Mártir y gloriosa
Según relata doña Ramona Ynsfrán de Codas, hermana de Juliana Ynsfrán, esposa del coronel Francisco Martínez, comandante de la guarnición de Humaitá y primas del mariscal Francisco Solano López, “cuando mi cuñado, el coronel Martínez, se vio en la dura necesidad de rendirse con sus extenuadas y exiguas fuerzas, el mariscal hizo comparecer a mi hermana Juliana, en San Fernando, ante el tribunal de cuarta comisión, y allí se le preguntó si tenía conocimiento de la conspiración tramada contra la vida del mariscal; mi hermana contestó que no, entonces se le dijo que un sacerdote y un cirujano habían declarado contra ella, se la quiso obligar lo que no podía saber caso de existir, puesto que ella era de las que acompañaba a la Lynch, como no se pudo obligar a que mintiera para justificar la traición de que se acusaba a su esposo, fue allí mismo azotada y puesta en el ‘cepo colombiano’, suplicio atroz en que la víctima es descoyuntada poco a poco.
“‘¡Soy inocente!’ –exclamaba en medio de su dolor–. ‘¡Quitadme la vida!, ‘¡socorro!’, ‘¡misericordia, Señor, Dios mío!’, y en tanto la Lynch no cesaba de hacerle decir que confesase su supuesto ‘crimen’ y que ella imploraría ‘la clemencia’ del mariscal. A partir de aquel momento no hubo tormento, por atroz y salvaje que fuera, que a mi pobre hermana no se le sometiera.
“López daba orden de que se la abofeteara y se le mesaran los cabellos, los cuales al fin le fueron arrancados a mechones, la pobrecita resistía todas las torturas y en presencia de aquel valor sobrehumano, el salvaje tirano se enfurecía y mandaba redoblar la barbarie de los castigos; quiso deshonrarla haciéndola víctima de calumnias sospechosas sobre su honor y ante la eterna protesta de su casi moribunda existencia, aún el tigre llevó a lo inconcebible sus iras con la mártir mandándola encerrar en una habitación oscura con un fornido negro para que la ultrajara. Al fin, el 21 de diciembre de 1868, antes de comenzar el famoso combate de ‘Itá Ybaté’, fue fusilada por la espalda como ‘traidora a la patria y al supremo gobierno’”, juntamente con Benigno López Carrillo (hermano del mariscal), José Berges, el obispo Palacios, el deán Benítez, los generales Bruguez y Barrios (cuñado del mariscal), Dolores Recalde y otros más que suman poco más del centenar de personas, luego, lógicamente, de bárbaras sesiones de tortura.
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Estos desgraciados están enterrados en fosas comunes, como a un kilómetro al norte de Itá Ybaté, en el lugar conocido como “Curuzú Pa’i”, donde un modesto nicho recuerda a aquellos infelices.
Monumento privatizado
Dice la Constitución Nacional que los monumentos son los monumentos y sus entornos. Bueh…
Eso dice la Constitución, que a nadie le importa. A nadie.
Y a ningún otro como al que privatizó el entorno del monumento dedicado a la batalla de Itá Ybaté, la que tuvo lugar entre el 21 y 28 de diciembre de 1868, y que significó la debacle del Ejército paraguayo.
Ese sitio es del Estado paraguayo, creo que está catalogado como Parque Nacional. Ahora, por desidia de las autoridades –que años atrás permitieron el rapiñaje de las placas y bustos de bronce–, se abandonó.
(Hace seis años adquirí un busto de cemento y lo coloqué en su sitio, en remplazo del de bronce que había sido robado, y con unos amigos mandamos pintar el obelisco del lugar).
La parte hoy privatizada es donde estaba el puesto comando del mariscal López y donde se encuentra el casi bicentenario árbol de timbó, toda una reliquia natural e histórica, en cualquier momento talado.
Todo esto ocurre con el patrimonio histórico paraguayo, mientras las autoridades paspan moscas.
Los guerreros también saben llorar
Mientras se esperaba el regreso del capitán Salinas, parlamentario boliviano enviado, al amanecer del 29 de setiembre de 1932, ante los jefes paraguayos para concertar una tregua, para enterrar a los muertos dentro del fortín Boquerón y pese a que aún no terminaba el fuego contra las posiciones paraguayas, según cuenta el boliviano teniente coronel Cuenca, “mi sorpresa fue grande, al encontrar ya en nuestras trincheras soldados paraguayos en conversación con los nuestros. Interrogado el motivo, me dicen que fusileros conducidos por oficiales audaces se aproximaban hacia nosotros en sitios donde ya no había vigilancia por la falta de clases y oficiales.
“Ofrecianles galletas y agua, indicándoles que se había concertado una tregua para enterrar a los muertos…”.
Ya finalizada la heroica batalla, cuenta el mayor Alberto Taborga, “el coronel Gaudioso Núñez, comandante de la II División paraguaya, hombre infinitamente humano y exquisito ‘gentleman’, nos retiene en su puesto de comando. Sus oficiales y soldados nos observan como ejemplares raros. Nos ofrecen reparador mate con leche condensada y galletas. Mezclo estos elementos con dos latas de ‘corned beef’ de fabricación argentina. Ninguno de nosotros se cuida de engullir raciones que por fuerza tendrán que enfermarnos… De pronto, aparece el coronel Marzana, saliendo de una picada, le conducen con los ojos vendados. Le contemplamos absortos. Las gargantas se anudan, las lágrimas inflaman los ojos resecos, imposible de contener los sollozos…
Gaudioso Núñez ordena:
¡Oficiales y soldados del Paraguay, saludad las lágrimas de estos valientes! ¡Los guerreros también saben llorar!… ¡Atención!”.
“Todos se cuadran y saludan, ellos también lloran. Son los soldados que por veintitrés días nos han atacado furiosamente, hasta vencernos”.
surucua@abc.com.py