Una primavera que se apaga

Egipto se encuentra en una encrucijada. Actualmente, enfrenta una crisis económica acentuada por las revueltas políticas de los últimos años. Según cifras oficiales, el turismo está devaluado, disminuyó la inversión extranjera, la libra egipcia se encuentra en su nivel más bajo frente al dólar y el déficit presupuestario está creciendo. Sumado a esto, está el peligro latente del poder que tienen actualmente los islamistas dentro del Gobierno, electos a través de la vía democrática.

Hace exactamente dos años, el Cairo, Alejandría, Suez y otras ciudades egipcias comenzaban a ser testigos de un levantamiento popular impensable por varias décadas. La plaza cariota de Tahrir se convertía en un escenario, donde se enfrentaban dos visiones distintas de la política local: una postura autoritaria, a favor del statu quo, del orden militarista y de la represión a las libertades individuales, versus el anhelo de despojarse del totalitarismo. Ese día, el Gobierno del dictador Hosni Mubarak contestaba con represión a los manifestantes que pedían libertad. Twitter y otras redes sociales habían sido bloqueadas y muchos medios de prensa fueron censurados.

Durante varios días, policías y militares del régimen hostigaban y reprimían salvajemente a los que protestaban a lo largo y ancho del país. Los medios seguían censurados, al igual que internet y las compañías de celulares se encontraban limitados. Finalmente, el 11 de febrero de 2011, Mubarak dejaba el poder luego de casi 30 años liderando Egipto por la vía despótica. Esto permitió que una Junta Militar gobernara nuevamente con mano de hierro el país, pero tras la presión internacional y nuevas protestas locales, finalmente los egipcio votaron en unas elecciones libres por primera vez en su historia. Casi mil personas murieron durante las manifestaciones.

En los primeros meses del gobierno de transición se encararon algunas reformas, pero lamentablemente, la facción partidaria de los Hermanos Musulmanes, se hizo con el poder por la vía legal y pretende imponer la moral religiosa en un país con violencia sectaria. Incluso, la Constitución que redactaron tiene tono musulmán, lo que irritó a las facciones cristianas y laicas que lucharon durante la revolución en la Primavera Árabe.

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Mubarak tiene condena a cadena perpetua por las represiones y masacre durante las revueltas. Y prácticamente forma parte del pasado de Egipto, que ahora tiene que lidiar con otros problemas acuciantes, principalmente de tinte económico.

Aún así, la Primavera Árabe en Egipto tuvo resultados directos, a diferencia de otros países contagiados por la “fiebre de las revueltas”, los egipcios lograron el derrocamiento del dictador en pocas semanas, pudieron conseguir que el autócrata fuera juzgado en el país y se desplazó enormemente el poder que tenían las Fuerzas Armadas, brazo represor del antiguo régimen. En Túnez, cuna de los levantamientos, no pudieron encarcelar al dictador Zine El Abidine Ben Ali, pues huyó a Arabia Saudí, mientras que en Libia, en vez de enviarlo ante los tribunales judiciales, los rebeldes terminaron asesinando al dictador Muamar el Gadafi.

En otros países como Omán, Baréin, Arabia Saudí, Yemen y Argelia, las protestas no tuvieron el mismo efecto y fueron brutalmente reprimidas por las fuerzas públicas, que se encargaron de silenciar directa o indirectamente a aquellos que protestaban a favor de la libertad individual. La Primavera Árabe o Revolución de los Jazmines también inspiró a los opositores chinos, quienes se manifestaron en contra de la dictadura comunista en Pekín, sin mucho apoyo. Mientras, en Siria, tras casi dos años de manifestaciones y guerra civil, no se puede derrocar aún al dictador Bachar al Asad, que cuenta con el apoyo de Rusia y China.

Algunos analistas coinciden en señalar que es muy pronto para hablar de los resultados positivos de las manifestaciones, incluso, habría una tendencia, principalmente en Egipto, a islamizar el proceso y establecer la agenda religiosa en el quehacer político. Existe un alto riesgo de convertir al país en un nuevo Irán, una de las últimas teocracias del mundo.

Lo cierto es que lo que pasó en Medio Oriente y Norte de África evidenció el mundo autoritario que sigue presente en algunas partes del planeta. Mostró también que la libertad individual es reclamada y defendida por cualquier persona, independientemente de sus condiciones socioeconómicas o culturales. Esa es una de las principales lecciones de la Primavera Árabe, lo que vino después es el resultado de otro tipo de intolerancia, la religiosa, que da pie a que se imponga el “Invierno Árabe”.

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