20 de Junio de 2014 19:00

 

El dolor de dejar casa

Por Juan Carlos Lezcano F.

Afectados por la crecida del río Paraguay, miles de personas se han visto obligadas a dejar sus casas en busca de un lugar seguro para refugiarse en la que se constituye la peor inundación de la última década.

Vista de una de las zonas inundadas del bañado.

Vista de una de las zonas inundadas del bañado. / David Quiroga, ABC Color

El agua ha ganado mucho terreno. Lo que hasta hace algunos días eran calles, ahora parecen caudalosos arroyos que se abren paso entre casas, sin respetar muralla alguna.

La imagen se repite en varios barrios periféricos de Asunción y otras zonas del Paraguay. Según estimaciones de las autoridades, unas 130.000 personas ya se habrían visto afectadas por la crecida de los ríos Paraguay y Paraná.

El río Paraguay es precisamente el que se ha encargado de inundar varios barrios de la capital. Los primeros afectados fueron los bañados, esos puntos de la ciudad a los que durante años llegaron quienes dejaban la vida en el campo para buscar oportunidades en la metrópoli.

Pero con el paso de los días, el agua sigue avanzando y casas que se encuentran a más de 20 cuadras del cauce normal del río han visto como sus habitantes se han visto desplazados en busca de algún lugar seco para resguardarse.

El agua ha avanzado tanto que pensar en avanzar más allá de algunos puntos es una cuestión casi impensable. Al menos no con un auto pequeño sin correr el riesgo de sufrir desperfectos mecánicos que paren el motor del vehículo.

De hecho, incluso los camiones de gran porte que son utilizados por las autoridades para realizar la mudanza de los afectados dudan a la hora de avanzar por temor a no poder volver a salir.

Mientras recorríamos las calles del barrio Santa Ana con un grupo de periodistas de agencias internacionales, fuimos testigos de la llegada de un camión de las Fuerzas Armadas. El vehículo sería utilizado para trasladar a los vecinos a los refugios temporales.

Apenas se percatan de su llegada, uno a uno los vecinos comienzan a salir de sus casas. Algunos empujados por la curiosidad producida por el ruido del avance del camión y otros por la esperanza de que sea la ayuda que desde hace varios días esperaban.

“¿Me podés mudar?”, le pregunta una mujer de unos 40 años al chofer, un militar; que le responde enseguida que debería hablar con el coordinador, un funcionario de la Secretaría de Emergencia Nacional (SEN), para que le explicara el procedimiento.

Al camión de la milicia le siguen otros dos, un poco más pequeños, que han sido alquilados para ayudar con la mudanza. 

Los primeros en subirse serán los que viven más al fondo, es decir los que llevan más días conviviendo con el agua en sus casas.

Un carrito tirado por un caballo y una motocarga son los valientes que se animan a avanzar pese a la altura del agua. Minutos después, regresan repletos de muebles y pertenencias que son traspasadas a los camiones. Será un trabajo de todo el día para tratar de ayudar con la mudanza de los vecinos.

Desde una vereda, una mujer observa el movimiento. Su nombre es María Elodia Mareco, de 72 años.

La mujer recuerda que lleva 30 años viviendo en el lugar y que ya tuvo que afrontar las inundaciones de 1983 y 1997. “Ahora después de 17 años el agua vuelve a alcanzar esta zona”, afirma mientras mira como los camiones se van cargando.

En aquellas oportunidades, su familia pudo moverse a una zona cercana, a una casa de alquiler. Algo que ahora ya no consigue.

“Para más no hay trabajo, tengo un hijo que no está trabajando y mi marido nomás ya es el que trabaja”, señala.

Doña María tiene un pequeño almacén pero desde que las aguas ganaron terreno, los proveedores ya no llegan hasta la zona y se hace imposible surtir el negocio.

En su casa son ocho personas y hasta el momento nadie se había acercado para preguntarles siquiera como se encontraban “No sé si es porque tengo casa de material, tengo porque luchamos, porque no queremos vivir bajo cartón”, señala.

La indignación aumenta más cuando se acuerda que vio cómo en la seccional 45 había simplemente que presentar el carnet de afiliación para recibir la tan preciada ayuda. “¿Qué tiene que ver el color en este momento?”, se pregunta.

“Sea la religión o el color que sea, acá no manda el rojo, el blanco o el azul. Acá manda esto hina”, agrega mostrando el agua que cubre gran parte de la calle.

“Lo que esperamos es que por lo menos nos den una mano”, sentencia.

Desde una gran mayoría de las casas, los vecinos comienzan a movilizarse con la intención de mudarse.

Un joven se abre paso entre las aguas mientras carga una bolsa con algunas mercaderías, un niño vestido con la camiseta del ídolo brasileño Neymar camina divertido mientras una mujer con su pequeño hijo trata de encontrar un espacio por donde avanzar.

Todos aprestan sus pertenencias y a sus familias para mudarse. O al menos casi todos.

Desde el interior de su terreno, una mujer entrada en años observa el movimiento sin demostrar la más mínima intención de imitar a sus vecinos.

Un grupo de los vecinos y funcionarios de la SEN se acercan para tratar de convencerla.

Prudencia Villar, de 82 años, vive en la zona hace casi tres décadas y ahora no está segura de irse sin contar con los recaudos necesarios.

“Yo no puedo ir entre las pandillas de la villa porque ellos son demasiados zafados”, afirma para luego ceder ante la insistencia. La mujer, con dolor, accede a ser trasladada la zona de Estados Unidos y 21 proyectadas.

En ocasiones anteriores ya se había visto forzada a dejar su casa como consecuencia de la crecida, pero ahora vive sola y no quiere irse antes de contar con la seguridad necesaria.

Estas son algunas historias de vida marcadas por la inundación más grande de los últimos años en Paraguay.

Fotos: Arcenio Acuña, Carlos Shahtebek, David Quiroga, Fernando Romero y Juan Carlos Lezcano, ABC Color.

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