No es la forma

Es cierto que el nuevo precio del pasaje, 2.400 guaraníes, es un verdadero robo a la ciudadanía si vamos a tener en cuenta el pésimo servicio que brindan la mayoría de las empresas de transporte público.

Es cierto que a diario los pasajeros tenemos que sufrir inmerecida e innecesariamente al abordar ómnibus chatarras, descuidados y sucios.

También es cierto que muchos choferes arriesgan nuestras vidas con alocadas carreras impulsadas por el deseo de llegar antes que otros buses, aunque motivadas por las presiones de los empresarios.

Asimismo, es más que cierto que los transportistas casi nunca se esmeran por mejorar las condiciones de sus vehículos y que solo buscan lucrar a costillas de la gente humilde y trabajadora.

Pero ni si tendríamos que enumerar todos los argumentos válidos e irrefutables con que cuenta la ciudadanía para protestar contra la suba del precio del pasaje, no me parece correcta la forma en que un sector de la sociedad ejerce su derecho a reclamar.

Las marchas y manifestaciones son completamente aceptables y entendibles.

Pero interceptar buses, romper ventanillas, pintar con aerosol improvisados mensajes de repudio por murallas de propiedades privadas y que además sean groserías. Creo que antes que ser formas de expresión, son simples actos de vandalismo.

Por ejemplo, se imaginan cómo se sentiría Juan Pérez, un guardia de seguridad que tiene que estar parado todo el día en el sol y por un salario irrisorio, si es que el colectivo que lo debería llevar a su casa del fondo de J. Augusto Saldivar fuera retenido por manifestantes en el microcentro de Asunción.

Cómo se sentiría la empleada doméstica Ana González dentro de ese mismo colectivo retenido, si es que sabe que se le hace tarde para retirar de la casa de su vecina a su pequeño hijo, antes de llegar a su vivienda de Capiatá.

Qué tipo de iracunda reacción podría tener el conductor de ese micro al ver que el parabrisas y algunas ventanillas son quebrados a pedradas por los “manifestantes”.

Considero que la ciudadanía debe hacerse sentir, reclamar y exigir, pero también considero que hay muchas otras formas de canalizar este tipo de quejas y no atropellando cercos policiales y bloqueando las calles por donde solamente transitan personas comunes y trabajadoras.

El último incidente frente a la residencia particular de Horacio Cartes, sobre la avenida España, donde fueron pintarrajeada la muralla y destrozados algunos carteles, tampoco debería ser motivo de orgullo.

Cartes, le guste o no a un sector de la sociedad, es el presidente de la República y su investidura se merece cierto respeto de todos los paraguayos, que al fin y al cabo fuimos los que lo proclamamos en las elecciones generales pasadas. Y conste que no soy colorado, ni defiendo a los izquierdistas y derechistas, sino que simplemente soy un habitante de este maravilloso país.

Si los jóvenes canalizáramos correctamente nuestra asombrosa capacidad de convocatoria, nuestra dinámica reacción ante injusticias, nuestra rabia contra la corrupción, estoy seguro que sí podríamos llevar a cabo un profundo cambio.

Pero si seguimos perpetrando actos de vandalismo contra inocentes, contra humildes trabajadores tan decepcionados como todos, creo que vamos a seguir en la misma senda.

Creo que vamos a seguir siendo burlados por los políticos y empresarios, porque el cambio no se construye con este tipo de acciones.