Hablando con extraterrestres

Llevo unos días fuera del país, así que no estoy tan informado como de costumbre de los sucesos cotidianos, pero naturalmente no he podido dejar de enterarme, porque ha sido motivo de burla en todos los grupos de amigos y en todas las redes sociales, del último y peculiar disparate de nuestro legislativo: invitar a dar una charla a un “especialista” en hablar con extraterrestres.

En los días siguientes los comunicadores del Congreso, que son los únicos empleados de la institución dignos de lástima, intentaron por todos los medios desmentir el hecho, pero la invitación (a mí también me llegó por Internet) estaba impresa y se había transmitido ampliamente y ya las burlas se habían viralizado.

Personalmente, debo reconocer que puedo comprender que los legisladores necesiten este tipo tan especializado de conocimiento, porque es sabido que hasta el día de hoy sigue vigente aquella vieja máxima del santuario de Delfos: “¡Conócete a ti mismo!”. Y en verdad que muchos de los integrantes de nuestro parlamento parecen, por su comportamiento, verdaderos alienígenas.

El problema es, sin embargo. que el Congreso Nacional no es, aunque a veces lo parezca, una nave espacial ni tampoco el templo de alguna confesión religiosa y mucho menos un circo. Las creencias personales, razonables o no, de los legisladores y las actividades vinculadas a esas creencias deben ser de índole estrictamente privada y no invadir jamás los ámbitos institucionales.

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El motivo por el que las democracias occidentales se declaran mayoritariamente laicas es bastante sencillo de entender: Aún si la mayoría de la población profesa determinadas creencias (sean estas católicas, protestantes, musulmanas, judaistas, hinduistas, ateas o alienígenas), los poderes públicos deben mantenerse imparciales para poder respetar y defender a todas y así garantizar el respeto a dos libertades esenciales: la de libre pensamiento y la de culto.

Ya un par de veces hemos tenido episodios que contravienen gravemente estos principios en el Congreso Nacional. El hecho de que un “traductor de extraterrestres” sea más risible que el ministro de una religión solo enfatiza el hecho de que, con una falta de respeto absoluta tanto a la ciudadanía como a sus colegas legisladores que profesen otras creencias, están imponiendo sus credos personales al promover la realización de sus ritos o las conferencias vinculadas a sus creencias en espacios institucionales.

El parlamento, señores congresistas, no es su casa, donde si les complace, pueden instalar una capilla, una mezquita, una sinagoga o un equipo de escucha de mensajes de otras galaxias. Nada ni nadie les impide, como a cualquier ciudadano, profesar su fe y hacer públicas sus creencias, respetar los ritos y costumbres de sus confesiones religiosas o seglares.

Nada le impide a cada legislador en particular concurrir a sus lugares de culto y darse todos los golpes de pecho que desee y es precisamente para que nadie se lo pueda prohibir, porque profesa un credo diferente al suyo, que no se puede y no se debe asociar ningún culto a una institución que debe representar a todos los ciudadanos por igual y no a los que creen esto sí y a los que creen aquello otro no.

Muchos ciudadanos tenemos la impresión de que si la mayoría de los paraguayos hemos dejado de respetar al Poder Legislativo, es precisamente porque, con las honrosas excepciones de siempre, los primeros que no lo respetan son sus propios integrantes, que lo usan indistintamente como su agencia de empleos, su proveedor de viajes vacacionales, su nidito de amor o su lugar de culto religioso; pero en cambio no parecen muy dispuestos a cumplir sus dos funciones esenciales: representar la opinión de todos, no solo de algunos o de la mayoría, sino de todos los paraguayos y legislar en consecuencia.

Me parece que lo que están necesitando nuestros honorables legisladores, en lugar de un traductor de extraterrestres, es alguien que les enseñe a escuchar, entender, respetar y representar a los ciudadanos del Paraguay.

rolandoniella@abc.com.py

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