“La herramienta más eficaz es la palabra”

El asesinato del joven Fernando Báez Sosa en Argentina, que nos toca muy de cerca por tratarse de un hijo de paraguayos, trae además de la indignación social, mucho miedo y replanteamiento a los padres respecto a cómo cuidar –aún más– a los hijos. La psicóloga Gabriela Casco Bachem nos habla sobre nuestro lugar como padres.

Psicóloga Gabriela Casco Bachem.
Psicóloga Gabriela Casco Bachem.Archivo, ABC Color

Fernando Báez Sosa (19) fue asesinado en la ciudad de Villa Gesell (Pcia. de Bs. As.). Un grupo de jóvenes entre 18 y 20 años lo atacó a la salida de un local nocturno provocándole un traumatismo de cráneo. Había ido a pasar un fin de semana con amigos, era único hijo, estudiaba Derecho. Era un joven sano, normal, pensaba en el futuro, sus padres (paraguayos) le habían dado todo lo que podían y más con mucho sacrificio. Hoy está muerto, sus padres quedaron destrozados. Es preciso plantearnos que esto puede ocurrir en cualquier lugar, porque la violencia crece en todas sus formas. ¿Cómo actuar como padres? ¿qué más hacer para asegurarnos que nada les pase? “Como nunca antes hoy día la paternidad y maternidad han elevado la vara de lo que consideran cuidado. Esto se vive de forma abrumadora porque creemos que podemos hacer ‘algo más’ para proteger o blindar a los hijos de todo mal, pero eso es imposible”, inicia la psicóloga Gabriela Casco.

–¿Como padres qué debemos ajustar primero en nosotros mismos?

–Lo que no entendemos o no queremos entender, porque vivimos en la era de la respuesta inmediata o del delegar la educación de los hijos, es que la angustia es constitutiva de ser padres. El precio a pagar. Lo primero es ser conscientes de no patologizar ninguna etapa, ninguna crisis puramente adolescente; ese es el principio del control sobre nosotros mismos. Si nos ven aturdidos, asustados, paranoicos, así nos van a escuchar. El miedo es una cláusula que funciona en la infancia, por suerte ya no en la adolescencia. El adolescente necesita entender, razonar y no temer castigos, eso los ofende.

–Vivimos en épocas en que los padres pasaron a ser choferes de noche y madrugadas, aunque quieran descansar para estar bien para poder educar bien. ¿Cómo tratar el tema salidas?

–“No se puede todo”, esto es una verdad categórica y es algo que el adolescente tiene que aprender desde pequeño. Si los padres no pusieron límites al goce porque temieron más perder el amor de los hijos que su respeto, están perdidos. Frustrar es amar, decir que no, es amar. El adolescente que no tuvo límites en casa, tarde o temprano los encontrará afuera. Lo mejor es buscar un equilibrio entre aquellas salidas que son para cumplir con un amigo o familiar y las que puedan ser prescindibles. Por supuesto, si un día queremos descansar y no ser choferes de madrugada, decirlo sinceramente. Eso también es poner límites.

–Hoy ya no es ayer, la violencia ha crecido de manera alarmante y en todo estrato social. ¿Cómo dominar a los hijos cuando están locos por salir o se deprimen, se encierran?

–En todas las épocas el adolescente se cree omnipotente: “No pasa nada”, ese es su mantra cuando le conviene y cuando está aburrido. Prohibir o tratar de controlar este error de juicio egocéntrico es lo mismo que tratar de convencer a alguien que no tiene fe. Podemos empezar a buscar otras formas de comunicarnos con ellos para que puedan realmente escuchar, y para eso se precisa hablar con sinceridad, la palabra es la herramienta correcta. Explicarles por qué tenemos miedo de que salgan y no culpabilizarlos o atemorizarlos, ya que eso no funciona en la generación actual.

–Tomar casos como el de Fernando Baéz Sosa…

–Sí y otros mártires que pueden servir de ejemplo y por qué no, de protectores para que no haya ni un adolescente más muerto a manos de la inconsciencia y megalomanía absurda que infecta la mente de algunos inadaptados e infelices, a quienes les falta todo (amor, atención, incluso problemas) y entonces se lo generan con cláusulas cada vez más extremas y alevosas.

–¿Cómo proteger pero no asfixiar?

–No podemos hacerles sentir que desconfiamos todo el tiempo de su criterio. Tenemos que demostrar que confiamos en ellos, que también nos hace felices que tengan un grupo social, que se diviertan, que ejerciten su criterio adulto. Podemos empezar a confiarles nuestros verdaderos sentimientos con respecto a que ellos se independicen y salgan al mundo al que como padres percibimos tan terrible, y ellos no. Tienen que entender cuáles son nuestros miedos atávicos. Decirles que los amamos, los cuidamos y los vimos crecer, que el miedo que sentimos es por causas reales de la inseguridad. Con la verdad no hay necesidad de persuasión.

–Es difícil conseguir que sean prudentes o que tengan miedo (un miedo sano) en una época en la que se los bombardea con el “viví sin límites” “anímate...”

–Hoy en día es mucho más necesario y efectivo decirles a los hijos por qué nos dolería tanto que se expongan a un peligro. Incluso si tienen la oportunidad de probar algo, que piensen en cuánto nos afectaría y no lo hagan si nos aman. Si nos consideramos importantes para ellos (si hemos hecho lo suficiente), lo tomarán como una relación entre padres e hijos que deben cuidar con amor y decisiones sanas. Porque si se lo decimos pero no se cuidan, también puede ser el equivalente a querer dañar la integridad de los padres, hacerles sufrir o como se dice comúnmente “llamar la atención”. No podemos pedir lo que no dimos, pero siempre estamos a tiempo de reivindicar nuestro rol de padres si de verdad nos involucramos.

–¿Qué reflexión final podrías darnos sobre el triste caso de Fernando?

–Atravesamos tiempos difíciles, es cierto, pero lo que no cambia, lo repito, es el poder de la palabra, la que invoca respeto por la vida propia y ajena, la integridad, los valores que se aprenden en casa y los que nos permiten ser humanos y no salvajes. Lo que le sucedió a Fernando fue una agresión a base de golpes y patadas que lo llevaron a la muerte. La violencia es el fenómeno social de la indiferencia. Violento es el espectador, el que filma y no defiende, violenta la policía que estaba cerca y no intervino, violenta la sociedad toda que permite estigmatizaciones discriminativas en cualquier contexto. Violentos los 11 psicópatas y también la instituciones que no cumplen con su deber y permanecen impunes. Fernando somos todos, expuestos, vulnerables y a merced de una violencia que no se ve.

lperalta@abc.com.py