El apoyo de tío Rubén

La realidad material nos recuerda que somos finitos, que cada uno nace con un reloj al que algún día le faltarán las cuerdas o las pilas. Y no hay forma lógica ni ilógica de engañar a la muerte. Pero mientras pasen los minutos se puede marcar la diferencia. Ni antes ni después, ahora. Un presente continuo nos recuerda que estamos vivos y que en todo momento tomamos decisiones. La muerte nos hace pensar y nos ayuda a descubrir que la eternidad es la mayor de las ficciones.

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Rubén Bareiro Saguier decía en su preludio a Ladera de la tarde y otras resurrecciones (Servilibro, 2007): «¿Y qué es la vida sino una sucesión dispar de avatares?». Los desafíos que tuvo que enfrentar el Premio Nacional de Literatura 2005 fueron sin dudas gigantescos y crueles. Persecución y exilio resumen la vida del gran escritor, que además tuvo el privilegio de ser director de Investigaciones del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia.

Luchó contra un sistema autoritario que debía liquidar a la disidencia, al pensamiento libre, y en la literatura encontró un refugio de esperanza. Lo que las leyes o la cachiporra prohibían, las plumas lo supieron liberar. Durante su enfrentamiento con la dictadura stronista, la esperanza estaba prohibida; hoy simplemente parece olvidada. Como que vivimos en una sociedad un poco cómoda, conformista, que se resiste a cambiar de paradigmas sociopolíticos y económicos.

Algo que hay que rescatar enormemente de Rubén Bareiro Saguier, además de su poesía o su cuento, es la visión crítica que tenía del país. Siempre se lo podía ver en las libroferias de Asunción, en Villa Morra, alentando a las nuevas generaciones a no decaer ante la mediocridad, a no sucumbir ante la barbarie. A no temer a la violencia con que se impone la ignorancia. En la cita literaria del 2012 me había dicho que la política, a pesar de los cambios que se habían dado en 2008, apestaba y que se tenían que dar enormes transformaciones antes que se pueda lograr un Paraguay mejor. Aun así, insistía en que los jóvenes puedan ser los actores de esas revoluciones. También me había manifestado que durante su juventud hizo todo lo que estuvo a su alcance para enfrentar la oscuridad política e intelectual y que a su edad se sentía bien, pleno consigo mismo.

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Su amor por la juventud lo llevó a enseñar en Francia y a ayudar a los poetas y escritores que recién comenzaban a practicar con las letras en nuestro país. En el año 2006 fue uno de los principales artífices y colaboradores de la Red Estudiantil de Academias Literarias (REAL), que se fundaba con el fin de aglutinar a los académicos literatos de distintos colegios de Asunción. Los propios estudiantes de ese entonces les rindieron un homenaje a él y a otros grandes de nuestras letras.

Y eso es algo raro, en un periodo en que varios colegas intentan minimizar a las nuevas voces, a los teclados renovadores que no se amoldan a los estándares establecidos. El tío Rubén fue uno de los que no dieron la espalda a la juventud, fue uno de los escasos intelectuales que no ningunearon a los noveles escritores que intentan ganar un poco de reconocimiento en un lugar donde todavía es peligroso ser escritor.

El tío Rubén se enfrentó a la dictadura, a la ignorancia sistematizada, a la vulgaridad intelectual. Los jóvenes escritores de hoy enfrentamos a la chabacanería institucionalizada, a la mediocridad galopante y a la indiferencia social. Son dos realidades que se entremezclan para demostrarnos que todavía hay mucho por hacer en el país, que la cultura necesita constantemente renovarse y redescubrirse.

Así como la naturaleza nos recuerda que la muerte forma parte de ella, también nos muestra que podemos disfrutar mientras no llegue. Una buena forma de hacerlo es releyendo al tío Rubén o a los nuevos e inquietos escritores que se abren camino. Al menos, serán segundos llenos de ideas y letras, muchas letras.

equintana@abc.com.py

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