Paseos y peregrinaciones

Por alguna razón que los augures alguna vez averiguarán, se hizo hábito entre los gobernantes paraguayos hacer visitas al Papa; y, de paso, ya que solo está a la vuelta de la esquina, pasar un ratito por el Quirinal. Estos pastores políticos y sus rebaños no despejan la ambigüedad acerca de sus viajes, si son para recreo turístico, peregrinación religiosa o para el legendario cometido de atraer inversiones. Digamos que si nos hubiesen donado cien dólares por cada viaje político paraguayo en el último medio siglo, ya tendríamos un buen caudal.

El Papa, ciertamente, no contribuye mucho a despejar la ambigüedad de cómo los recibe, si como jefe de Estado o como líder espiritual. Tampoco se sabe si es él quien invita o son nuestros políticos quienes se invitan. Lo único concreto que estos traen es el famoso retrato con el Pontífice destinado a ser exhibido en el salón de recepciones. La cuestión es: si las invitaciones parten del Gobierno del Estado Vaticano, ¿a quiénes las dirigen? ¿A los jefes de Estado, sus parejas y cancilleres exclusivamente, que es lo habitual?

Parece que en nuestro país no son estos los hábitos comunes. La delegación oficial puede estar integrada por cualquiera. Hace 43 años, Stroessner fue a Taiwán llevando consigo a su butifarrera personal. Que nuestros actuales viajeros se hagan acompañar de quienes les plazca se hizo ya tradicional. Y como en las audiencias con el Papa hay que ir de negro, allí todos los gatos son pardos. Excepto el Papa mismo, que va de blanco. Cada lector, seguramente, ha de elaborar su interpretación de este contraste.

Pero la moda política de frecuentar el Vaticano (o a la Santa Sede, que diferenciarlos importa poco si no se sabe para qué) no es antigua. Fueron nuestros últimos mandatarios quienes pusieron en onda esta romería profana. No recuerdo si fue primero Rodríguez o Wasmosy, pero Duarte Frutos, apóstata confeso, visitó a Benedicto XVI en 2005. Después, Fernando Lugo, por motivos obvios, se quedó en casa y callando. Su reemplazante, Federico Franco, reató el hilo del ritual.

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Nótese que el más entusiasta fue Horacio Cartes, quien hizo el Camino de San Gregorio nada menos que seis veces. En la última ocasión le confió a Bergoglio, casi al oído y en voz menguada: “Estarás cansado de este paraguayito”, usando de este folclórico ardid de tutear, preferido por muchos (en especial por periodistas de radio) para ponerse a la altura del respetable interlocutor o bajar a este a la suya.

Bergoglio no le respondió, pero le atendió solo durante 25 minutos (hubo, pues, de entenderse aquello como un “sí”). Para mayor desazón, al día siguiente, en un periódico se comentó el breve encuentro del Papa con el presidente paraguayo ilustrando el evento con la foto de un cordial abrazo entre Francisco y Pepe Mujica.

Esta última peregrinación gubernamental sin duda se hubiese justificado con creces, por ejemplo, si Marito solicitaba una revisión del Archivum Secretum Apostolicum Vaticanum, donde radican documentos valiosos acerca de las relaciones entre aquel Estado y el régimen de Stroessner. Hay allí un repositorium de informes de muy interesante contenido; por ejemplo, los relativos a los aproximadamente 425 desaparecidos, 20.000 presos y atormentados, y el sinnúmero de exiliados políticos de aquella época. O los datos y documentos de que Juan Pablo II tuvo que imponerse antes de venir al encuentro de nuestro dictador, en 1988. Nuestro actual embajador ante el Papa tal vez ya tiene instrucciones para iniciar los trámites para emprender tan importante investigación histórica.

Lo que estos viajes dejan en uno, dicen los que lo efectúan, es un recóndito y muy piadoso retoñar de la pureza de espíritu, la inflexible contrición y el franco propósito de enmienda moral, tal como a su retorno demostraron, notoriamente, los miembros de las anteriores comitivas. Dicen que el Papa le dio un consejo a uno de nuestros políticos visitantes: “Hijo mío, todos los días cuéntale a Dios tus pecados capitales, pero cuídate de tus radios cardinales”.

glaterza@abc.com.py

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