LA CANASTA MECANICA
Vibraciones
Algo me produjo la desagradable musiquita del supermercado porque empecé a descomponerme. Pudo SER el tema de Arjona o el de Julio Iglesias.
No sé. Siempre me pregunto por qué carancho los supermercados ponen esas músicas funcionales con las que nos castigan casi tanto como con los precios de los productos de sus góndolas.
La cosa es que salí corriendo en busca de un médico cercano. Fui a uno que me recomendaron, y el galeno se portó de lo mejor. Superatento me revisó los ojos, los oídos, la lengua, la garganta; me tomó la presión y auscultó el corazoncito mío que latía descontrolado como un caballo desbocado. Enseguida me repuse porque en el aire del consultorio sonaba una sinfonía de Beethoven, desde la FM Concert, 107.7. Lo confirmaba la voz de Oscar Bouvée, que vindicaba a la gran selecta minoría de oyentes.
De regreso a casa traté de recordar si el médico me había diagnosticado una posible hipoglucemia, o tal vez dijo lipotimia, o ciclotimia… bueno más bien parece alzhéimer. También me dije que no tengo por qué hacerme la delicada con canciones que pueden gustar a otra gente, porque somos como cajas de resonancia de diferentes emociones, sentimientos, sonidos.
No es lo mismo la maravillosa caja de resonancia de un charango, que la compleja estructura de un piano de cola, cuyo teclado percute las cuerdas de acero con macillos forrados de fieltro produciendo el sonido, y las vibraciones se transmiten a través de los puentes a la tabla armónica, que los amplifica. No crea que yo sabía todo esto de memoria, lo consulté en la Wikipedia.
Se sabe que la música favorece la apertura de canales por los que fluyen nuestras emociones. Algunas composiciones musicales despiertan nuestros centros energéticos –los llamados chakras de la tradición hindú. En cambio hay sonidos que los bloquean y modifican las actitudes, trastornando la conducta.
Las diferentes músicas hacen resonar diferentes zonas de nuestro cuerpo y de nuestra mente, en distintos niveles. Fuimos concebidos para vibrar. Oímos, captamos y procesamos sonidos, no sólo a través del oído y del sistema neurocerebral, sino también por medio de una serie de receptores repartidos por todo el cuerpo. Nosotros mismos emitimos sonidos; somos música a través de la voz, de la respiración, del pulso del corazón. Para conocer nuestro sonido personal, tendríamos que comportarnos como los acustikoi, de la escuela de Pitágoras.
Volver a aprender a escuchar y a escucharnos para poder entender y así eliminar los ruidos no armónicos. Aprender a silenciar nuestro guarara mental. Y sobre todo, no aumentar la contaminación con más densa carga vibratoria, que la que existe ya es demasiado.
La cosa es que salí corriendo en busca de un médico cercano. Fui a uno que me recomendaron, y el galeno se portó de lo mejor. Superatento me revisó los ojos, los oídos, la lengua, la garganta; me tomó la presión y auscultó el corazoncito mío que latía descontrolado como un caballo desbocado. Enseguida me repuse porque en el aire del consultorio sonaba una sinfonía de Beethoven, desde la FM Concert, 107.7. Lo confirmaba la voz de Oscar Bouvée, que vindicaba a la gran selecta minoría de oyentes.
De regreso a casa traté de recordar si el médico me había diagnosticado una posible hipoglucemia, o tal vez dijo lipotimia, o ciclotimia… bueno más bien parece alzhéimer. También me dije que no tengo por qué hacerme la delicada con canciones que pueden gustar a otra gente, porque somos como cajas de resonancia de diferentes emociones, sentimientos, sonidos.
No es lo mismo la maravillosa caja de resonancia de un charango, que la compleja estructura de un piano de cola, cuyo teclado percute las cuerdas de acero con macillos forrados de fieltro produciendo el sonido, y las vibraciones se transmiten a través de los puentes a la tabla armónica, que los amplifica. No crea que yo sabía todo esto de memoria, lo consulté en la Wikipedia.
Se sabe que la música favorece la apertura de canales por los que fluyen nuestras emociones. Algunas composiciones musicales despiertan nuestros centros energéticos –los llamados chakras de la tradición hindú. En cambio hay sonidos que los bloquean y modifican las actitudes, trastornando la conducta.
Las diferentes músicas hacen resonar diferentes zonas de nuestro cuerpo y de nuestra mente, en distintos niveles. Fuimos concebidos para vibrar. Oímos, captamos y procesamos sonidos, no sólo a través del oído y del sistema neurocerebral, sino también por medio de una serie de receptores repartidos por todo el cuerpo. Nosotros mismos emitimos sonidos; somos música a través de la voz, de la respiración, del pulso del corazón. Para conocer nuestro sonido personal, tendríamos que comportarnos como los acustikoi, de la escuela de Pitágoras.
Volver a aprender a escuchar y a escucharnos para poder entender y así eliminar los ruidos no armónicos. Aprender a silenciar nuestro guarara mental. Y sobre todo, no aumentar la contaminación con más densa carga vibratoria, que la que existe ya es demasiado.
12 de Marzo de 2010 09:03
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