Una semana especial para recuperar virtudes perdidas

Hoy se celebra una de las fiestas cristianas con significación muy especial, por cuanto recuerda la institución de la Eucaristía, acto litúrgico dotado de gran simbolismo y que, por lo mismo, persiste inamovible en el culto hasta nuestros días. En la época actual, las confesiones cristianas deberían trabajar con intensidad para lograr mayor capacidad de influir éticamente sobre la sociedad y sobre sus conductores. Sin embargo, duele reconocer que, en este punto, fracasan ostensiblemente. Las enormes incoherencias que cada día muestran muchos que se proclaman cristianos y su contumacia en su reprochable conducta ética nos aproximan a una conclusión: en nuestro país, el cristianismo todavía no logró el resultado anhelado por su fundador de hacer de paraguayos y paraguayas personas mejores. Es deseable que durante esta Semana Santa muchas mentes oscurecidas por la ambición sin escrúpulos ni límites se despejen, se aparten en un rincón, se observen a sí mismas, adquieran la capacidad de aquilatar sus vicios mediante la autocrítica y acaben, en un final feliz, por convertirse a los valores y principios básicos del cristianismo, sin simulaciones ni oportunismo.

Hoy se celebra una de las fiestas cristianas con significación muy especial, por cuanto recuerda la institución de la Eucaristía, acto litúrgico dotado de gran simbolismo y que, por lo mismo, persiste inamovible en el culto hasta nuestros días. Hoy también se recuerda el lavatorio de los pies, ese acto cargado de un poderoso mensaje de servicio al prójimo donde Cristo decide lavar los pies a sus apóstoles, como una forma de resaltar que la grandeza de todo no reside en el poder y en sojuzgar a los demás, sino en la capacidad de servir.

En la época actual, las confesiones cristianas deberían trabajar con intensidad para lograr mayor capacidad de influir éticamente sobre la sociedad y sobre sus conductores. Sin embargo, duele reconocer que, en este punto, fracasan ostensiblemente. Las enormes incoherencias que cada día muestran muchos que se proclaman cristianos y su contumacia en su reprochable conducta ética nos aproximan a una conclusión: en nuestro país, el cristianismo todavía no logró el resultado anhelado por su fundador de hacer de paraguayos y paraguayas personas mejores.

Aquí, especialmente los que se dedican a la política o a negocios inmorales, ilícitos o inhumanos, manipulan las manifestaciones externas de la fe como una pantalla para disimular su miserable condición de hipócritas. Muchos de ellos, incluso, concurren puntualmente a los templos y reuniones de fieles para exhibirse como gente piadosa, para después engañar a los ingenuos que los toman por tales. Son los “sepulcros blanqueados”.

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Nos importa mucho que estas personas farisaicas sean las que incurran con mayor frecuencia en las violaciones éticas y legales, porque sobre ellas están puestas las miradas públicas y, aun sin quererlo, son los referentes de los jóvenes. Cuando la juventud verifica a diario que los adultos que viven cometiendo toda clase de inmoralidades e ilegalidades para ganar e incrementar su riqueza y poder, continúan felizmente su existencia, sin obstáculos que entorpezcan su progreso, y que van gallardamente por la vida sin sanciones morales de parte de la sociedad, ni legales de parte de la Justicia, es lógico que lleguen a la conclusión de que esto es lo que funciona y que no vale la pena el inmenso esfuerzo que supone plantarse y luchar por reimponer la honestidad.

Si durante las celebraciones de esta Semana Santa, los cristianos comprometidos sinceramente con su fe, solidarios con sus semejantes y obedientes a las reglas fundamentales de la moral predicada por su religión, encuentran en los actos litúrgicos a los políticos más deslustrados, a los explotadores, a los eternos amigos del latrocinio e inveterados usufructuarios de la mentira, deberían dirigirse a ellos sin temor pedirles que se retiren a consumar su acto de hipocresía teatral a otro lado, donde no ofendan a las personas decentes.

Los desvergonzados que se proclaman creyentes y practicantes poseen numerosos recursos para esquivar las sanciones morales de la sociedad. Se declaran pecadores, agregando “como todos”; y luego piden el perdón, ese perdón de los pecados que les es debido a los arrepentidos. Con la excusa contenida en la expresión “todos somos pecadores” y “todos merecemos el perdón”, intentan mimetizarse en la compañía de la gente honesta haciéndose pasar como unos más.

Quienes engordan y progresan en los chiqueros políticos y económicos no son simples pecadores ni sus gravísimos pecados contra la sociedad, en especial contra los más pobres o débiles, son comparables con los de la gente común. Sus faltas son infinitamente más graves e intolerables. ¿Alguien vio a un político deshonesto o a un empresario bandido, que hicieron y hacen fortuna con su mala conducta, arrepentirse y cambiar de vida? No lo hacen porque, con inaudita benevolencia, una sociedad indiferente les obsequia el perdón.

No se debe perdón a quien no lo pide; ni remisión de pecados para los que no tienen la intención de dejar de pecar. Poseer y practicar la caridad cristiana no implica ser ingenuo, tonto o injusto. El bandido que simula pedir perdón para disolver las acusaciones que se le puedan formular, para anticiparse a la condena o atenuarla, para aliviar el descrédito o para proteger sus negociados y su fortuna mal habida, y para ello se sirve de la religión, es, sin duda, un ser mucho más vil y despreciable que los que podamos ser los demás con nuestras comunes debilidades.

Hace pocos días, en un encuentro de la Iglesia Católica con políticos del Cono Sur, realizado en nuestro país, el diputado chileno Diego Sharper manifestó que “la cuestión no es ser católico cuando a uno se le da la gana o para mostrarse en público” y sostuvo que, en lo que respecta a la corrupción política, “el católico debe ser implacable y denunciarlos (a los corruptos) con vehemencia”.

Por lo que se aprecia, queda claro que la condición de cristiano no implica tener actitudes ensimismadas, pasivas, conformistas, actuando como ovejas. Al contrario, requiere ser activo vigilante de la moral y practicante ortodoxo de la honestidad. Y si el cristiano es político, debe redoblar estas virtudes, porque, estando en la vitrina de la sociedad, mucha gente, especialmente la juventud, lo observa y lo imita, en lo bueno y en lo malo.

La acción política reconoce como objetivo principal la realización del bien común; esto es, el bien para la sociedad en su conjunto, para la humanidad. En términos ideales, ella debería constituir la herramienta más eficaz para lograr hacer realidad las virtudes de la moral cristiana. Nuestros políticos más lamentables, en particular los populistas, solo saben hacer caridad con bienes ajenos.

Es deseable que durante esta Semana Santa muchas mentes oscurecidas por la ambición sin escrúpulos ni límites se despejen, se aparten en un rincón, se observen a sí mismas, adquieran la capacidad de aquilatar sus vicios mediante la autocrítica y acaben, en un final feliz, por convertirse a los valores y principios básicos del cristianismo, sin simulaciones ni oportunismo.

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