Altares sin pólizas

¿Existe la Divina Providencia? preguntaba un parisino entretanto presenciaba cómo sucumbía el más valioso testimonio religioso de su ciudad. Una tragedia así debe hacer vacilar, si no retroceder, la fe en aquella. Lo que se vio no fue esto, sin embargo, sino la multiplicación de oraciones, cánticos, invocaciones y confusas palabras como milagro, señal y prodigio. Cuanto peor iba todo, más deprecaciones.

A lo largo de la historia humana hubo muchos sucesos dramáticos similares con los que el hombre religioso debió confrontar. Por ejemplo cuando, en 1931, exaltados republicanos españoles incendiaron o saquearon 24 templos, conventos, capillas y ermitas. O cuando los terremotos arrasaron templos majestuosos en Lisboa, Santiago de los Caballeros de Guatemala, México y Ecuador, y no hace tanto en Asís, por citar solo algunos.

Mezquitas en Bagdad, El Cairo, Alejandría y otras, padecieron ataques mortíferos de jihadistas. En Afganistán, la demolición de las estatuas budistas. En 2012, el atentado contra un templo Sik, en Wisconsin. El año pasado, contra una sinagoga de Pittsburg. Recientemente, contra dos mezquitas en Nueva Zelanda. Los maravillosos objetos de arte con las que el genio humano desea complacer a sus divinidades, parecen surtir ningún efecto en estas.

Hoy mismo, radicales de izquierda españoles pugnan por suprimir las manifestaciones de devoción católica, como las procesiones, en lugares públicos. La amenaza alcanza incluso a las célebres ceremonias de Semana Santa de Andalucía, admiradas por turistas del todo el orbe y de toda confesión. Lo que no obsta a que estos mismos Atilas hispanos modernos, yendo de turistas por el mundo, gasten miles disfrutando de los espectáculos de las solemnes ceremonias budistas, hinduistas, taoístas o de otras culturas nativas.

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En Latinoamérica todavía no alcanzamos los extremos del radicalismo en España, a la que, una vez –no hace mucho–, Marcelino Menéndez y Pelayo definió como una democracia frailuna. En el Paraguay, pese a haber tenido varios obispos gobernadores, ni por asomo la Iglesia católica dispuso del poder político del que gozó allá. Tanto mejor para ella que, de este modo, no tuvo que verse incluida en muchos siniestros expedientes de la colonización y sus tiranías, ni pagar las costas impuestas por la Historia (aunque haya todavía quienes quieran cobrárselas).

Muchos se complacen en dar bombo a lo que llaman “profunda fe religiosa del pueblo paraguayo”. Se fundan en apariencias, como las multitudes del 8 de diciembre, las festividades patronales, las tradiciones de Semana Santa, la proliferación mercantilizada de imágenes esculpidas o moldeadas, retratos de santos y vírgenes en veredas, murallas, edificios, transportes, oficinas públicas y salas privadas, además de las estampitas, rosarios, reliquias, escapularios, bijouterie y hasta chipas moldeadas.

Me temo que tan devoto este pueblo no sea. Que, en realidad, la fuerza subyacente a su aparente religiosidad sea menos de fe auténtica cuanto de simple afición por la superstición, lo esotérico, al atractivo de lo mágico y a la amable sociabilidad compartida en ceremonias tradicionales y clubes de culto. Poca gente hay aquí que sepa diferenciar fe de superstición; y la que sí la tiene clara se cuida de darse por enterada, recelando quizás de que, por exterminar la pulgas se acabe matando al perro; es decir, que intentando erradicar la superstición se liquide la creencia religiosa misma.

El incendio de Notre-Dame es una catástrofe para el patrimonio cultural humano pero no lo fue para la religiosidad. Miles de católicos oraban mientras el fuego la consumía. ¿Rogaban? ¿Qué? ¿A quién? ¿Acaso creían que era otra manifestación de Dios, como la zarza ardiente de Moisés? Esta tragedia no los tornaba escépticos sino más devotos. Lo contradictorio e incomprensible incinera la lógica como el fuego a la catedral.

Cuando Irala hacía erigir la primera iglesia en Asunción –desnudo galpón de tablazón y paja–, la catedral de París cargaba ya dos siglos de historia encima. Las más sólidas y bellas obras humanas son apenas menos efímeras que las rudimentarias. Para unas y otras, al parecer, no hay providencia divina que las aprecie lo suficiente como para otorgarles una póliza contra todo riesgo.

glaterza@abc.com.py

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