El aura del arte en tiempos de pandemia

«Esta obra misma, Aura latente, es un libro hermoso, inteligente, y enseña», escribe el sociólogo José Carlos Rodríguez sobre el recientemente publicado trabajo del crítico y antropólogo Ticio Escobar.

Ticio Escobar: Aura latente, Asunción, CAV/Museo del Barro, 2020, 308 pp. (Foto: Julián Sorel)
Ticio Escobar: Aura latente, Asunción, CAV/Museo del Barro, 2020, 308 pp. (Foto: Julián Sorel)gentileza

Aura latente, el nuevo libro de Ticio Escobar, recientemente editado, es un síntoma del tiempo actual. Un hijo del coronavirus y sus angustias. Pero eso dice poco. Todo lo que hacemos es síntoma de su época. En cambio, no todo lo que hacemos es una obra que encara y desenmascara su tiempo. Esta sí es una obra que, como tal, expresa y suscita entendimiento. Está basada en una erudición sistemática: en más de medio siglo de trabajo y en una madura crítica de arte. Aclarando que, para Ticio, la crítica es proponer a los demás una interpretación válida sobre la producción de las artes visuales.

Esta obra misma, Aura latente, es un libro hermoso, inteligente, y enseña. Hace patentes muchas y valiosas latencias de la condición del quehacer artístico; es éste el más «globalizado» de sus trabajos. Ticio testimonia, elucida, inquiere, problematiza, discute, tematiza, propone y expone sobre cuatro troncos temáticos: estos cuatro mares temáticos de Aura latente no caben en el dedal donde serán referidos brevemente:

–La «muerte» del arte, que se refiere al lamento sobre cierto crespúsculo o decadencia creativa; muerte del arte, en la que Ticio practica una voltereta. El aura, después del éxtasis o el exceso, se agota. Es la pequeña muerte (petite mort) de los amantes agotados y desvanecidos. Un vado en el torrente de la pasión. El arte está invadido, acorralado, viralizado, ubicuo y traspasado por el tsunami mercantil-capitalista que impulsa representaciones compulsivas y anonadantes; pero el arte se hace nomás el muerto y goza de una salud imprevisible.

–La (re)definición del arte, cuya inocencia y confusión se ponen en duda. Ya que el oficio del arte incomoda los moldes y las ortodoxias. Desde una definición del arte como aura, con el abordaje de Walter Benjamin, Ticio cree en una patencia que siempre deja tinta latente en el tintero. Y prefiere no cerrar ni encerrar el arte en un concepto. Prefiere demoler murallas y hacer puentes. Ya que los límites del arte siempre se extralimitan. Mejor dejar jugando a las partidas de la conmoción y de la belleza.

–La relación del arte con la política es siempre litigiosa, una disidencia. Un clásico. Se contraponen. Porque la política es orden, poder, aduana y ley. El arte es profecía, deconstrucción de certezas, invención de paisajes y utopías. Paraje fronterizo de liberación y apelación a transgresiones fantásticas. Se contraponen... Pero casi se olvidó Ticio de la política amiga del arte. Desde la hora del chacal en que estamos, en las tinieblas de una política mundial y local desquiciadas, se le empañó un poco a Ticio el recuerdo de las veces en que también tuvo lugar una política amiga del arte y un arte cómplice de la política bonachona. Una política acogedora, de mecenas y comadrona. Una experiencia practicada también en el país que vivimos: recordar el Bicentenario, 2011, y, antes, la Municipalidad de Asunción, 1991. Pudo entonces y, entonces, puede la política reconocer y refrendar nomás, sin mando ni comando, la creación artística que embellece, engrandece e ilumina el sentido de la vida y su disfrute.

–Y, el último tópico temático, no final, ni menos importante, es sobre el arte indígena, o de extramuros: aura, belleza y esplendor de los otros. La obra Aura latente es fronteriza entre pueblos: un adentro donde ellos no hablan hace 5 siglos. Y, entre los de adentro –los de la «isla rodeada de tierra» que definió Roa Bastos– y los de muchos afueras o extranjerías, eventualmente insidiosas, negacionistas por momentos, invasoras con frecuencia y, en algunos casos, muy generosas.

Paraguay, más que toda América Latina; como toda América, incluyendo el norte –cada día más bananero–, está fracturado y no solo fragmentado en lo social, en lo político, en lo afectivo, en lo familiar y en lo económico. Paraguay es un país extremo de un continente neocolonial, aunque también anticolonial.

Aura latente prosigue una docena de libros en que Escobar despliega sus temas: el arte siempre como heurística de su mirada; su relación con las culturas, con la sociedad asimétrica; con las crisis de paradigmas, desde un abordaje neocolonial, y con un énfasis rotundamente propositivo. Es la continuación de una trayectoria intelectual de cuarenta años, con prisas, sin pausas.

El ensayo es su género, que no ha sido el único, pero sí el preferido de Ticio. Le queda cómodo. No como un borrador, porque está meticulosamente pulido, sino como una hermenéutica que le permite transitar entre disciplinas distintas: filosofía, estética, historia, antropología, política, literatura y semiótica. A Ticio le gusta navegar en el mar de esas fronteras. Pero sin hermetismo. Ticio pone candelas de luz en sus renglones con una elocuencia y con una cordialidad que alumbra y asiste al visitante o huésped inseguro de sus escritos.

El autor se declara autodidacta. No porque no fuera capaz de aprender de muchos y, en particular, de algunos/as. Como de Livio Abramo y la Branislava Susnik en los años de iniciación académica del autor. Pero, aunque se dejó enseñar, en realidad Ticio no prosigue el itinerario de una tradición precedente. Hizo camino al andar. Su obra no se recluye en el arte, como Livio; ni en la antropología, como Susnik. Sigue otro andarivel.

Ticio practica una insurrección cultural antidiscriminatoria. Por ejemplo, en el Museo del Barro que dirige y que organizó con compañeros que están ahí o ya partieron. Ahí se sientan a la misma mesa lo indígena, lo ilustrado y lo popular. La tabla redonda, sin cabecera, sin jerarquías, donde, como colegas creadores, departen y conviven con el arte de las plumas, el barro, y el óleo. Es la contradiscriminación de lo «culto» (o caté) en contra de lo «chokokue» (o koygua) y en contra de lo «indígena» (o avá). Sin negar identidades, se cancelan las asimetrías injustas. Es una praxis culturalmente insurgente, rotundamente propositiva.

josecarlos.raz@gmail.com

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