El gesto y la grandeza

SALAMANCA. Cuando era adolescente, en los comunicados oficiales, en especial de la policía, en los periódicos y las radios (todavía no existía la televisión) se utilizaba la palabra “amoral” para referirse a los homosexuales. En una sociedad provinciana y pacata como era la nuestra, había que disfrazar incluso la palabra y no ponerla en evidencia. No es el momento de discutir la conveniencia o no del uso de esta palabra para referirse a un tipo de conducta. Lo que sí me parece es que el idioma se empobrecía restringiendo un significado mucho más amplio y, sobre todo, inquietante a dicho término.

De acuerdo a la Real Academia “amoral” se dice de una persona “desprovista de sentido moral”. La segunda acepción es irrelevante para el caso actual: “dicho de una obra humana, especialmente artística: Que de propósito prescinde del fin moral”. Traigo esto a colación porque es llamativa la amoralidad que reina en nuestra clase política y que es aceptada como si ello fuera absolutamente natural.

Un ejemplo claro lo acaba de dar el senador Juan Darío Monges, de la facción Honor Colorado, quien al informar de la renuncia presentada por el senador Óscar González Daher la calificó como “sinónimo de grandeza”. Y agregó: “Renunciar no lo hace cualquiera (...). No se escuda en sus fueros”. ¿Qué entiende usted por “grandeza” señor Monges? ¿Cree usted que puede tener un “gesto de grandeza” alguien a quien se le atribuye una riqueza de mil cuatrocientos millones de dólares? Y escribo la cifra con letras para que el lector no se pierda en un laberinto de ceros y porque tal suma corresponde a ocho billones de guaraníes. Si no me equivoco: escriba ocho y luego doce ceros.

No pequemos de provincianos ni de tener mentalidad de pobre. Estos millones de dólares pueden ser familiares para un industrial, un gran comerciante, el director de una empresa petrolífera, el dueño de una mina de coltán o un fabricante de teléfonos. Pero no deja de asombrarnos tanto dinero en manos de un político de la localidad de Luque al que no se le conoce ninguna otra actividad que la de político. Y un político de prontuario voluminoso por su tráfico de influencia y manipulación capciosa de la justicia cuando manejaba a su capricho el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados.

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El senador Juan Darío Monges tiene que estar enterado que González Daher no renunció por “grandeza” sino porque la ciudadanía lo tenía acorralado en su mansión de Luque de la que no podía salir ni siquiera en el Rolls Royce que tenía (y lo sigue teniendo) en la cochera. Renunció antes de ser expulsado, por segunda vez, del Senado por todos los trapos sucios que han salido a relucir. Y todo indica que seguirán saliendo muchísimos otros más.

Esto es lo que llamo “amoralidad”. Es evidente que al senador Monges no le molestan estas “distracciones” de González Daher y todo su entorno familiar, ya que están complicados sus hijos, su esposa, su hermano y parientes políticos. La corrupción ha calado tan hondo, se ha vuelto tan cotidiana, tan cercana y familiar que ha anulado cualquier sentimiento relacionado con la moral. Y como la justicia se ha desentendido del problema, porque ella misma se ha corrompido hasta los tuétanos, ya no podemos distinguir entre lo que está bien y lo que está mal.

Muchos esperamos que esta situación se revierta. Que el “gesto de grandeza” no sea la que defiende el senador Monges, sino el que tengan los jueces aplicando la ley como debe ser aunque para ello tengan que venir otros nuevos y los actuales se vayan a su casa. Quizá entonces el senador Monges se entere de lo que signifique la palabra “moral”.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

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