República del silencio

En una oportunidad le preguntaron a Mao Tse Tung qué opinaba de la Revolución Francesa, y respondió: “Todavía está muy cerca para opinar sobre ella”. Independientemente de que sea o no el tiempo apropiado para opinar sobre una piedra miliar de la historia, lo importante es no olvidarla y tratar de rescatar y conservar todo lo que sea posible reunir para cuando llegue el momento en que el tiempo nos brinde la perspectiva adecuada.

Nosotros no tuvimos una Revolución Francesa ni se cortaron cabezas, aunque hubiera sido muy saludable para la vida democrática que hubieran caído algunas –o varias– de quienes apoyaron y se beneficiaron con la dictadura. Y que, al darse vuelta la tortilla, corrieron al Palacio de Gobierno para adherirse a los nuevos jerarcas. En este caso, al igual que el anterior, todo intento que se realice por recordar y analizar lo que sucedió en el país en aquellos años oscuros será de una gran utilidad para todos, porque ayudará a que se fortalezca la democracia. O este intento de democracia que estamos llevando adelante con mucho trabajo y muchos tropezones. 

En este sentido, hay que recibir un nuevo libro: “República del silencio”, de Eduardo Quintana, que editó Servilibro. El autor (31 años) nació el año anterior a la caída de la dictadura, que, por razones obvias, no pudo conocer. Pero se interesó en ella. Su formación filosófica –fue colaborador de nuestro diario varios años– le permitió llevar adelante su investigación no solo con método, sino también con rigor. Así, enfrentó un tema que raras veces es recordado: la función de la censura en aquellos años.

Nada más comenzar, narra un hecho ocurrido en 1984. El Centro Cultural Español Juan de Salazar trabajaba en una original adaptación del Quijote para ponerla en escena. Para cumplir con lo establecido, envió el pedido de autorización a la Junta Municipal, donde se aprobó la solicitud sobre tablas. O casi. Pues se levantó la presidenta de la Comisión de Moralidad y dijo que esto había que tratarlo dentro de su comisión y pedía que los responsables de la obra enviaran el libreto. Esto pasa por no haber leído nunca el Quijote; ni siquiera en esos misérrimos resúmenes que se usaban en el colegio.

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Lo dicho hasta aquí es mera anécdota. Luego el libro se sumerge en el tema que le ocupa: la censura, sin olvidar la que se aplicó a lo largo del siglo en gobiernos totalitarios de países como la Unión Soviética, la Alemania nazi y la Sudáfrica del “apartheid”. En la presentación, el autor explicó que estas referencias deben servir para ubicar al lector paraguayo en un campo de visión más amplio y tratar de romper aquello de que somos “una isla rodeada de tierra”.

Es valioso el inventario de hechos de censura en el país, desde 1770, cuando Carlos III prohíbe el guaraní en las colonias, hasta mayo de 2019, cuando se prohíbe una obra teatral que debía presentarse en la Alianza Francesa. Quintana hace un recuento de la labor de la censura en nuestro país no solo en hechos bien visibles como el cine o el teatro, sino también en los libros, en las artes plásticas, en la prensa y hasta la Iglesia que tomó parte del acto de fe que se realizó en Piribebuy en 1965. Estas palabras son breves y dichas casi de pasada sobre un libro que no solo nos da a conocer un aspecto oscuro de nuestra historia, sino, además, nos pone en presencia de una realidad que ojalá no vuelva a repetirse nunca más.

jesus.ruiznestosa@gmail.com

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