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20 de Marzo de 2015 19:00

 

Una leyenda de la guitarra

Por Juan Carlos Lezcano F.

Don Efrén Echeverría, más conocido como “Kamba’i”, es una leyenda viva de la guitarra popular paraguaya. A sus 83 años, se mantiene siempre alegre a pesar de las dificultades que debe afrontar en su casa en Luque junto a su esposa, su compañera de vida.

Cuando la toma en sus manos, algo en él cambia. Tiene cierto aire solemne. La sonrisa que lo acompaña siempre se mantiene en su rostro alegre, aunque ahora parece más concentrado. La abraza firmemente mientras sus dedos se mueven sobre las cuerdas, parecen acariciarlas y como producto de esa caricia comienzan a sonar algunas notas aún dubitativas. El sonido se interrumpe abruptamente, mientras da algunas vueltas a las clavijas.

Vuelve a tocar. Ahora ya no para y lo que antes eran algunas notas sueltas se convierten en la melodía de una tradicional polca paraguaya.

Don Efrén ha tenido que afrontar un sinfín de cosas a lo largo de su vida. Incluso hoy, siendo probablemente el más grande músico de guitarra popular paraguaya, y ya avanzado en edad, tiene que soportar varias penurias junto a su esposa, “Ña Rubia”.

Llegar a su casa en el barrio Palma Loma de Luque, a unos 20 minutos del centro de Asunción, puede convertirse en una verdadera odisea. El día que fuimos a visitarlo, la calle que pasa frente a su domicilio se había convertido en un pequeño río como consecuencia de las lluvias que habían caído en las jornadas previas. El agua llega a niveles tales que puede incluso inundar el dormitorio de don Efrén. Y eso que, justamente para evitar algo así, algunas personas le habían mandado construir una nueva casa un poco más elevada que la anterior. “Un día me levanté y me encontré en medio del agua”, relata “Ña Rubia”.


Doña Magdalena, compañera de vida de don Efrén desde hace 48 años, no se separa de su marido durante ningún momento de nuestra conversación. A veces agrega detalles que a él se le escapan o se juegan bromas entre sí, siempre manteniendo el espíritu.

Don Efrén Echeverría Sosa nació el 8 de marzo de 1932 en Lima, un pequeño distrito del departamento de San Pedro fundado ya en épocas coloniales como una reducción indígena y ubicado a unos 220 kilómetros de la capital, Asunción. “Yo soy limeño, del departamento de San Pedro”, dice con cierto tono de orgullo en un fluido guaraní, idioma en el que se desarrolla gran parte de nuestra conversación. Con el paso del tiempo, se terminaría ganando el apodo de “Kamba’i”, con el que se haría conocido. Hijo de don José Bernardo Echeverría, un talabartero, y de doña Severiana Sosa, quien se dedicaba a leer las cartas. A ambos les iba bien, por lo que el dinero no solía faltarles.

Su primer encuentro con la guitarra fue a los 7 años. Un hombre había llegado a la casa con el instrumento en mano y el niño lo escuchó tocando. Le gustó tanto que decidió comenzar a practicar con la guitarra de su papá. En ocasiones salían melodías que, aunque desvencijadas, daban cuenta de un gran talento.

En una de esas, un hombre se interesó en aquel muchachito que andaba todo el día con la guitarra. “Vos vas a saber tocar muy rápido”, le dijo. El hermano menor de aquel hombre también mostraba cierto interés por la música, por lo que éste decidió armar una especie de duelo.

“Vamos a ver quién es el que sabe tocar más”, les señaló. Les mostró algunas notas de una melodía, para que ambos la imitaran. Efrén tomó la guitarra y en cuestión de minutos ya estaba ejecutando una excelente versión de la canción, con lo que terminaría ganando. “Muy rápido aprendí y ya la gané a su hermano. Eso no le gustó”, recuerda casi ocho décadas después.

- “Nde arruinado, ¿cómo te va a ganar él si vos creciste entre guitarras, todo el día escuchás y tocás?”, le cuestionó el hombre duramente a su hermano menor.

- “No puedo”, reconoció el joven. Era consciente de que no podía negar la superioridad del que lo había vencido. “Hasta ahora sigue vivo el que me enseñó; su hermano ya murió”, relata don Efrén entre sonrisas.

Pasaron los años, Efrén se convirtió en un joven que debía cumplir con el servicio militar obligatorio, luego del cual comenzaría a trabajar como funcionario de un obraje, sacando leña. En aquellos días, los niños no usaban pantalones largos sino recién cuando cumplían 15 ó 16 años; llegada esa edad, él quería tener los suyos y fue por ello que decidió ir al cuartel, que era prácticamente el único lugar en el que en aquellos días podía conseguir los pantalones largos.

Durante su primer año en el cuartel, “Kamba’i” se negó a tocar porque los cadetes más antiguos eran muy malos y los golpeaban constantemente. Ya con un poco de antigüedad, un día se animó a tocar frente a sus superiores y éstos quedaron delirando por su habilidad.

Una vez cumplido el servicio, comenzó a trabajar un tiempo en el Chaco y luego como peón en un obraje en la zona de Capiibary, el lugar que es conocido hoy como “Zuccolillo Cué”. Se dedicaba a sacar leña que luego era transportada hacia Asunción, donde era utilizada en las panaderías y para generar energía en lo que hoy es la ANDE.

Como no le pagaban más, un día decidió viajar a Asunción para reclamar lo que le debían, pero para ello debería encontrar una manera para llegar hasta la capital. Conversó con un camionero, que aceptó llevarlo.

- “Si te animás, vamos. Sobre los rollos únicamente, porque en la cabina ya no hay lugar”, le advirtió

- “Me animo”, le respondió el mozuelo.

- “Te voy a llevar hasta Ypacaraí y de ahí ya es cerca para llegar hasta Asunción”, le dijo el camionero. “Aju rollo ari (vine sobre los rollos)”, recuerda. Una vez en Ypacaraí, rápidamente consiguió alguien con quien seguir el viaje hasta la capital. Justo era alguien que conocía a su jefe.

Efrén nunca se imaginó lo que vendría a encontrar. Llegó hasta la casa de su patrón y se topó con que el mismo no tenía más nada. “Le habían embargado todo, le sacaron todas sus cosas”, manifiesta. Para aquel entonces, “Kamba’i” ya no tenía siquiera un pantalón, por lo que su jefe le dio como una especie de pago unos pantalones verde olivo y una camisa de la Policía.

“Así andaba yo, con mi camisa de Policía y mi pantalón militar. No se sabía qué carrera era la que seguía”, cuenta don Efrén entre risas. “Y ahí fue que vine a encontrarme con esa señorita”, dice con una sonrisa dibujada en su rostro y mirando a su esposa, doña Magdalena, que nos había abandonado unos minutos para atender el teléfono que sonaba insistente.

Doña Magdalena era una jovencita rubia de grandes ojos claros que había crecido en la casa de una española en el barrio Sajonia de Asunción. Aquella muchacha refinada de la capital no hablaba una sola palabra de guaraní y el mozuelo desaliñado vestido con ropas viejas de policía y militar se expresaba solo en ese idioma.

Como primera cuestión, Efrén se esforzó en cambiar su ropa. Habló con un amigo suyo, un policía que era de su “valle”, le dijo dónde habían quedado sus prendas y le preguntó si no podría pasar por allí para ayudarle. “Le dije que llegara uniformado y que dijera que estaba preso y prácticamente desnudo. Le di luego las instrucciones”, afirma. Aquel amigo cumplió con el favor que el joven músico le había pedido.

“Cambié mi pinta. Aipiroma voi pinta. Ha upepe katu, eikuaamapa hina?”, dice entre risas.

- “¿Y cómo hiciste si ella no hablaba guaraní y vos no hablabas español, don Efrén?”, le pregunto.

- “Y me esforcé, chamigo”, responde sonriente.

- “¿Usaste la guitarra?”

- “No, ella ni sabía que yo tocaba”, dice.

En ese momento, Ña Rubia interrumpe desde el interior de la habitación. “Araka’e mba’e que le iba a hacer caso a un músico ¡Bandidos son!”, dice. Las risas estallan.

Ya con el corazón de su amada conquistado, don Efrén se encontraría con una gran oportunidad para mostrar su talento. En aquellos días se realizaba el segundo festival nacional del folclore. Se animó y fue a inscribirse.

El éxito fue rotundo.

La gran cantidad de artistas inscriptos obligaba a que cada uno tuviera tiempo para presentar apenas dos o tres canciones. Pero, con él, las cosas fueron diferentes. “Gané a todos y el jurado se quedó con la boca abierta. No me iban a bajar más”, indica.

Después de aquel festival, comenzó a salir a flote. Los contratos empezaron a aparecer. En la mayoría de los casos eran los niños los que pedían por él a sus padres. Querían escuchar a aquel hombre que había creado piezas como Jagua’i Kare o Ryguasu Kokore.

Su gran talento le sirvió para viajar a ciudades como Buenos Aires, Sao Paulo, Minas Gerais y Rio Preto. “Mombyryimi aha (lejos llegué a ir)”, asegura. Su espíritu bromista termina ganándole y suelta a continuación: “Ahecha la tetyma poraimi uperupi (vi lindas piernas por ahí)”.

“Aninati”, le decimos. Su esposa no puede aguantar la risotada.

También llegó a viajar a tierras europeas, en particular a Francia. “Ahí son muy amables. Había una chica que me decía las cosas. Yo pensé que decía nomás y era en serio había sido”, manifiesta.

- “Voy a decirle a mi papá que vos te quedás conmigo”, le dijo. “Yo pensé que ni su papá ni su mamá iban a aceptar porque era muy joven y yo tenía ya 60 años”, recuerda don Efrén.

En todo ese tiempo trabajó como solista, porque está seguro de que no hay quien pueda tocar como él, a pesar de que no tuvo estudio alguno, sino que todo salió de su capacidad para crear y aprender. “Dije alguna vez: 'No ha de haber alguien que sepa tocar como yo'. Y no hay. Hasta hoy. Ni el más talentoso consigue tocar como yo”, afirma tajante.

Y eso que varios de los más grandes guitarristas de la actualidad aprendieron con él. Entre sus alumnos más destacados están Juan Cancio Barreto y varios otros que tocan muy bien.

Pero así como pasaron buenos tiempos, junto a su esposa sufrieron momentos muy duros a lo largo de los 48 años que llevan juntos. El más duro quizá fue el que tuvieron que atravesar hace ya casi diez años, cuando le tuvieron que amputar la pierna derecha.

“Firmé con lágrimas en los ojos. Firmé”, recuerda doña Magdalena sobre el momento en el que le informaron que tenían que cortar la pierna de su marido para permitir que siguiera viviendo. Apenas seis meses antes le habían puesto un bypass. El médico le advirtió que, si seguía fumando, en medio año volvería a estar en cama.

Y fue exactamente en ese mismo tiempo.

Un día, vieron cómo la pierna derecha de don Efrén se había podrido prácticamente por completo. “Me desesperé tanto”, recuerda Ña Rubia. Fue al Parlamento, golpeó cuantas puertas pudo para buscar un poco de dinero. “No había caso”, afirma.

Desesperada, llamó al ministro de Cultura y le contó su problema; él le aseguró que hablaría con el titular del Ministerio de Salud. Un poco después, el ministro de Salud se comunicó con ella. “Mañana a las 08:00 se va a buscarte la ambulancia y vamos a llevarle a Itauguá”, le dijo.

Doña Magdalena no pudo dormir nada aquella noche. Cuando llegaron a buscarle, ya tenía el bolsón preparado, así que apenas llegaron ya partieron. Esa misma tarde, don Efrén entró en coma. “Se fue ya de mí”, dice y todavía se puede notar la aflicción en su voz.

No podía ver en todo el día a su marido, solo una vez a eso de las 17:00. “Y yo sola ahí sin un peso. Imagínate na un poco mi vida. Hablaba con la pared”, relata. Fue tan fuerte el momento que doña Magdalena afirma haber visto hasta gente muerta que se acercó a hablarle. La tarde en que su marido entró en coma, quedó medio atontada después de haber llorado tanto y de la desesperación de ver que su marido no estaba bien que decidió quedarse sentada en el piso en una zona en la que no había prácticamente nadie.

Era ya casi la medianoche cuando se le acercó una enfermera, una linda enfermera.

“Abuela”, le dijo con un dulce tono de voz. “Vamos na allá donde está la gente. Acá es muy peligroso. Tu marido no se va a morir, yo le voy a cuidar”, le aseguró. Le tomó de la mano, doña Magdalena sintió una mano muy fría aunque no se asustó en ningún momento. La llevó hasta donde estaba la gente y desapareció. “Parecía un viento que se fue”, recuerda.

Hacía frío aquella noche y ella tenía apenas una frazadita para cubrirse mientras se acostaba en el suelo. Dormir era prácticamente imposible. Era cerca de la 01:00 cuando la llamaron. “Familia de Echeverría”, escuchó y sintió cómo un estremecimiento le recorría el cuerpo.

Le entregaron una receta con una larga lista de medicamentos. Y no tenía un solo guaraní con ella. Pidió a algunas personas que estaban allí que le acompañaran a la farmacia porque para llegar había que caminar bastante y la zona en la que se encuentra el Hospital Nacional de Itauguá es prácticamente desierta. Le acompañó una pareja.

Pidiendo a Dios que le acompañara, decidió tocar el timbre en una farmacia.

- “¿Usted es la esposa de don Efrén?”, le preguntó la persona que salió a atender.

- “Sí”, le respondió ella.

- “¿Trajiste su cédula?”, le volvió a preguntar. Doña Magdalena justo tenía el documento de su marido con ella. Aquella persona le abrió la farmacia y le dio todos los medicamentos que estaban en la lista. Alguien había abierto ya una cuenta a nombre de su marido sin que ella supiera.

“Quería volar de ahí para llevarle los medicamentos. Llegué y corrí. Había como cinco muertos en el pasillo, pasé casi empujando los cuerpos que estaban aún en las camillas”, recuerda.

El teléfono interrumpe su relato.

“Así era la cosa, chamigo. Yo entré en terapia y no le reconocía a nadie, ni siquiera a mi esposa. La anestesia fue la que me hizo mal, no podía reconocer a nadie y después volvía a dormir”, continúa con el relato don Efrén.

En el momento en que le informaban a su esposa que debían amputarle la pierna, él estaba despierto y escuchó cómo el médico le explicaba que si no se realizaba el procedimiento la infección podría llegar a su corazón y ello le hubiera costado la vida.

“Me preguntaron y yo les dije: ‘Saquen, no hay problema’”, afirma. De aquellos días difíciles han pasado ya casi diez años.

Don Efrén tuvo la posibilidad de enseñar a varios grandes guitarristas y lo sigue haciendo incluso hasta hoy. Sin embargo, debido a las pésimas condiciones en que se encuentra la calle que pasa frente a su casa, sus alumnos ya no pueden llegar. “Chamigo, lastimosamente, porque me ayuda mucho. Por más que cobre poco, igual me ayuda mucho porque aunque sea para poder comprar yerba y leche. Enseño mensualmente y por clases. Ahora no hay alumnos que vengan. Hasy, chamigo”, cuenta.

Además de Juan Cancio Barreto, entre sus alumnos destacados está el exdiputado Ismael Echagüe, quien -según don Efrén- toca muy bien. “Medio que le tenía miedo ya de que me alcance, pero no va a poder había sido alcanzarme. Hasta ahora le sigo enseñando”, asegura. Barreto, en cambio, hace ya un tiempo que no lo visita, afirma “Kamba’i”.

Recordó que apenas unos días antes le había pedido que le enseñe una música que le había escuchado tocar y él hizo como si no recordara el nombre. Buscó, insistió y finalmente llegó ya con el nombre de la música: “Don Malvido”. “Esas son canciones de antes, que ya no se tocan. Son antiquísimas. El finado (Cayo) Sila Godoy podría ser que tocara”, afirma don Efrén.

Justamente, con el gran maestro Sila Godoy le cupo la posibilidad de grabar un disco hace varios años porque él se lo había pedido como para tener por lo menos de recuerdo. No entraron todas las que grabaron, apenas dos: Ma’amópa reho Josefa y Karretaguy. También tocó con otros grandes folcloristas paraguayos como Enrique Samaniego y Alejandro Villamayor.

Berta Rojas, considerada la heredera del legado de Agustín Pío Barrios, “Mangoré”, también lo visitó varias veces con la intención de aprender a tocar como él. “No voy a saber tocar había sido, don Efrén”, le dijo alguna vez. “Ella sabe tocar y vino como para aprender un poco de mi música. No hay forma. No hay maestro en ella. Eso solo yo hice, son solo mis ideas”, acota don Efrén.

“No escuché ni vi alguien que tocaba alguien así”, agrega.

También otra gran guitarrista como Luz María Bobadilla lo visitó para pedirle ayuda con una música que había compuesto su padre. Llevaba seis meses intentando aprenderla y a don Efrén le bastaron menos de diez minutos para sacarla.

- “Ajá ipora la ñande música, don Efrén?”, le pregunto.

- “Ipora, chamigo, a la pinta”, contesta sin perder el buen humor que lo que caracteriza.

Aunque en un momento de la conversación reconoce lo complicado de su situación. “No sé qué es lo que va a pasar, es jodido”, apostilla.

Pide que se vea la posibilidad de aumentar un poco el sueldo que recibe porque tiene remedios muy costosos que comprar no solo para él sino también para su esposa, que sufre de osteoporosis.

Desde su punto de vista, hay mucha gente que lo valora y asegura que eso puede ver en quienes se acercan a ayudarle de vez en cuando. De hecho, mientras conversamos, un grupo de albañiles trabaja en la muralla de su casa para ver si pueden encontrar alguna manera de evitar que el agua vuelva a inundar su domicilio.

“Los que no creía que iban a venir vinieron y los que esperaba que vinieran no vinieron”, cuenta sobre las visitas que recibió el día de su cumpleaños número 83.

Don Efrén Echeverría, el querido “Kamba’i”, es sin dudas una leyenda viva de la guitarra y del folclore paraguayo. Aun así, como le pasa a tantos grandes artistas hijos de esta tierra, sigue pasando por enormes penurias incluso a sus 83 años aunque eso no le quita su carisma, así como tampoco el paso de los años ha afectado su talento. Tesoros como él deberían ser mucho más valorados.

Mientras termina la conversación, sus dedos comienzan a moverse hábiles sobre las cuerdas. Quedamos en silencio mientras las cuerdas responden las caricias de don Efrén con una hermosa melodía. Privilegio enorme escuchar tocar a una leyenda.

juan.lezcano@abc.com.py - @juankilezcano

Fotos: Arcenio Acuña, ABC Color.

 
 

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  • En un pais serio, no en el pais de magdaleno portillo, jaeggli, cale galaverna, carlos portillo, perla vazquez, y otros proceres, don EFREN ECHEVERRIA, hubiese vivido no precisamente como un rey, porque ese no es su estilo de vida, pero si DIGNIFICADO POR SU PATRIA, POR SU PAIS, POR SU PUEBLO. Pero no. Le toco la desgracia de vivir en el paraguay corrupto, en el paraguay del pokare, en el paraguay ladron, en el paraguay donde la CULTURA no significa nada. Mangore dio la muestra. No quiso volver mas al paraguay. El jugador de futbol barreto, le dijo no a paraguay. Algo habra. La maldicion del cual hablaba Roa Bastos.

    pepegrillo 21 Marzo 2015, 12:46:18 

 

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