Berizzo, nunca jugamos de igual a igual

Perder con Brasil está en los planes. Y con este Brasil, ni dudar. Pero independientemente a la jerarquía o la calidad, Paraguay no fue rival, no estuvo nunca a la altura. El responsable, en este caso, es Eduardo Berizzo. Rescatar la actitud y el amor propio es la excusa predeterminada con el fin ocultar un vergonzoso rendimiento, que ingresó al estado del desconcierto y desorden. Un ejemplo, Junior Alonso de volante central.

Todo gol prematuro claro que modifica el plan original, pero el entrenador demostró no tener uno alternativo. O no tener capacidad para ejecutarlo. El 1-0 advertía una goleada. Cada avance era sinónimo de gol. Sin embargo, Neymar y compañía frenaron el ritmo y jugaron con la ventaja. En ese momento, Brasil presionó a los volantes, tomó a Rojas y a Arzamendia, y cada pase hacia atrás, a los defensores o el arquero, no fue por gusto, sino que por necesidad, por obligación o por temor.

No había línea de toque ascendente y aunque Almirón o Romero generaban márgenes, estaban sin respaldos para la descarga o superados para la aventura individual. Entonces, Berizzo volvió a tener un equipo que exprimió a los dos de arriba. Dependía de algún ingenio, que poco productivo fue por la inferioridad numérica en cada choque contra una defensa siempre ordenada con los laterales en sintonía con los centrales.

Paraguay nunca jugó de igual a igual, como expresó el técnico. No tiene ni la forma ni la convicción para hacerlo. Si emparejó el trámite fue porque Brasil desaceleró y, en el segundo tiempo, Junior Alonso cumplió con un rol personal sobre Neymar. Pero en un momento clave, cuando Tité comenzó a fortalecer el mediocampo para resguardar la ventaja, Berizzo perdió el control del partido. Quizás, a cauda de la ansiedad. Despobló el centro e improvisó con un central de mediocampista y partió al equipo. Alonso trató de cumplir, pero en el intento, liberó a Neymar y este reapareció para que en el tramo final, la Canarinha retome la iniciativa con el oficio ofensivo. Así, con este escenario, Ney hace lo que quiere, como quiere y cuando quiere.

La distancia entre una selección y otra es abismal, que Casemiro, con una capacidad posicional maravillosa, jugó al trote todo el tiempo. Lo que quiere Berizzo, lo que expresa en cada conferencia, está muy lejos de lo que muestra. Ni orilla. También, choca con la incapacidad natural del paraguayo a disponer de la pelota. Falencias que viajan de generación en generación y sumada a la nula ambición de jugar con más de un delantero, la selección no tiene vida, alma, ni futuro.

Y no quiero olvidar a la referencia histórica del fútbol paraguayo: el juego aéreo. Ningún buen centro en noventa minutos.

@DarioIbarra01