La deficiente y anquilosada administración colonial española de sus posesiones americanas, la difusión de ideas renovadoras y revolucionarias, el avance tecnológico que desarrolló los métodos de producción y generación de riquezas, así como el interés de imperios emergentes y más eficientes, colapsaron el imperio español y posibilitaron la independencia americana, como la gestada y realizada en Buenos Aires, hace 200 años.
Las invasiones inglesas revolucionaron el modelo español centralista existente en el Virreinato del Río de la Plata y desembocaron en los sucesos que significaron la independencia de los países sudamericanos a partir de 1810 y a lo largo de casi tres lustros.
Un imperio en decadencia
El reinado de Carlos IV de España fue sacudido por los efectos de la Revolución Francesa. El temor a un contagio de las ideas revolucionarias surgidas en el país vecino impuso el cierre de las fronteras españolas de los Pirineos y la política ilustrada vigente en esos días dio marcha atrás.
Las ofensivas fracasadas contra la República francesa, aliada con Inglaterra, fueron sustituidas por la alianza con Francia contra Inglaterra, cuya flota merodeaba constantemente las costas españolas, como una forma de mantener las rutas comerciales abiertas, transportando las mercancías en buques de guerra. La guerra franco-española contra Inglaterra llevó a la eliminación del poderío naval español con la derrota en Trafalgar (1805).
El tratado con Francia de 1804 llevó a España a caer bajo la influencia napoleónica y su flota quedó prácticamente bajo el control francés. España se veía encadenada a los intereses de una Francia enfrentada con toda Europa y, en función de ello, lanzada al torbellino bélico del expansionismo napoleónico.
Prosiguiendo su colaboración con Francia, España permitió la entrada del ejército francés, que pretendía atacar Portugal, tradicional aliado inglés. Pero, en marzo de 1808, el motín de Aranjuez forzó la abdicación de Carlos IV a favor de su hijo Fernando VIII.
La situación era bastante confusa: por primera vez en la historia española un rey era arrebatado de la corona por su propio hijo, sumado a la invasión napoleónica. Había una suerte de contraposición de sentimientos: por un lado la sociedad española se libraba de un rey impopular y de un valido, más impopular todavía, Manuel Godoy, pero a costa de la pérdida de su soberanía.
Esta situación era el comienzo de una serie de situaciones que iban a sucederse vertiginosamente, llevando al país a una larga guerra y en una auténtica revolución, cuyos resultados iban a dar lugar a la apertura de una nueva etapa en la historia no solo de España y de Europa, sino también a la americana.
Cambios en Europa y su repercusión en América
Los hechos que tuvieron lugar en el Río de la Plata en mayo de 1810 solo son explicables comprendiendo la situación europea, pues son resultado de una compleja serie de causas que determinaron dichos hechos.
Las dos potencias hegemónicas de la época, Francia e Inglaterra, estaban en guerra. La revolución industrial iniciada y desarrollada en Inglaterra había desatado una conflictiva carrera por el control de los mercados, disputando los de la manufactura francesa.
El traslado al Brasil de la corte portuguesa puso en un plano protagónico a la princesa Carlota Joaquina, hermana del apresado rey español Fernando VII, quien reclamó los derechos sobre los territorios del Río de la Plata. Por su parte, la Junta Central establecida en Sevilla para ejercer la soberanía española se abrogó el derecho sobre las posesiones coloniales en América.
En Buenos Aires, el poder virreinal estaba a cargo de un funcionario corrupto e inescrupuloso de origen francés, Santiago de Liniers y Bremond. Esa condición, lo que le hacía sospechoso de connivencia con Napoleón, fue objetada por el gobernador de Montevideo Javier de Elío, quien le solicitó su renuncia.
Liniers se negó a renunciar y Elío, negándole reconocimiento a su autoridad, propició la formación de una junta de gobierno independiente en Buenos Aires. En 1809 fue sustituido por Baltazar Hidalgo de Cisneros y se retiró a Córdoba, donde se hallaba cuando los hechos de mayo de 1810. Tuvo activa participación en las conspiraciones para restablecer el poder español, pero descubierto sus planes, fue fusilado.
Elío había aceptado la autoridad de Cisneros, pero este se enfrentó a graves problemas económicos. El comercio con España estaba prácticamente paralizado y campeaba el contrabando propiciado por los ingleses, además de las exigencias de los exportadores de comerciar directamente con los británicos, prescindiendo de las exigencias monopólicas del régimen español. El virrey Cisneros liberó a los comerciantes para traficar con los ingleses, pero los problemas seguían surgiendo en otros ámbitos.
La noticia de la prisión de los reyes españoles y formación de una Junta en Sevilla derivó en serios conflictos. Alguien se preguntó si debía seguirse la suerte de España o resistir en América: las Indias eran dominio personal del rey de España y el rey estaba impedido. Por lo tanto, las Indias podían gobernarse a sí mismas. Este pensamiento, conocido como el "silogismo de Chuquisaca", fue uno de los argumentos de los levantamientos subversivos en Chuquisaca y la Paz. El resultado: sublevaciones y la conformación de juntas a la manera de la de Sevilla.
Este alzamiento fue duramente reprimido por las autoridades españolas. Al conocerse estos hechos, una ola de disgusto sacudió el virreinato. Estos y otros acontecimientos iban acumulándose a la gestación de un levantamiento contra el poder español, además de los trabajos de algunas sociedades secretas.
Mayo glorioso
El 13 de mayo de 1810, pese al intento de censura de Cisneros, se conoció en Buenos Aires que la Junta Central de Sevilla, último bastión del poder español reconocido por los americanos, había caído en manos de Napoleón y que fue sustituida por un Consejo de Regencia.
Este hecho puso en entredicho la legitimidad del poder de Cisneros y de los principales líderes políticos bonaerenses, incrementaron sus reuniones conspiraticias y exigieron al virrey la convocatoria de un Cabildo Abierto, con el fin de tratar la situación del virreinato después de los acontecimientos en España. Cisneros, obligado por el doctor Juan José Castelli y el coronel Martín Rodríguez, accedió a la convocatoria para el 22 de mayo.
En la mañana del 21 de mayo se reunió el Cabildo para sesionar ordinariamente, pero tuvo que interrumpirla cuando una multitud reunida en la plaza exigió la reunión del Cabildo Abierto. Los cabildantes accedieron y confirmaron la convocatoria para el día siguiente. Ese día, se reunieron 251 de los 450 cabildantes invitados. Muchos de los vecinos europeos, especialmente españoles, fueron forzados a ausentarse.
En aquel Cabildo Abierto tuvieron brillante intervención líderes revolucionarios como Castelli, Juan José Paso, y al final, se aprobó la destitución del virrey Cisneros, aunque sin ponerse de acuerdo sobre quién debía sustituirlo y cómo.
Por sugerencia de Cornelio Saavedra un prestigioso militar se decidió que fuera el Cabildo el que designara una Junta de Gobierno. El Cabildo, burlando la voluntad popular, nombró una Junta presidida por Cisneros, lo que produjo una reacción de las milicias. El coronel Rodríguez exigió una definición de la situación, amenazando con un levantamiento popular.
En la noche del 24 de mayo una delegación encabezada por Castelli y Saavedra obtuvo la renuncia de Cisneros y la disolución de la Junta de Gobierno, convocando al Cabildo para la mañana del 25 de mayo.
Ante nuevas dilaciones del Cabildo, el jefe de los chisperos Antonio Luis Beruti amenazó con un atropello cívico-militar, lo que convenció a los cabildantes a anunciar la conformación de una nueva Junta de Gobierno, presidida por Cornelio Saavedra, con Mariano Moreno y Juan José Paso como secretario y seis vocales: los patricios Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Miguel de Azcuénaga, Manuel Alberti y los comerciantes Juan Larrea y Domingo Matheu.
Por política al decir de Saavedra "fue preciso cubrir a la junta con el nombre del señor Fernando VII a cuyo nombre se estableció y bajo de él expedía sus providencias y mandatos". Efectivamente, el acta firmada en aquella ocasión rezaba: "Se depuso al virrey en nombre del Rey". Pese a parecer un contrasentido, prometer fidelidad a un rey preso era un acto de independencia: Fernando VII estaba en poder de Napoleón (nadie, entonces, avizoraba que el Gran Corso sucumbiría en un lustro), además, la coyuntura internacional obligaba a contar con la benevolencia inglesa.
El sol de mayo iluminó radiante en el Río de la Plata.