Abrazada a las matemáticas

María Stella Marés (82) no es artista, pero muchos le piden selfies cuando la encuentran por casualidad. Maestra por vocación, su excelencia en la docencia sigue activa y cotizada, “todavía me llaman para encargarme del examen de ingreso a Medicina”, relata, sin presunción, una de las primeras paraguayas licenciadas en Matemática.

Abrazada a las matemáticas
Abrazada a las matemáticasArchivo, ABC Color

En esta época de riesgo sanitario, Stella vive refugiada en sus libros, aprovecha para ordenar, limpiar o escribir. En su casa de barrio Jara la acompañan dos nietas jóvenes y profesionales. “He abrazado la matemática toda mi vida, tengo 60 años de docencia, formé a muchos alumnos que hasta hoy día me recuerdan con cariño”, cuenta.

María Stella nació en Asunción un 28 de febrero, es hija de paraguayos y nieta de europeos, excepto su abuela materna que era uruguaya. “Mis abuelos paternos salieron de España por disidencia política; mi abuelo, Pedro Marés, era republicano y odiaba a Franco; mientras que mi abuelo materno, Joaquín Casal Ribeiro, era comerciante y viajaba mucho”. Los recuerdos familiares suman, Stella intenta simplificar los datos: “Mis tíos Marés eran importadores en Paraguay de raquetas de tenis Slazenger y cosméticos Maja, fundaron la primera imprenta, la de los cuadernos escolares Humaitá. Además, introdujeron el mundo del arte en Asunción a través de sus contactos diplomáticos. Mi papá fue fundador y presidente del Centre Catalá y Amigos del Arte. Los Marés eran tenistas –casi todos campeones– y abrieron las primeras canchas en Asunción, funcionaban en la casa de mi abuela, sobre la avenida España; luego fundaron el Paraguay Lawn Tennis Club”.

Por el lado materno, Stella recuerda especialmente a su tío Raúl Casal Ribeiro, político; fue jefe de policía en la época de Eligio Ayala, senador y ministro de guerra en la época de Guggiari, y vicepresidente en la época de Eusebio Ayala. “Resumiendo, mi mamá, María Stella Casal Ribeiro, se casó con mi padre, Enrique Marés Lind (ambos paraguayos), y tuvieron dos hijos: mi hermano –ya fallecido– y yo”.

Joven, viuda y licenciada

Como tantas personas mayores, Stellita, como le dicen solamente en su familia para distinguirla de su madre (Stella), vive parcialmente recluida en su casa por la pandemia; no obstante, su mente sigue ágil. Sale para lo indispensable. Todavía maneja. Su hija, Rocío Galiano, nos ubica: “Mi papá, Manuel Galiano Mazó, murió de cáncer y mamá quedó viuda a los 33 años; yo tenía 4 años y mi hermano Manuel, 6. Mi mamá se crio en una familia por demás interesante y, por parte de mi abuela, muy católica. Fue una persona que tuvo claro que tenía que valerse por sí misma. La recuerdo hiperactiva, enseñando de mañana, tarde y noche, siempre con su autito a la facultad. Por suerte tuvimos abuelos paternos y maternos muy presentes. Cuando yo tenía 12 años se volvió a casar con Osvaldo Camperchioli Ugarte y vivieron juntos hasta hace 3 años, cuando él fallece de cáncer”.

Rocío está muy orgullosa de su madre, no solo por el ejemplo de preparación académica que le dio, sino por el respeto que le demostró: “Yo siempre participaba contra la dictadura y ella jamás me cuestionó, a pesar de que podía afectarla en su puesto (en la Universidad Nacional de Asunción). Una de las lecciones de vida que me inculcó fue el sentido de justicia, también en lo personal. Ella le hizo un juicio laboral a la Universidad Católica cuando no quisieron contratarla por estar en pareja con un hombre divorciado; 4 años después ganó ese juicio, sentando precedente para otros docentes y casos de problemas laborales”.

La protagonista

“Le dije a Rocío que no soy de andar ventilando mi vida, pero ella insistió en que compartiera mi historia, y bueno, te di mi palabra y voy a cumplir”, afirma esta profe de matemáticas que formó a miles de alumnos a lo largo de décadas en nuestro país. Stella descubrió muy joven su amor por las matemáticas. “No me gustaba estudiar nada de lo leído, yo era bastante fiestera (ríe), me di cuenta de que matemática me apasionaba y que aprendía directamente de lo que la profesora enseñaba en la clase. Cuando terminé el bachillerato me fui de vacaciones cinco meses a Europa con mi papá y una tía. Mi familia es de Catalunya, específicamente del golfo de Rosas (Girona). Cuando regresé había muy pocas carreras acá, la de matemáticas era una de ellas. Mujeres contadas con los dedos estudiaban a nivel universitario en aquella época.

–¿Elegir estudiar matemática era para usted tener que ser docente?

–No, la verdad que primero me gustó matemática, calcular y, luego, la opción 2 es enseñar. Al notar que mis alumnos entendían con facilidad, nació mi amor por la docencia; enseñaba bien, tenía mi método. Hasta hoy mis alumnos me saludan contentos cuando me encuentran en el banco o en el súper. Estuve 26 años en la UNA y en universidades privadas, y cuando eso eran 60 o 70 alumnos por clase.

–Hacer amar las matemáticas es un mérito.

–Matemática está en casi todas las carreras y con muchos nombres, como Álgebra lineal, Estadística, Lógica matemática, etc. Me deja feliz, me enorgullece el haberles podido dar una base para el pensamiento y la lógica, por ende, para cualquier área del conocimiento.

–¿Qué le apasiona más hoy: calcular y resolver o crear exámenes y enseñar, corregir?

–Enseñar, pero para hacerlo bien primero tenés que preparar tu clase. A mí todavía me llaman para los exámenes de ingreso a Medicina, que hoy día se hacen por selección múltiple. Hoy todo se corrige por computadora, pero es el profesor el que coloca los datos correctos en ella.

–Enviudó muy joven de su primer marido, ¿fue la preparación académica su gran carta de sobrevivencia?

–La viudez desde muy joven me ayudó a trabajar porque tenía que criar a mis hijos, mi familia me ayudaba para la crianza, pero era yo la que salía desde muy temprano hasta las 10:20 de la noche. Nunca me dejé estar, iba a congresos, me actualizaba, porque para enseñar tenés que superarte constantemente. Gracias a Dios tuve y tengo buena salud.

Estudiante paraguaya en París

Stella tiene una maestría en París, nada menos que en La Sorbonne, fue una de las primeras profesoras paraguayas en especializarse en Francia. “Resulta que una de mis tías, que dominaba el idioma francés, era muy amiga del Gobierno francés acá en Paraguay, ella me consiguió una beca, pero era una beca pobre económicamente; afortunadamente tuve ayuda de mis padres que me enviaban dinero. Yo viajé a París en el año 61, no fui al edificio antiguo de La Sorbonne, sino al nuevo, donde se estudia ciencias exactas. Pero ellos (el Gobierno francés) estaban muy interesados en que los becados conocieran París y toda la campiña francesa, nos daban facilidades para viajar, para entrar a museos, a espectáculos culturales. Al llegar aprendí francés, viví en el Barrio Latino por unos meses y después conseguí instalarme en la ciudad universitaria; todos querían ir ahí porque podías conocer a un montón de estudiantes de todas las carreras. Recorrí toda Francia en poco más de un año. Fue una época maravillosa de mi vida.

–Académicamente, ¿cómo se sintió allá?

–La realidad fue que yo llegué como Licenciada en Matemática, ¡pero no entendía nada! ¡No distinguía el cero de una argolla! Nuestra base era otra totalmente. Ni en 5 años de estudio yo iba a igualarlos. La diferencia era como el cerro Lambaré y el Everest. Así que puse mi cabeza en funcionamiento para resolver aquel problema.

–¿Cómo lo resolvió?

–Pensé un mes más o menos y decidí ir a hablar con mi tutor. Le fui franca respecto a mi base de estudios, él me escuchó y no quiso que dejara. Entonces les propuse que me dieran el pensum de la carrera y así yo podría elegir algunas materias que me servirían a futuro en Paraguay. Así que tomé 4 materias de licenciatura y regresé como una doctora. Al finalizar el estudio, allá te evaluaban en todo sentido, tras esa evaluación me ofrecieron quedarme unos años más. Pero mi mamá requirió mi presencia porque mi hermano estaba enfermo. Así que tomé la decisión familiar de regresar, lo hice con el dolor de mi alma. Siempre quise volver, y ahora ya no quiero irme sola... Muchas veces pensé que si me quedaba ya no regresaba; pero volví, habrá sido el destino.

–Además de matemática, ¿alguna otra materia le interesaba profesionalmente?

–Matemática, sin duda, en primer lugar, luego Filosofía. Ambas son parecidas, hay que pensar. Suele visitarme mi amigo, el profesor Juan Andrés Cardozo, con él charlamos de filosofía.

–Doy por hecho que tiene una nutrida biblioteca.

–¡Ay!, ¡tengo! Y a ninguno de mis 6 nietos le apasiona matemática. Yo era de comprarme libros. Cuando me jubilé, me contrataron en diferentes facultades. Cuando cambió el método, compré libros sobre selección múltiple, los compraba en Brasil porque tenía una amiga que era de Bahía e íbamos con frecuencia.

–Por eso la llaman como examinadora en la Facultad de Medicina, está siempre actualizada.

–La ley dice que hasta los 75 años podés examinar, pero en Medicina (cuyo problema gravísimo es que tienen pocos lugares para los 700 u 800 postulantes) me llaman desde el 2017. Prefieren gente que ya tiene experiencia. Hasta este año tomé incluso examen presencial, pero en muchas aulas no soy yo la que cuida a los alumnos (cuidar es que no copien), lo que yo hago es preparar los ejercicios para que los corrija la computadora.

–¿Es infalible la corrección por computadora?

–Claro que no, los profesores nos podemos equivocar. El alumno puede reclamar el resultado.

–¿Cuál es el resultado como mujer de décadas de cálculo, de exactitud?

–¡Ah, ya te estás poniendo brava!, así que vamos terminando. Soy una mujer que no le gusta lo que no es claro o no se entiende bien, eso en cualquier actividad de mi vida. También me gusta que se sea justo, sobre todo en lo laboral. Yo soy muy católica, pero también muy justa en cuestión de derechos, por eso entablé el primer juicio laboral contra la Universidad Católica y lo gané, imaginate que no me quisieron nombrar por una condición personal, privada. Mi vida nunca fue fácil y siempre fue de lucha.

Computadora, “un armatoste”

Socio fundadora de la Sociedad Paraguaya de Computación y Proceso de la Información, Stella rememora: “Comencé trabajando como docente y era ayudante en el Instituto de Ciencia. El 8 de julio de 1970 llegó la primera computadora a Paraguay, tenía el tamaño de una pieza de 4 x 4, ¡era un armatoste!, tenía que tener un aire acondicionado que te congelabas”.

El grupo que trabajaba en el departamento de Ciencias Exactas estaba compuesto por los ingenieros: Meyer, Benza, Feliciángeli, von Lucken y, la única mujer, la Licenciada en Matemática, Marés. Ellos formaron la primera asociación de informática. El edificio se construyó para la llegada del computador que compró el Gobierno paraguayo; todavía está la casa, frente a San Miguel, sobre la avenida España. “Para nosotros era algo grande, yo no entendía nada, los ingenieros eran los que manejaban, ellos dejaron de enseñar para dedicarse a la computación, y entonces las chicas que estábamos ahí nos hicimos cargo de dar clases”. La profesora Marés es además socia fundadora de la Sociedad Matemática Paraguaya.

Por: lperalta@abc.com.py

Fotos: ABC Color/Silvio Rojas/Gentileza.