Festín de políticos y parientes en los consulados

El actual Gobierno mantiene el “nuevo rumbo” fijado por el anterior en lo que a nombramientos respecta. El amiguismo, el carnet partidario y el nepotismo siguen primando sobre la ley, así como sobre los méritos y aptitudes de los designados para ocupar puestos significativos. Estos aberrantes criterios tienen en común el afán de retribuir favores políticos. Pese a experiencias negativas que ya registró el actual Gobierno en este aspecto, los nombramientos desatinados no paran sino que tienen una clara continuidad, y las cosas empeoran en lo que respecta a la función consular, en especial. Es evidente así que al Gobierno, y en particular a la Cancillería, les tiene sin cuidado lo que disponga la ley y que quienes ocupen un cargo público en representación del país sean personas que hayan acreditado su solvencia moral e intelectual. El servicio exterior no debe ser una oficina de colocaciones para los allegados del Presidente de la República y su cohorte. El Jefe de Estado debe recordar que, al final de su mandato, su gestión será juzgada en gran medida por la que desempeñaron aquellos a quienes él designó.

El actual Gobierno mantiene el “nuevo rumbo” fijado por el anterior en lo que a nombramientos respecta. El amiguismo, el carnet partidario y el nepotismo siguen primando sobre la ley, así como sobre los méritos y aptitudes de los designados para ocupar puestos significativos. Esos aberrantes criterios tienen en común el afán de retribuir favores políticos, aunque en algún caso, como en el de Ángel Aquino Etcheverry, miembro del Consejo de Administración de Itaipú Binacional desde el 9 de enero último, lo esencial parece haber sido su condición de abogado particular del Presidente de la República.

Huelga apuntar que la elección hecha desde supuestos irracionales, en cuanto a la eficiencia y la dignidad en el ejercicio del cargo, puede resultar bochornosa, como lo demostró el exdirector nacional de Migraciones Julián Vega, durante su visita oficial a Taiwán, donde fue acusado de acoso por una funcionaria local. Siendo así, no debería sorprender a nadie que también quien usurpó la presidencia del Senado, Julio César Velázquez, y el afortunado exintendente y exgobernador Ricardo Núñez –integrante del repudiado “clan Núñez” de Villa Hayes–, miembros respectivos del Consejo de Administración del IPS y de la Comisión Nacional de Juegos de Azar (Conajzar), terminen envueltos en alguna trapisonda, atendiendo que no fueron designados por sus méritos sino por influencias propias o de sus padrinos. En el mismo plano también están los directores de las entidades binacionales, José Alberto Alderete y Nicanor Duarte Frutos.

En todos estos casos, el jefe del Poder Ejecutivo deberá asumir la misma responsabilidad política que ya tiene por el reciente despropósito de Karina Gómez, la renunciante titular de Senabico. Se trata de un serio desgaste de su figura como Presidente de los paraguayos.

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Pese a estas experiencias negativas, los nombramientos desatinados no paran sino que tienen una clara continuidad gubernativa, y las cosas empeoran en lo que respecta a la función consular, en especial. En efecto, si Horacio Cartes nombró para esos cargos a Wilson Osorio y a Hugo Bogado, hermanos de los senadores colorados Derlis Osorio y Víctor Bogado, respectivamente, Mario Abdo Benítez designó hasta ahora a los cónsules Arturo Urbieta (Ponta Porã), Héctor Figueredo (Buenos Aires) y Magno Álvarez (Puerto Iguazú). Además, destinó a oficinas consulares a Leila Afara (Miami) y a Carolina D’Ecclesiis (Río de Janeiro). Todos ellos son políticos o familiares de personas bien ubicadas en el engranaje gubernamental, y más aún, en el movimiento “Añetete” del primer mandatario, como el senador Juan Afara (padre de Leila) y el diputado Freddy D’Ecclessis (padre de Carolina).

Salta así a la vista que no fueron designados por su idoneidad sino por el repudiable método de su militancia partidaria o su parentesco cercano con políticos afines al Jefe de Estado. Sus entrevistas de prensa revelaron que Urbieta –exintendente de Horqueta– ignoraba por completo lo que tenía que hacer en el cargo. El seccionalero carapegüeño Figueredo confesó sin tapujos que no tenía la menor idea de los deberes de un cónsul general y que, en realidad, había esperado otro cargo, como una suerte de indemnización ¡por haber sido derrotado como precandidato a gobernador! Es probable que Álvarez, al menos, sepa cuáles son sus funciones, ya que fue cónsul en Puerto Iguazú hasta 2016, año en que fue destituido por aspirar a la precandidatura a gobernador del Alto Paraná por el “cartismo”, razón por la cual se volvió “añetete”. Se revela así un repugnante pago de favores políticos.

Por cierto, la confirmación en el cargo de Jorge Coscia, que solía abandonar el consulado en Foz de Yguazú para bregar por el cartismo en las elecciones internas, vuelve a mostrar que una deserción oportuna, como la de su amiga, la senadora colorada Lilian Samaniego, tiene un buen premio. Y si no, que lo diga el presidente de la Cámara Baja, el colorado “añetete” Miguel Cuevas, quien hasta hoy habría colocado en la plantilla a unos 300 apadrinados, sin concurso público de oposición, en señal de agradecimiento por la confianza en él depositada.

Es evidente así que al Gobierno, y en particular a la Cancillería, les tiene sin cuidado lo que disponga la ley y que quienes ocupen un cargo público en representación del país sean personas que hayan acreditado su solvencia moral e intelectual. El servicio exterior no debe ser una oficina de colocaciones para los allegados del Presidente de la República y su cohorte. El canciller Luis Castiglioni se está prestando a degradarlo aún más, siempre en perjuicio del país y, en especial, de los funcionarios pertenecientes al escalafón, desplazados por arribistas incompetentes. Si alguna vez el Paraguay tuvo como cónsules a José Martí (Nueva York) y a Rubén Darío (París), hoy tiene a personajes de medio pelo de los que, con toda certeza, no habrán de enorgullecerse quienes les pagan el salario. Es deplorable que el jefe del Poder Ejecutivo no promueva la meritocracia, sino el habitual “enchufismo”. Debería saber que así no se forja un país mejor. Lo que se hace es cimentar una práctica aberrante que beneficia a los ineptos en detrimento de todos. Ofrece también así un tétrico panorama para los jóvenes que quieran formarse para servir al país, pues los mismos pensarán: para qué quemarnos las pestañas estudiando, en vez de elegir el caballo político mejor posicionado para cabalgar.

Si Horacio Cartes prometió –falsamente– que iba a gobernar con una “selección nacional”, Mario Abdo Benítez anunció que lo haría con “los mejores colorados”. Aunque es deplorable que se limite así a sus correligionarios a la hora de elegir a sus colaboradores, su decisión no habría sido tan censurable si, al menos, hubiera atendido a la calidad de los elegidos. Suponiendo que no haya mentido, cabría inferir que la ANR no está muy bien dotada de miembros capaces y honestos que puedan ayudarle a hacer un buen Gobierno. Salvo, desde luego, que él mismo no esté en condiciones de evaluar qué tan calificados son aquellos con los que podría contar para que a sus compatriotas les vaya mejor.

El Jefe de Estado debe recordar que, al final de su mandato, su gestión será juzgada en gran medida por la que desempeñaron aquellos a quienes él designó. Como no se está destacando por sus aciertos en esta materia, es de esperar que recapacite si le interesa entrar en la historia como un buen presidente de la República, o prefiere formar parte de la galería de los inútiles y corruptos que le precedieron.

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