La infamia de dar a luz a los escasos 11 años

Era el 12 de diciembre de 1996. A la redacción llegaba un dato que requería confirmación: Una niña de 11 años dio a luz en el Hospital Nacional de Itauguá y, atendiendo a la época (sin whatsapp, ni teléfonos celulares de uso masivo, ni contactos con quienes confirmar previo al periplo hasta Itauguá), fuimos a esa a ciegas.

En el camino, iba pensando que a esa edad, como mínimo, una criatura debía estar festejando el haber pasado al sexto grado en plenas vacaciones, extrañando a sus compañeras y compañeros o, con suerte, imaginando que tal vez pudiera tentar suerte y escribir una de sus últimas cartas a Papá Noel o a los Reyes Magos, o lo que sea, pidiendo el regalo correspondiente.

Pero no... no era el caso de LPM y lo constatamos luego. Ella había llegado al hospital cinco días antes, con intensos dolores “de panza”. Cuatro días después, minutos antes de la cirugía programada, su madre le dijo que le iban a “operar para que tenga un bebé”. Horas después, la niña tenía en sus brazos a otra niña que salió de sus entrañas pesando un poco más de tres kilos y unos pulmones por demás saludables. Del pecho de la madre brotaba leche y ella, mirando a todos lados, seguía sin entender lo que pasaba.

Es una verdad incómoda, incomodísima, que 24 años después de ese episodio siga siendo usual (aclaro, usual, no normal) que este tipo de situaciones todavía se presenten en los hospitales públicos de nuestro país. Basta con echar una mirada a los números de este año que maneja el Ministerio de la Niñez y de la Adolescencia, que nos muestran que en lo que va del año se han registrado 233 casos de niñas de entre 10 y 14 años que han dado a luz. La cifra se dispara cuando revisamos la situación en la franja de 15 a 19 años en el mismo tiempo, es decir en los primeros seis meses de este año, con 6.248 alumbramientos.

Los abusadores son personas que destruyen las vidas de las niñas truncándoles la posibilidad de crecimiento social, intelectual y económico. Esta situación no es exclusiva de un estrato social, es transversal, pero golpea obviamente con más fuerzas a quienes tienen menos posibilidades económicas.

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El documento de UNFPA denominado “Consecuencias socioeconómicas del embarazo adolescente en Paraguay” nos dice que, tanto el embarazo adolescente como la maternidad temprana afectan de manera adversa a la salud, al desarrollo humano y a las posibilidades de progreso económico y social de la adolescente en el momento de la gestación y el parto, y durante el resto de su vida. Por ejemplo, un embarazo en niñas de 10 a 14 años cuadruplica el riesgo de sufrir una muerte materna y en adolescentes de 15 a 19 años este riesgo se duplica.

Pero el punto central en todo esto es la lucha por desnaturalización de los embarazos infantiles y adolescentes.

Muchas veces el argumento es que la persona menor de edad “ya tiene luego pareja, es su novio”, y un largo etcétera. Nunca jamás se puede hablar de pareja cuando se trata del abuso hacia una menor de edad.

No es pareja, es abusador porque se supone que la persona mayor es la que tiene el suficiente poder de discernimiento como para decir “no” o contener sus impulsos.

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En algunos casos hasta se institucionaliza el abuso cuando menores de edad contraen matrimonio con sus abusadores. Antes de los 18 años, las personas no están preparadas ni física ni mentalmente para afrontar todo lo que conlleva una maternidad y la crianza de una criatura.

Ante esto, la clave está en la prevención y en dejar de pensar que esto es algo normal. Y por sobre todo, la denuncia es clave. Para que casos como el de LPM, hace 24 años, o el de la niña de Pedro Juan Caballero no se vuelvan a repetir.

mescurra@abc.com.py

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