombre dormía plácidamente cuando Arturo entró a la habitación de sus padres. Juan Brizuela, ingeniero civil de 52 años, no se despertó con la entrada repentina de su hijo y continuó casi inerte entre sábanas. Quería que lo acompañe, pero decidió dejarlo descansar. “Coyo”, como sus amigos conocen a Arturo, debía enfrentar esa calurosa mañana de domingo a la Sub 16 del Club Rubio Ñu. Sus compañeros del Club Independiente ya lo esperaban, así que tomó un poco de dinero del bolsillo de su viejo para el pasaje y se dirigió a la cancha, despidiéndose solo con la mirada.

Poco antes del mediodía, Arturo se dirigía nuevamente con dirección a su casa en el barrio Trinidad de Asunción, cansado, y en parte molesto por la derrota. Pero los inesperados gritos, sirena de bomberos y una tremenda humareda lo alertaron, estando a cuadras de su domicilio. Llegó a su casa rápidamente, y su madre, Betsabé Meza, lo recibe con desesperación.

-Arturo, andá rápido al súper. Tu papá se fue ahí- dijo la mujer, prácticamente con el corazón en la mano. El joven, sin perder un solo segundo, fue corriendo hacia aquel punto donde el ambiente de desesperación reinaba.

Era un domingo igual a todos en la casa de la familia Astigarraga: mañana tranquila en el barrio Loma Pytá. Don Nelson Astigarraga, junto a su esposa Dalba Samudio y su hijito Elías de 16 meses de nacido, salieron horas antes del mediodía rumbo al supemercado Ycuá Bolaños, distante a unos cinco kilómetros de su vivienda. Mientras tanto, Pamela quedó en la casa. Hacía falta un poco de carne y unas bebidas, entre otras cosas, para el almuerzo del día.

Sería casi pasada las 10:00 cuando esta familia ingresó al centro comercial. Como nunca el supermercado estuvo repleto de clientes, personas de todas las edades. Don Nelson pidió a su señora y al niño vayan por las provistas, mientras él se iría a formar fila en la carnicería. Tras unos breves minutos, lo inesperado: una explosión que quebró la tranquilidad. De inmediato, el calor, la confusión y, sobre todo, la desesperación tomaron por asalto el lugar.

-Tu papá estaba por ahí sacando gente, andá ve-, gritó uno de los vecinos a Arturo, cuando él se encontraba a escasos metros del centro comercial. Llegó y observó una tremenda humareda saliendo del supermercado, continuas explosiones desde dentro del local y gritos por doquier. Su reacción fue entrar a buscar a aquel hombre a quien vio por última vez entre sábanas, pero los policías y bomberos lo impidieron. Frente al supermercado encontró a su hermano Juan Carlos, quien lloraba desesperadamente.

Reporteros de todos los medios comenzaron a agolparse en las inmediaciones de un supermercado que ardía en llamas. La noticia corrió en segundos el país, e incluso el exterior. Pamela Astigarraga recibió este aviso desde varias fuentes. La mezcla de desesperación e impotencia invadió su ser. Con llanto buscó algún dato de su familia.

Pasado el mediodía era inevitable avizorar que lo que estaba ocurriendo se convertiría en la mayor catástrofe del país en épocas de paz. La cifra de muertos, heridos y desaparecidos aumentaba a cada minuto. El pequeño barrio Trinidad se vestía de luto.

Con el correr de los días, se confirmó el fallecimiento de unas 350 personas, centenares de heridos y decenas de desaparecidos. Entre los que perdieron la vida estaban Juan Brizuela -quien, por esas irónías de la vida, había presentado un proyecto de protección contra incendio y salida de emergencias para el súper, que fue rechazado por los directivos del supermercado-, además de Dalba Samudio y su pequeño hijo Elías. De esa manera, Arturo, de 15 años, y Pamela, de 12, formaron parte de los 204 huérfanos del incendio del Ycuá Bolaños, de acuerdo con el censo que realizó la Secretaría Nacional de la Niñez y la Adolescencia (SNNA). Algunos habían perdido a su padre o madre, mientras que otros, en el peor de los casos, a ambos.

Con la muerte de su papá, “Coyo” cayó en depresión. Sentía que el mundo se le venía abajo y que la única forma de afrontar ese sentimiento era con la violencia por la rabia contenida contra los propietarios del supermercado, quienes le arrebataron su motivación para seguir en el fútbol, para ser un hijo ejemplar. Airado con el destino, comenzó una vida desordenada y se unió a las “malas yuntas”. Las prácticas en el Club Independiente quedaron en la historia.

-El día que haga justicia por manos propias me voy a sentir bien- se decía para sí mismo. Era la única manera que encontraría la paz. Este pensamiento lo llevaron al aislamiento de la sociedad, al rechazo por mucho tiempo. Hasta que conoció a quien era capaz de cambiarle todo su mundo en solo un segundo.

La muerte de su madre y su hermanito menor generaron un abismo en medio de su cabeza. La adolescente de tez blanca, pelo negro y ojos marrones afrontó la peor experiencia que un ser humano pueda vivir. Junto a su papá, quien escapó de milagro con vida, se dirigía a menudo hasta el siniestrado edificio y la Iglesia de Trinidad para rezar, para compartir su dolor con las cientos de personas que pasaron por lo mismo. En uno de esos encuentros de los familiares de víctimas del incendio, Arturo vio por primera vez a Pamela y quedó cautivado. Fue amor a primera vista. La adolescente que estaba en frente sufrió lo mismo que él. “Ella puede ser el amor de mi vida”, decía a sus amigos, que no creían que una mujer como ella se fije en un joven que en ese momento no veía horizonte en su camino.

Los saludos distantes fueron el primer paso. Un acto de presencia. Un “aquí estoy” en los numerosos encuentros de la multitud con el correr de los años, que se congregaba ante el Ycuá para llorar a sus muertos. Por ironía de la vida, el papá de Pamela comenzó una relación con Aida Brizuela, hermana mayor de Arturo. El mismo dolor motivó la unión entre ambos. Para “Coyo” era un punto a su favor. Un motivo para aproximarse más. Esa era la premisa que dominó su mente en aquellos años de 2006.

Su visión no era equivocada. Con el paso del tiempo, y de las visitas cada vez más seguidas de don Astigarraga a la casa de Arturo, en la que también iba Pamela, se fue creando una buena amistad entre ambos jóvenes. Ella conoció su pasado, su difícil y hasta caótico presente, y lo estimuló a salir del hoyo en el que estaba. Él no se animaba a confesarle sus sentimientos. Incontables veces le prometió que saldría adelante. Pamela confió en su palabra y tuvieron una amistad de varios años.

Para octubre 2008, don Nelson y Aida se casaron. Arturo pasó a ser el cuñado del papá de quien él amaba en silencio. Ganarse el cariño de su cuñado-suegro no fue tarea fácil. La fama de “Coyo” no era la más positiva en el vecindario. Era muy conocido “busca pleitos”. Pero Pamela confiaba en él y con el correr del calendario fortalecieron su amistad, se visitaban y salían juntos. Dijo adiós a los vagos amigos y se consiguió un trabajo, con el cual se ganó sus primeros guaraníes.

No pudo callarlo más. Para el 2009, le contó que ella era lo más importante que tenía en su vida desde hace ya varios años. Sorprendida, le reclamó el no haber compartido con ella sus sentimientos, pero terminaron como novios. Ya en 2011, Arturo se reunión con don Astigarraga y le confesó que era novio de su hija, que se amaban y que querían estar juntos. No tuvo objeciones.

La relación entre ambos jóvenes estaba cada vez más sólida y el 19 de febrero de 2013 nació Benjamín, fruto del amor entre ambos huérfanos de la tragedia. Hoy ella tiene 22 años, mientras que él 25. Ambos viven en la capital, unidos en un primer momento por el dolor, luego la amistad y ahora el amor.

-Y esa es mi historia. No sé si era lo que esperabas- me dice, soltando una sonrisa que resonaba en los rincones desolados del viejo edificio siniestrado. -Te voy a pasar esta foto, es la que más me gusta- acota. Tras un apretón de manos y una conversación de casi dos horas, se despidió y abandonó lentamente el predio de lo que hoy alberga los restos del Ycuá Bolaños. La imagen llega a mi teléfono. En ella, Pamela y Arturo salen sonrientes y sentados contra la pared, cobijando a Benjamín. La foto, por un segundo, les hace dejan atrás el recuerdo de una década de aquella trágica mañana de domingo y los impulsa a reconstruir un camino, juntos.

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