De la justicia y las injusticias

En unos pocos días la justicia ha pasado de recibir elogios a ocupar (¡una vez más!) el primer lugar en las furiosas críticas de los ciudadanos. Cuando la Corte Suprema determinó que las declaraciones juradas deben ser públicas, contrariando las pretensiones y resistiendo las presiones del Congreso Nacional, todos vimos una luz de esperanza y elogiamos con entusiasmo.

No duró mucho ese pequeño soplo de esperanza de que la justicia realmente estuviera comenzando a dar pasos acertados para independizarse del vasallaje al que la tienen sometida los sectores más mezquinos de política. Más rápido que volando, una seguidilla de blanqueos descarados e injustificables de acusados de delitos de corrupción, públicos, notorios y con abundantes evidencias que todos y cada uno de los ciudadanos de este país hemos visto y oído; menos los jueces y fiscales.

Casi al mismo tiempo, la Cámara de Senadores tomó por asalto el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, pasando por alto una vez más la norma constitucional que impide remover a los integrantes de ese organismo, salvo por juicio político, e insultado a todos los profesionales del derecho, al poner en el cargo a una persona que ni siquiera tiene licencia de abogado y no ha ejercido nunca.

Además de una ilegalidad y un insulto, la elección de un paracaidista para representar a los diputados en el JEM es, a todas luces, una amenaza más clara que el agua y que dice así: “Mucho cuidado, jueces; mucho cuidado, fiscales; mucho cuidado, camaristas; mucho cuidado, ministros de la Corte, porque el JEM no es un organismo jurídico, sino un garrote con el que los políticos podemos remover y castigar a todo el que tome decisiones que no nos gustan; para eso hemos puesto un hombre de confianza y no un profesional del derecho”.

Lo malo es que no se trata de una amenaza vana. Ya hemos visto cómo funcionaba el JEM cuando lo manejaban González Daher y sus adláteres. Ya hemos escuchado grabaciones en las que se presionaba a unos jueces y fiscales o en las que se prometía a otros algún beneficio si hacían las cosas a su gusto y sin tener en cuenta criterio alguno de justicia ni mirar demasiado las leyes, salvo para buscarles la vuelta.

PUBLICIDAD

La pregunta que todos nos estamos haciendo es si los ministros de la Corte están dispuestos a soportar que los ninguneen a ellos mismos, a todo el sistema de justicia y, de paso, a todos los profesionales del derecho. Espero que no; porque tengo la idea, quizás ingenua, de que realmente hacer públicas las declaraciones juradas fue una primera señal de rebeldía, pero tan importante que no será la última… De hecho, ya estamos preguntándonos de dónde salieron algunas fortunas descomunales que las declaraciones juradas han puesto en evidencia.

Para ser franco, no me sorprende que la justicia esté dando al mismo tiempo señales de querer mejorar y otras que indican que no solo quiere permanecer igual, sino de ser posible empeorar el sistema judicial hasta que todos los jueces y fiscales, en lugar de repasar cada tanto los libros de derecho y la jurisprudencia, en vez de la laboriosa lectura de los legajos, resuelvan los juicios llamando por teléfono o enviando un mensaje para preguntar a los mandones de turno cuál debería ser la sentencia que más les gusta.

Decía que no me sorprenden decisiones tan contrapuestas, porque en realidad todo el sistema institucional del Estado está en las mismas. Unos hacen lo correcto y otros corren desesperadamente a estropearlo: así ocurre en los ministerios de Salud, en el de Educación, etc., también en el propio Congreso Nacional… En fin, en todas y cada una de las instituciones. La fiscalía y la justicia no son una excepción.

Se trata de una lucha denodada entre la inercia de una tradición de corrupción e impunidad contra otras autoridades y funcionarios que están intentando hacer, al menos, los cambios más imprescindibles para aliviar la furia ciudadana, algunos porque son honestos y otros porque ven con desesperación que la paciencia y la tolerancia de la ciudadanía se están acercando peligrosamente a cero.

PUBLICIDAD

Como ya dije hace algunas semanas, cuando la cuarentena termine en los ámbitos públicos y políticos no habrá abrazos y reconciliación, sino una guerra entre los que quieren tener futuro y los que no quieren o no pueden permitirse cambiar absolutamente nada, porque ya están muy embarrados, y se aferran a un sistema en el que más que diversos grupos políticos o diferentes ideologías, lo que hay son variadas y enfrentadas asociaciones ilícitas para delinquir.

Si el Poder Judicial no reacciona y pone freno a esos desenfrenados defensores de la impunidad, esas asociaciones delincuenciales ganarán la pulseada. Dudo que los ciudadanos se conformen con tal situación, que solo puede conducir a un estallido social de consecuencias imprevisibles. Además, ninguna decisión judicial será fiable… En lugar de un sistema de justicia nos encontraremos con una larga, interminable sucesión de injusticias, porque la principal actividad de fiscales y jueces será proteger a delincuentes, lo que implica inevitablemente castigar inocentes.

rolandoniella@abc.com.py

PUBLICIDAD

Te puede interesar

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD