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17 de Mayo de 2018 09:15

 

Privación y despilfarro: la paradoja del Ramadán

Por EFE

RABAT. El mes de Ramadán, que comienza hoy en casi todo el mundo musulmán, es un mes de piedad y privación, pero paradójicamente supone un aumento exponencial de numerosos productos de consumo, alimenticios pero también vestimentarios y hasta decorativos.

Mucho se ha escrito sobre la paradoja, o incoherencia, de que en el mes de ayuno se coma más que nunca, y los teólogos musulmanes se encargan de recordar que el espíritu de Ramadán consiste en someter los apetitos y conformarse con comidas frugales y no con banquetes.

Recientemente, el organismo estadístico marroquí Alto Comisariado del Plan realizó un estudio sobre el gasto alimenticio en Ramadán y concluyó lo que todo el mundo sospechaba: que en el mes de ayuno el consumo de alimentos se dispara: concretamente, crece un 37% con respecto a un mes normal. De entre los alimentos cuyo consumo más crece en Marruecos estaban la fruta (+163%), la leche y sus derivados (+47%), la carne (+35%) y los cereales (+35%).

Parecidos porcentajes pueden suponerse en todos los países musulmanes. Las mesas familiares a la hora del “iftar” (la comida que pone fin al ayuno) consisten en una sucesión de sopas, tortas, huevos, leche y dátiles para la ruptura, seguida un par de horas más tarde por un guiso de carne o pescado, todo regado con leche, zumos o gaseosas y terminando con frutas y pasteles llenos de azúcar, mantequilla y miel.

Es tal la compra y acumulación de comida en las mesas de Ramadán que la Universidad de Al Azhar de Egipto, la más prestigiosa del mundo suní, ha lanzado la pasada semana una campaña llamada “La tusrifu” (No derrochéis) en la que se llama a la mesura echando mano de una aleya coránica que dice: “Comed y bebed, pero no cometáis excesos, pues Él no ama a los desmesurados”.

Conscientes de la aceleración del consumo en Ramadán, los supermercados sacan a lugares preferentes grandes sacas de harina y cubos de miel al por mayor, además de montañas de dátiles y de pasteles rebosantes de almíbar, reservando sus mejores ofertas para el mes sagrado.

En la medina de Rabat, largas filas de mujeres se colocan por las tardes, poco antes de la caída del sol, momento de ruptura del ayuno, y preparan distintos tipos de tortas -llamadas “mlawis”, “baghrir” o “rghaif”- para que los ayunantes se las lleven calientes a sus casas.

Es ese momento, el previo al ocaso, cuando las tiendas de alimentos, formales o informales, viven un auténtico frenesí de compradores. Pero el consumo no termina solo en los alimentos: están luego los comerciantes de los considerados “productos religiosos”: coranes de todos los tamaños, alfombras individuales de rezo, rosarios islámicos, incensarios o grabados de La Meca.

Porque el Ramadán es también el mes de la piedad, y son muchos los que “vuelven” a la religión en este mes considerado más sagrado que los demás. “Estos productos (religiosos) los vendemos todo el año, pero claro, en ramadán la cosa se dispara. Los primeros diez días cerramos a las 10 de la noche, luego vamos ampliando el horario ante la cantidad de clientes y en los últimos días del mes sencillamente estamos toda la noche abiertos ante la afluencia de gente”, comenta Nuredín, gerente de una conocida tienda de Rabat de accesorios islámicos.

Están luego las tiendas de ropa, pero no de cualquier vestimenta, sino de “ropa tradicional”, como chilabas, gandoras, zaragüelles, gorritos blancos o babuchas. “Hay mucha mayor demanda de ropa tradicional que en el resto del año”, comenta la diseñadora Samira Haduchi, quien recuerda que muchas personas eligen precisamente como regalos de Ramadán conjuntos de ropa tradicional, especialmente para los niños.

Y es que el Ramadán supone para muchos musulmanes un regreso a las raíces, lo que explica que en las calles sean más visibles las chilabas y las túnicas entre personas que en el resto del año optan por indumentarias más occidentales. 

 
 

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