Días esperanzadores

Es un verdadero alivio poder decir, después de tanto tiempo de calamidades, que llevamos unas semanas llenas de noticias esperanzadoras. He llegado a sentirme agotado de escribir, describiendo y criticando, tantas situaciones negativas para el presente y peligrosas para el futuro del país.

Pero hoy puedo hablar justificadamente de una variedad de sucesos insólitos, que hace poco parecían improbables, que dan pie a la esperanza. Esperanzador es que el Congreso Nacional esté comenzando a limpiar sus filas al menos de los más impresentables de sus integrantes, por más que no sea por propia iniciativa, sino a regañadientes, protestando, quejándose y dilatando las decisiones cada vez que pueden.

También es esperanzador que las nuevas autoridades de distintas dependencias públicas estén comenzando su gestión aireando las irregularidades que encuentran. También, por supuesto, el exitoso operativo antinarcotráfico que está salpicando a tantos políticos, fiscales y policías.

Es un gran mérito no solo de la SENAD, sino de fiscales y jueces que están haciendo su trabajo como debe ser: correcta y también rápidamente, sin dilaciones ni vueltas. Sin embargo, todo ese trabajo se perderá si tropieza, en la etapa final, con la actitud acostumbrada de nuestro sistema de justicia: eternizar los procesos, cuando ya no encuentra forma de blanquear a los acusados.

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Es por eso que sobre todo ha sido esperanzador que, al conocerse los nombres de los integrantes de las ternas para ministros de la Corte Suprema, haya habido un consenso generalizado en que se trata de profesionales prestigiosos, con méritos suficientes y con una trayectoria de honestidad personal.

Por supuesto que ha habido cuestionamientos a los ternados y es bueno que los haya, porque aspirantes a cargos tan decisivos para el buen funcionamiento de la justicia deben ser minuciosamente examinados, más aún con los reiterados antecedentes de “elegir a los amigos, aunque sean los peores” que han destruido la credibilidad de nuestra justicia.

En mi opinión son objeciones de poca monta y que estemos discutiendo tales minucias demuestra que la selección de estas ternas es un paso importante en la dirección correcta, porque las tres cualidades más importantes para quien debe impartir justicia, además de la idoneidad profesional, son la independencia, la imparcialidad y la honestidad.

De la independencia de los magistrados depende la soberanía de la justicia frente a las presiones políticas y las injerencias de los otros poderes del Estado; de su imparcialidad, la equidad de las decisiones; de su honestidad, la confianza en que los veredictos son resultado de la aplicación de la ley y no de un trapicheo de mercaderes de sentencias.

Espero que los candidatos ternados sepan dónde se están metiendo, porque si hemos de evaluar por sus frutos, como pide la Biblia, a los actuales ministros de la Corte, evidentemente van a estar en minoría y en medio de un funcionariado mayoritariamente maleado, por los muchos años de deterioro, sumisión y corrupción de la justicia.

He dicho que se trata de un hecho muy esperanzador, pero esencialmente es solo un primer paso en la dirección correcta y faltan muchos para sanear la justicia y otros más para que los ciudadanos la perciban como confiable. No se pueden cambiar significativamente las instituciones sin cambiar a las personas que las dirigen, pero el cambio de autoridades no es suficiente si no existe verdadera voluntad de sanear su funcionamiento y desechar a los funcionarios corruptos o ineficientes.

La injerencia política en el Poder Judicial ha sido la gran causante del deterioro de todas las instituciones vinculadas a la justicia, porque los políticos olvidaron o no les importó que un juez sumiso seguirá siendo sumiso cuando el poder cambie de manos; además, si se doblega ante el poder, también se doblegará ante el dinero, porque si tuerce la ley para favorecer a otros, más dispuesto estará a torcerla para favorecerse a sí mismo.

Cambiar las personas es la forma lógica para empezar una reforma, el primer paso imprescindible, pero no suficiente: después llega la parte difícil, cambiar el modelo de actuar de la institución y, finalmente, más difícil aún, cambiar de mentalidad y en lugar del respeto al privilegio, como viene padeciendo la justicia paraguaya, entronizar el respeto a la igualdad ante la ley, como exige el Estado de Derecho.

Pero aún estamos hablando solo de esperanzas, todavía no de hechos y esa esperanza aún pende de un hilo, ese hilo que ha tejido el enojo ciudadano.

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