Islamismo, cáncer de Francia

Hace décadas el Estado francés viene luchando contra una grave enfermedad que le corroe, sin que nazca la esperanza de una curación. Cada tanto la sociedad francesa vive fuertes recaídas en esta lucha, sufriendo golpes que cada vez se caracterizan más por la violencia que emplean los fanáticos, integristas religiosos musulmanes. De este modo periódicamente los franceses toman conciencia de la vulnerabilidad ante un mal que parece estar empecinado en marcar el destino de un país que, paradójicamente, promueve valores de libertad, igualdad y fraternidad.

Estos ataques no son un fenómeno nuevo.

Los últimos actos que habían marcado a la opinión publica francesa fueron los hechos acontecidos los 11 y 15 de marzo de 2012, cuando Mohamed Merah, un joven de 23 años, había matado a tres militares en la calle de Montauban y que luego, el 19 de marzo, había asesinado a tres niños y un docente en un colegio judío de Toulouse. En 1996 una bomba explotaba en la línea del Metro parisino, en la estación Port Royal, causando la muerte de 4 personas e hiriendo a 91 otras. En julio de 1995 una oleada de atentados (9 acciones durante el verano de ese año), y que había comenzado con la explosión de una bomba en el RER (red express regional) en la estación Saint Michel, en pleno corazón de París, había causado en total 8 muertos y más de 200 heridos.

¿Cuales son las causas de este mal?

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Antes que nada hay que hacer una aclaración. Es de suma importancia no confundir islam e islamismo. La primera noción se refiere a la religión, los preceptos que deja Mahoma, según los musulmanes el último de los profetas, que a través del ángel Gabriel constituye hasta hoy en día el último en transmitir el mensaje de Dios a los humanos, por lo tanto el islam sería la religión perfecta, la más completa, ya que vendría a sellar, culminar la profecía. Durante siglos el islam ha sido sinónimo de tolerancia y desarrollo cultural, científico. Cuando en la Europa de la Inquisición se perseguía a los herejes, bajo el imperio musulmán de los abasidas, como anteriormente bajo los omeyadas, se les concedía una protección especial a los que llamaban “la gente del libro”, judíos y cristianos (monoteístas), que al pagar un impuesto per cápita recibían un estatus especifico, el de diimi, que les garantizaban ciertos derechos. Las tres religiones monoteístas convivían en perfecta armonía. Hasta hoy en día islam no significa islamismo y la mayoría de los musulmanes son tolerantes y abiertos al diálogo interreligioso.

El islamismo nace en Egipto con el movimiento los “Hermanos Musulmanes” en 1928, y es una consecuencia directa de la soberbia política internacional de los países occidentales. El islamismo no es ni más ni menos que la religión hecha política o más bien dicho el deseo de establecer un modelo político con base en una religión, de ahí el integrismo y la radicalización de posturas que tienen como objetivo establecer, si es necesario por la fuerza, una sociedad que siga estrictamente los preceptos de lo establecido por el Libro sagrado.

¿Por qué nace y se difunde el islamismo?

Hay que tener en cuenta la frustración de un pueblo, de una comunidad. Si bien los musulmanes tuvieron también su periodo de esplendor, en el imaginario colectivo sufrieron de graves desperfectos. Esto comienza con el declive y la caída del Imperio Otomano, que dejó sus heridas en la consciencia colectiva y marcó a la identidad de un pueblo. La omnipotencia de las naciones triunfantes, sobre todo Inglaterra y Francia, se compartía en ese entonces los territorios de África y del Oriente Medio. La colonización creó una fuerte reacción y reavivó una identidad marcada por la religión, por el islam.

Lo que pasa hoy en Francia no es más que la consecuencia de la colonización, o más bien dicho de una descolonización traumática (guerra de Argelia), del fracaso de una política de integración de comunidades que fueron relegadas, durante los años 60, a las periferias de las ciudades (por ejemplo en la villa miseria de Nanterre, al oeste de París), en lo que los franceses llaman “las cités”, hoy en día zonas donde no se aplican las prerrogativas del Estado, ya que no controla el territorio, donde no entra la policía sin causar oleadas de disturbios, epicentro del tráfico de drogas y de armas pesadas.

El sentimiento de ser parte de una población de segunda categoría, sumado a la frustración creada por la política internacional de los occidentales ante los pueblos musulmanes, la crisis de identidad de la que sufren jóvenes sin trabajo, en situación de fracaso escolar o en situación de paro, provocan la generación de potenciales ejércitos de fanáticos. Los proselitistas religiosos e integristas han captado la desesperación de los jóvenes de “las cités” y han realizado un trabajo de endoctrinamiento, formando psicológicamente a muchos jóvenes abandonados por el Estado francés al jihad. De hecho, muchos jóvenes, y no solamente de origen árabe, sino también franceses de familias tradicionales, han sido captados, reclutados a través de estas redes de fanáticos que actúan en estos barrios. Varios han ido de Francia a combatir el jihad en Siria, como antes algunos lo habían hecho en Kosovo, Libia, Egipto, Líbano o Palestina, manipulados por los fanáticos y con la intención de defender los valores de lo que consideran un buen musulmán.

Reacción de la sociedad civil francesa.

A la hora de redactar este artículo, y tras conversación telefónica con franceses representantes de la sociedad civil, podemos hablar de una movilización masiva de la ciudadanía, que en varios puntos del país salió a las calles para manifestar su solidaridad con las familias de las víctimas y repudiar el odio, la intolerancia, de los fanáticos religiosos (más de 15.000 personas en la Plaza de la República en París según fuente de la Policía francesa; 10.000 en Lyon y Toulouse).

Francia es un país laico y, es más, muchos hablan hoy en día de querer agregar este término al lema del país que sería en adelante el siguiente: “Libertad, Igualdad, Fraternidad y Laicidad”.

Tres hombres se llevaron la vida de 11 periodistas talentosos, y la desaparición de dibujantes como Cabu, Charb, Tignous y Wolinski representa una enorme pérdida para el periodismo francés. A través de este acto terrorista los autores del atentado han atacado frontalmente a la libertad de expresión, de pensamiento y, asimismo, a los valores fundadores de la propia sociedad francesa. Francia sabe hoy que debe luchar contra la ignorancia, la intolerancia, el oscurantismo y el fanatismo. En este caso es indispensable recordar, más que nunca, que la libertad de la prensa no se negocia.

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