La realidad es que más allá del contagio, no hay igualdad de condiciones. Es fácil decir todos estamos en el mismo barco, cuando pese a la cuarentena se sigue teniendo trabajo y cobrando por ello.
Pero, qué pasa con las personas que viven el día a día, realizando todo tipo de trabajos informales, como vendedores ambulantes, albañiles, recicladores y changueros. O los cantereros, oleros, emprendedores de todo tipo que dependían exclusivamente de las ventas de sus productos para llevar sustento a sus familias.
Más de 1.600.000 personas en este país están ahora con un futuro incierto y pensando cómo harán para alimentar a sus hijos y padres ancianos. Los pocos que recibieron alguna ayuda del Gobierno, buscan la forma de que ese pequeño monto de dinero rinda el mayor tiempo posible porque no se sabe si habrá o no otra ayuda, ni en cuanto tiempo.
Gracias a Dios este pueblo sabe de sacrificios y de que solo ayudándonos unos a otros se podrá salir de este difícil trance. En todas las ciudades del país pululan las organizaciones sociales y civiles que juntan donativos de vecinos, negocios locales, ganaderos y personas de buena voluntad para ayudar a los más desfavorecidos. Con lo recolectado preparan las denominadas “ollas populares”, que tiene como meta que las familias tengan un plato de comida al día.
El hambre es mucho más fuerte, que el miedo al contagio de esta enfermedad. Las autoridades nacionales y locales se pierden en burocracia y miles de controles cuando se trata de asistir a los más desprotegidos, pero son altamente eficientes y rápidos para comprar productos sobrefacturados.
Lo único que nos queda es seguir teniendo fe en la solidaridad del pueblo paraguayo.