Lugo, la Biblia y la Constitución

Cuando Jesús fue crucificado, Poncio Pilato, gobernador romano de la provincia de Judea (del año 26 al 36 d.C.), decidió colocar en la parte superior de la cruz la inscripción INRI (Jesús de Nazaret, rey de los judíos) en tres idiomas; hebreo, latín y griego.

Los judíos le reclamaron el monograma y pidieron que lo retirara. Pilato les contestó: “Lo escrito, escrito está” y lo dejó tal cual.

Es lo que se escuchó el Viernes Santo en todas las iglesias al igual que la sexta palabra de Jesús: “Todo se ha cumplido”, dijo el hijo de Dios, que, pudiendo tener un ejército celestial a sus pies, decidió morir en la Cruz porque así estaba en las escrituras.

Presumimos que el exobispo Fernando Lugo sabe de memoria esto y lo ha repetido una y mil veces durante sus sermones en aquellos días santos en la diócesis de San Pedro.

Como presidente de la República también habrá leído la Constitución Nacional, por antonomasia la Ley Suprema de la Nación. 

En el estado laical, la Constitución es lo que la Biblia es para el estado clerical o religioso. Y Fernando Lugo ha experimentado las dos facetas.

Las comparaciones son odiosas, pero vienen al caso.

El senador Fernando Lugo sabe que tanto la Biblia como la Constitución Nacional pueden ser interpretadas, pero bajo ningún punto de vista de manera tan sacrílega ni enrevesada.

La Carta Magna es clara al prescribir que el presidente y el vicepresidente no podrán ser reelectos en ningún caso (Art. 229) y tampoco la Constitución permite la reelección por la vía de la enmienda, sino mediante una reforma (Art. 290).

Vale la pena recordar que “Carecen de validez todas las disposiciones o actos de autoridad opuestos a lo establecido en esta Constitución” (Art. 137) y que “Se autoriza a los ciudadanos a resistir a dichos usurpadores por todos los medios a su alcance” (Art. 138).

Si a Fernando Lugo poco o nada le ha importado cumplir con las sagradas escrituras, siendo sacerdote y obispo, tampoco tendrá mucho apego en cumplir lo que dispone la Ley Suprema, como funcionario público.

Su ambición de volver al cargo en contra de toda disposición constitucional es más fuerte, tal como lo fueron sus impulsos e instintos cuando era ministro de la Iglesia.

Si un cristiano común y silvestre que no cumple con los preceptos de la Biblia es un pecador, qué menos será cuando lo hace pública y groseramente un ministro de la Iglesia. “No mentirás” dice el octavo mandamiento. Y él ha mentido por Dios y la Patria cuando juró cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes al asumir el cargo. Los demás mandamientos, ya sabemos cómo los manejó Fernando Lugo. Ni hablar.

Ahora premeditadamente pretende violar la Constitución Nacional ostentando un alto cargo como el de Senador de la Nación. 

Lo escrito escrito está, y por eso Jesús prefirió morir en la cruz. Pero su ejemplo, a luguistas y cartistas les importa un bledo. Están empecinados en borrar con el codo y echar en gorra la misma Constitución Nacional.

pgomez@abc.com.py

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