Es hora de que los jóvenes demuestren su fuerza

El 30 de abril de 2023 los paraguayos elegirán a su próximo presidente (o presidenta) de la República, además de otras autoridades nacionales y departamentales. Como cada cinco años, el acto eleccionario abre las puertas a la esperanza de que algo pueda cambiar, y de que esta vez –por fin– la ciudadanía vote a conciencia, ejerza su responsabilidad y elija a los más idóneos para conducir el país. Son expectativas repetidas, tantas veces defraudadas, que cuesta creer en que el cambio es posible. Pero los optimistas tienen en cuenta un ingrediente extra: en esta ocasión la mayoría de los electores inscriptos por el TSJE son jóvenes cuyas edades oscilan entre los 19 y 39 años. Se trata concretamente del 51% del padrón.

El 30 de abril de 2023, de 07:00 a 16:00, los paraguayos elegirán a su próximo presidente (o presidenta) de la República, vicepresidente, senadores, diputados; gobernadores y concejales departamentales. Como cada cinco años, el acto eleccionario abre las puertas a la esperanza de que algo pueda cambiar, de que la situación mejore, y de que esta vez –por fin– la ciudadanía vote a conciencia, ejerza su responsabilidad, analice propuestas y elija a los más idóneos para conducir los destinos de la patria.

Son expectativas repetidas, tantas veces defraudadas, que cuesta creer en que el cambio es posible. Pero para las próximas elecciones, los optimistas tienen en cuenta un ingrediente extra: la mayoría de los electores inscriptos por el Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE) son jóvenes cuyas edades oscilan entre los 19 y 39 años. Se trata concretamente del 51% del padrón y son casi 2 millones y medio de personas.

Para analizar las implicancias de esta nueva realidad, es importante tener en cuenta varias cuestiones. En primer lugar, hay que considerar que la mayoría de estas personas no se inscribió en el padrón electoral por propia voluntad, sino que fueron inscriptas automáticamente al adquirir la mayoría de edad.

Luis Alberto Mauro, asesor del Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE), dijo al respecto en una entrevista con ABC Cardinal: “Hay que hacer una gran campaña, porque no votan (los jóvenes). La participación es muy baja. Normalmente es el sector que menos vota. Desde 2012, que se instauró la inscripción automática, ingresaron al padrón 990.000 jóvenes y sin embargo no votan” (las negritas son nuestras), dijo.

Por lo tanto, que estén inscriptos no significa que vayan a votar. Es aquí que entra a tallar la importancia de que en los colegios, las universidades, las iglesias, los clubes de barrio y las redes sociales se hable y cree conciencia acerca de la responsabilidad individual que recae sobre cada ciudadano y cómo la suma de voluntades puede cambiar el curso de una nación.

Según se ha analizado, esa no participación se da en parte por el fenómeno de la migración interna, de jóvenes que dejan sus pueblos y ciudades en busca de posibilidades de estudio y trabajo. Cuando llega el día de sufragar ya no viven donde están inscriptos, y el desinterés o las restricciones de tiempo y económicas pueden más que el deseo de votar. A estas alturas del proceso, la posibilidad de hacer un cambio de lugar de votación para las elecciones del 2023 ya están cerradas.

Lo que no se puede ignorar es que muchos jóvenes no votan sencillamente porque no les interesa, porque descreen de todo y sobre todo de los políticos y porque no ven la relación entre su voto y su futuro. Es a este grupo al que deben apuntar las campañas de concientización, para demostrarles que todo estará perdido solamente si ellos se entregan y resignan su derecho.

¿Qué significa que exista una fuerza electoral joven tan grande y qué implicancias puede tener? La mayoría de estas personas nacieron y crecieron en democracia y quienes no, sin duda se educaron ya durante el periodo posderrocamiento de la dictadura de Alfredo Stroessner. Sabemos que los resabios de esta dictadura aún permanecen y han marcado a fuego a sucesivas generaciones. Pero han pasado décadas y muchas cosas han cambiado, para mejor en lo que a libertad y respeto a los derechos humanos atañe.

Hay una gran esperanza en que la fuerza joven sea el verdadero motor de cambio. Puede considerarse esta una frase hecha, un lugar común. Pero es una gran verdad. Con la adultez llega también una especie de resignación, un amoldamiento al statu quo y conservadurismo impropio de la rebeldía juvenil, tan necesaria para movilizar hacia adelante a la sociedad.

No es necesariamente cierto que no haya oferta electoral. Si bien los candidatos a ocupar los cargos de poder pueden no ser los ideales o los mejores, a esta altura se perfilan al menos diez precandidaturas al cargo de presidente. Solo tres son del partido de Gobierno, la Asociación Nacional Republicana (ANR). El resto pertenece a la oposición y entre esas siete hay tres mujeres: la exministra Soledad Núñez, y las actuales legisladoras Esperanza Martínez (Frente Guasu) y Kattya González (Encuentro Nacional). Es un número récord de candidaturas femeninas en la historia nacional y demuestra también que hay una evolución.

Para las gobernaciones, las juntas departamentales y las cámaras de Senadores y Diputados comienzan a dibujarse candidaturas interesantes y también hay mucho escombro, figuritas repetidas, con antecedentes de corrupción o presuntamente vinculadas al narcotráfico y el lavado de dinero.

Como nunca, el Paraguay cuenta con que la gran fuerza joven será decisiva y tendrá el poder de separar la paja del trigo. Sus integrantes tienen un gran poder y es clave para el futuro que lo ejerzan, en primer lugar, y que lo hagan a conciencia, con responsabilidad y una mirada nueva e inteligente que los distinga y aleje del clientelismo que tanto daño ya ha causado a nuestro país.

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