El maestro Amaral

Ha fallecido D. Raúl Amaral. Así me lo han comunicado Delfina Acosta y Amanda Pedrozo hoy domingo día 3 de diciembre. Ante la muerte de un amigo admirable no existe el antídoto opaco del autoengaño. Es imposible mantener un pensamiento artificial y, en consecuencia, propio de la ficción literaria, cuando la muerte cubre un espacio vital que desde ese momento quedará vacío. Cuando se sabe que la ausencia va a ser eterna nuestra existencia ya no será la misma para los que nos quedamos.

Raúl Amaral, paraguayo nacido en Argentina, cuyo origen vasco-brasileño siempre reivindicó con orgullo, ya no podrá explicarnos si La selva, la metralla y la sed de Silvio Massia, Bajo el signo de Marte de Justo Pastor Benítez, y Polvareda de bronce de José Dolores Molas son crónicas de la Guerra del Chaco o novelas de inspiración autobiográfica, o si el novecentismo paraguayo tuvo influencia en la gestación de una literatura ficcional posterior o no. Estas disquisiciones quedan aparcadas para nuestro reencuentro en la eternidad. Son preguntas que hemos recibido como herencia suya y que esperamos ir solventando con el paso de los años.

La obra humanística de Raúl Amaral es, posiblemente, una de las más grandes de la historia de la cultura paraguaya. Nadie como él supo desgranar datos, ofrecernos conclusiones edificantes, descubrirnos obras y valores en el ámbito de la escritura.

Sus obras siguen siendo un punto de referencia para todo investigador de la literatura como de otros ámbitos como la filosofía o el pensamiento. No recuerdo en cuántas ocasiones puedo haber consultado La literatura del romanticismo en el Paraguay, en su edición de El Lector de 1996, pero no exagero si afirmo que fueron más de doscientas las ocasiones. En 1993 encontré sus Escritos paraguayos: introducción a la cultura nacional (Asunción, Mediterráneo, 1984) en la Biblioteca Hispánica de Madrid, y fue un gran acercamiento a figuras como Ignacio A. Pane, Cecilio Báez, Manuel Gondra, o el mismo Gabriel Casaccia, cuando apenas no conocía más que a cinco o seis figuras de las letras paraguayas. Recuerdo otras obras suyas como Las generaciones en la cultura paraguaya, ensayo de interpretación bibliográfica (Asunción, Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos, 1976), El modernismo poético en el Paraguay (1901-1916), Asunción, Alcándara, 2ª edición, 1982, sus artículos para la revista científica mexicana Cuadernos Americanos, o esos magníficos prólogos a La noche antes de Martín de Goicoechea Menéndez y La raíz errante de Natalicio González, donde se involucra en la desmitificación de algunos tópicos establecidos en la historiografía de la literatura paraguaya partiendo de que esta novela fue escrita en 1937, aunque fuera publicada en 1953, en México, con lo que no se aleja tanto de la fecha de composición de otras “novelas de la tierra” hispanoamericanas, razón por la que se puede debatir e incluso rebatir la idea del presunto anacronismo de la narrativa paraguaya. También sus afirmaciones sobre la existencia de una narrativa testimonial de la contienda del Chaco contradecían la aseveración de la falta de obras sobre la misma, con excepción de Valdovinos y Villarejo, y la adjudicación de los tres tramos del modernismo en el país que lo adoptó como ciudadano.

O esa maravilla que es Poesías del Paraguay, un libro que reúne lo mejor de la poesía paraguaya con una amplitud de miras estéticas ejemplar. Raúl Amaral fue el gran conocedor de las obras paraguayas que no conocían ni los paraguayos, como demuestra en su reciente edición de El novecentismo paraguayo (Servilibro, 2006), obra que aglutina tres décadas de investigaciones sobre el tema.

También son ilustrativas de su creación las obras historiográficas, como Antecedentes del nacionalismo paraguayo. El grito de Piribebuy (12 de agosto de 1919) o Los presidentes del Paraguay. Crónica política (1844-1954). Y en el ámbito de la ficción sus poemarios, muy en la línea impresionista subjetiva, como son La sien sobre Areguá (1983) y El León y la Estrella (1986). En el ensayo puro destacó con Breviario aregüeño de Gabriel Casaccia (1993). Un cúmulo de obras demostrativas de su formación intelectual, pero también de su ambición lírica. Admirador de Juan E. O’Leary, a quien llamaba “el maestro”, y del krausismo, nos deja pendiente de consulta sus voluminosas carpetas repletas de fichas de obras y anotaciones de trabajo acerca de diversos temas de su interés. Muchas veces me habló de ellas, pero nunca me las enseñó, más que nada por la distancia física que nos separaba. Sin embargo, en nuestra extensa correspondencia, que mantuvimos viva hasta que su cuerpo dijo que ya estaba bien de escribir a mano en aquellas cuartillas de líneas, me ofrecía datos sugerentes y pistas para futuras investigaciones.

Nos ayudaba a quienes indagábamos en lo desconocido, a quienes buscaban lo inencontrable. Siempre me esperaba en su domicilio de Mariscal Estigarribia, entre 22 de Septiembre y Mayor Bullo, junto a la muralla blanca, con su banderita vasca a su lado, símbolo de su vínculo intelectual con la Península. Me sorprendía porque era capaz de enseñarme aspectos de la vida española que yo mismo desconocía. Incluso en el mes de abril pasado, me recibió postrado en su lecho para darme un enorme abrazo fraternal y comentarme con lucidez que estaba orgulloso de mi trabajo sobre la literatura de su país.

D. Raúl ha sido nuestro profesor y personas como Teresa Méndez-Faith, Manuel Rivarola y yo siempre le estaremos agradecidos a su empeño y su magisterio, aunque los años de edad que nos separaban nos obligaban a seguir métodos de análisis muy distintos y a veces opuestos. Su sabiduría no se perderá nunca porque nos la “prestó” a algunos afortunados. El Paraguay le debe un homenaje porque gracias a Vd. sus letras han salido de los cajones de los escritores. ¿Quién si no Vd. fue el primero que nos habló de Don Inca de Ercilia López de Blomberg? Pues hoy en día se ha hablado de esta obra en congresos literarios internacionales. De ahí nuestra deuda y la de la literatura paraguaya con él. Descanse en paz: su memoria permanece entre nosotros.

José Vicente Peiró
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