Gobiernos que no gobiernan

Veo en la televisión y en la tapa de los diarios las impactantes imágenes del lecho del río Paraguay y del lago Ypacaraí, que más parecen auténticos vertederos de basura, y me viene a la cabeza una reflexión inquietante: esas imágenes son el fiel reflejo de la ineficiencia institucional del país. El cuidado de los recursos y riquezas naturales es el termómetro más exacto para medir la capacidad de los gobiernos de administrar el Estado.

Se escuchan mil excusas para la desidia institucional, pero lo cierto es que hay bastantes ejemplos de que existen las condiciones para hacer las cosas bien cuando las autoridades, por algún motivo, tienen la voluntad y “se ponen las pilas”. Esta vez ha sido un partido de fútbol, unos años atrás la visita del Papa y de pronto, tarde y con prisas, todos se ponen a hacer excepcionalmente lo que es su obligación hacer siempre.

No faltará quien me objete, con bastante razón, que en realidad los lechos convertidos en basurales son el resultado de una mentalidad primitiva de la ciudadanía, en un país donde los poderosos se sienten autorizados a incumplir la ley porque son poderosos, los pobres se sienten autorizados a incumplir la ley porque son pobres y los que no son ni pobres ni poderosos han llegado a la conclusión de que respetar leyes, que los demás no cumplen, no los convierte en buenos ciudadanos, sino en tontos.

Sin embargo, la desidia, la suciedad y el descuido de los ciudadanos también es, en gran medida, el producto de la incapacidad y el desinterés de las instituciones por hacer cumplir la ley, persiguiendo y castigando a los infractores. Nuestro país es el reino de la tolerancia a la transgresión.

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Repasemos la sucesión de calamidades que han ocurrido solo en los últimos meses: Hemos tenido una inundación y una sequía, ambos fenómenos naturales cíclicos pero que han sido más severos que de costumbre. Ambas gestionadas con imprevisión y torpeza, hasta el punto de que los damnificados, que en su día huyeron de la creciente, ahora no pueden volver por la bajante.

Otro desastre: hemos tenido unos incendios que han devastado grandes zonas boscosas del país. Que los bosques se incendien sería también un suceso natural, si no fuera porque todos sabemos que muchos de esos incendios son provocados. Los meritorios bomberos, que unos días antes estaban pidiendo plata en los semáforos para poder hacer su trabajo, hicieron lo que pudieron, pero eran pocos y los recursos insuficientes. Otro caso de gestión imprevisora y torpe.

Hay que decir que, cuando no hay incendios, de todas formas, los bosques son arrasados por la tala ilegal que nadie ve, aunque no estamos hablando de mover unas cuantas cajas de escarbadientes, sino de caravanas de docenas de camiones cargados de gigantescos troncos. Ni las instituciones medioambientales, ni la policía, ni las aduanas parecen capaces de hacer nada al respecto.

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En otro orden de cosas, el ministerio de Salud advierte que estamos a punto de tener, otra vez este año, una epidemia de todas las enfermedades transmitidas por el Aedes Aegypti, por lo que llama a los ciudadanos a eliminar criaderos. Seguramente los ciudadanos no pongan suficiente empeño en ello; pero ¿qué están haciendo las instituciones? Para empezar media ciudad está encharcada, tanto por la abundancia de baches, zanjas y veredas rotas como por las sistemáticas pérdidas de agua de las cañerías de Essap. Hasta en medio de una sequía, media Asunción está tan llena de charcos que debe parecerles un paraíso a los mosquitos.

La única conclusión posible a todo este conjunto de desastres administrativos y de gestión es que, en realidad, en el Paraguay de las últimas décadas los gobiernos sencillamente no gobiernan. Están demasiado ocupados “haciendo política”, entendiendo por “hacer política” poner palos en la rueda a los adversarios o gestionar leyes a la medida de sus deseos de acumular más poder o más riquezas.

No se trata solamente de un gobierno desastroso, sino de una sucesión interminable de administraciones nacionales, departamentales y municipales que no gobiernan, porque están demasiado ocupadas en sus propias prioridades e intereses para dedicar tiempo, esfuerzo y recursos a administrar el país, haciendo frente a sus problemas y gestionando sus necesidades.

Así pues, el basural en el lecho del río simplemente retrata la desidia, la inoperancia, la torpeza y la falta de voluntad de una clase política tan preocupada por sí misma que ya ni siquiera es capaz de mirar al país por la ventana de las oficinas desde donde manejan calamitosamente las instituciones.

rolandoniella@abc.com.py

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