Señor, ¿a quién iremos?

Cuando Jesús terminó el discurso sobre el Pan vivo bajado del cielo, muchos dijeron que este lenguaje era muy duro, que estaban escandalizados y por eso se retiraban de su compañía.

El Maestro preguntó a los que se quedaron si ellos querían irse también. Entonces escuchamos la respuesta de Pedro: “Señor, ¿a quién iremos?”. 

Señor, ¿a quién iremos nosotros? Es el grito angustiado del ser humano delante de su radical pobreza, que sí o sí necesita de su Creador; sin embargo, muchas veces se juzga autosuficiente, aunque en la hora de la verdad plena sea solamente un puñado de polvo, implorando algo de reconocimiento y de afecto.

Cuando aprieta la enfermedad con singular virulencia y los recursos de la medicina se muestran insuficientes, el ser humano no tiene otro camino que esperar de la mano del Señor un gesto de misericordia. Asimismo, en ciertos conflictos familiares, cuando la terapia individual y de pareja no logran grandes resultados, y el abismo se abre en frente, el ser humano una vez más pone su corazón en el corazón del Señor.

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Y brota con dramatismo la pregunta: Señor, ¿a quién iremos nosotros? ¿Quién nos va a salvar o purificar? ¿El presidente de la república, un cantor fashion, algún empresario acaudalado o el científico más inteligente del mundo? O tal vez, ¿el vendedor de drogas de la esquina? 

La práctica de la vida muestra que podemos recibir algunas ayudas interesantes, pero únicamente la gracia de Dios tiene el poder de consolar y animar profundamente el espíritu humano.

La respuesta más certera escuchamos del mismo Simón Pedro: “Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”.

Estas palabras de Vida eterna dan sentido a la existencia humana, nos libran de la trágica descomposición de todo lo que nos rodea y de todo lo que hacemos, que, nos guste o no, va esfumándose sin los honores que uno cree merecer.

En nuestra sociedad hay gente que se equivoca y se deja engañar por las ideologías que defienden el materialismo individualista, que adoran a miserables ídolos de carne y hueso, que tarde o temprano fallan, o que son sumisos al insaciable “vil metal“, que deshumaniza.

Ojalá en el siglo XXI más personas procuren a Cristo Jesús, no solo como el Pan vivo que da vida, tanto física cuanto emocional, sino también como aquel que libera el corazón humano de tantas vanidades, como el amigo leal que camina junto, ilumina la conciencia y fortalece la voluntad.

Paz y bien. 

hnojoemar@gmail.com

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