Cerebro y desarrollo social

por
J. Montero Tirado
 
ABC Digital
¿Cómo ha sido posible que el ser humano haya prevalecido sobre los demás mamíferos terrestres, mucho más fuertes y equipados para la supervivencia y la defensa que los primeros “homo sapiens”? ¿Cómo los seres humanos hemos llegado a ser los dueños indiscutibles de la Tierra? O como dicen Vanessa Woods y Brian Hare: “¿Cómo se bajó de los árboles el homo sapiens y por qué nadie lo imitó?”.   

 Sabíamos que el genoma del chimpancé solo se diferencia del genoma humano en un cinco por ciento. Nuevas investigaciones, con el simio bonobo llamado Mikeno en el Congo, han demostrado que “los bonobos comparten con nosotros más ADN (98,7%) que con los gorilas”. “La pregunta es –continúan diciendo estos investigadores– ¿de los tres mil millones de nucleótidos del genoma de Mikeno, cuáles configuran el 1,3% responsable de que sea un bonobo y no un humano?” (ver en Max Brockman, 2010. 193).   
La primera respuesta está en la originalidad y el desarrollo del cerebro humano. El cerebro humano adulto, compuesto de cien mil millones de neuronas, cada una de ellas en comunicación con una media de otras mil neuronas docenas de veces por segundo, es el objeto conocido más complejo del universo.   

El cerebro humano no está en contacto directo con el entorno, está encerrado en el cráneo y por medio de los sentidos recibe la información física del entorno (fotones, ondas vibratorias) que desencadena una actividad electroquímica de sus neuronas y es capaz de transformar dicha actividad en acciones físicas tan extraordinarias y valiosas como el movimiento, el habla y la fabricación de herramientas, con lo cual hemos podido dominar nuestro entorno.   

La mente es el sistema con el que el cerebro humano parece tener la exclusiva de generar lenguaje, razonamiento y pensamiento social.   

Las nuevas tecnologías de investigación con que cuentan los neurólogos, tales como la tomografía por emisión de positrones (PET) o la resonancia magnética funcional (IRMf) o la espectroscopia casi infrarroja (NIRS) han posibilitado nuevos conocimientos de la mente humana a través de la imagen, llegando a la conclusión del valor central del “pensamiento social”, lo que le ha llevado a Jason P. Mitchell a decir que “la innovación más contundente introducida con la aparición de nuestra especie (la especie humana) no es la destreza de nuestras mentes individuales sino la capacidad de aunar los distintos individuos. En efecto, la escala y complejidad de la conducta humana –incluido nuestro actual dominio del mundo– se asienta en gran medida en mecanismos que nos permiten coordinar grandes grupos de personas para alcanzar metas a las que los individuos solos no podrían llegar”. Y a continuación Jason P.Mitchell pone como ejemplo la cantidad de personas necesarias y la necesidad de coordinarlas trabajando todas juntas para un objetivo común, como puede ser para diseñar, construir y manejar un avión o gobernar un país para el bien común.   

La novedad del cerebro humano no está solamente en la capacidad social, que también se da entre las hormigas y las abejas, está específicamente en la capacidad de trascendencia, de trascenderse a sí mismo hacia los otros, por dinamismos superiores de la mente, como la libertad y el amor por encima del instinto, y además por la posibilidad de la vivencia y proyección espiritual que le posibilita trascenderse a sí mismo y a los demás a la vez que puede trascender el tiempo y el espacio. Los animales no hacen sociología, ni historia ni teología.   

La neurociencia social nos dice que para desarrollar el pensamiento social y lograr metas colectivas, nuestro cerebro tiene que conseguir dos capacidades: primero, la de saber comprender las mentes de los otros, saber ser “lectores de mentes”; y segundo, contar con herramientas mentales para poder influir en lo que los otros piensan y sienten.   

A la luz de todos estos datos tiene plenitud de sentido preguntarnos ¿por qué los paraguayos no logramos desarrollar la dimensión social de nuestro cerebro? ¿Por qué no logramos aunar y coordinar voluntades y conductas para los grandes objetivos comunes de justicia, equidad, desarrollo social, económico, científico y espiritual? ¿Por qué no logramos coordinar voluntades y conductas para desarrollar el bien común?   

Las respuestas corresponden a muchos, ciertamente a los políticos y a los educadores.
18 de Julio de 2010 19:50


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