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29 de Abril de 2018

| Cine

Las herederas de una lucha

Por Julio de Torres

Sobre el largometraje dirigido por Marcelo Martinessi “Las herederas”, ganador de dos Osos de Plata en Berlín, entre otros reconocimientos, y estrenado este mes en Paraguay.

–Es que no entiendo qué eres. 

–Soy lo mismo que tú.

Una mujer fantástica

La banalización de la condición de trans ha sido siempre una constante del teatro y el cine nacionales. En el cine paraguayo, dos películas –curiosamente, de los mismos realizadores– demostraron que está todo bien ser una persona trans mientras se divierta al público. Una opción funcional a la necesidad de entretener. En el teatro ocurrió –y ocurre– lo mismo: en una comedia es indispensable, o un homosexual, en lo posible amanerado, o una persona trans haciendo farsa. Si no fuera por 108 y un quemado, de Agustín Núñez, estrenada célebremente en el 2002, un numeroso público no se enteraría de las atrocidades cometidas contra los homosexuales por el régimen stronista. 

Orgullo, hipocresía y castigo 

Las herederas, de Marcelo Martinessi, ficción recientemente estrenada en Paraguay, no sólo es una película paraguaya que alcanzó notabilísimos galardones internacionales, sino también la primera que describe un universo desconocido, vulnerable, sin banalizarlo.

Un miembro de cualquier colectivo LGBT, en una sociedad hipócrita como la nuestra, no es molestia siempre que cumpla una función banal que mínimamente se aproxime al entretenimiento de la «gente normal». Esa sociedad sería descrita magistralmente por Renate Costa en su documental Cuchillo de palo (2010), que pone en evidencia el afán de «quemar» públicamente la reputación de los miembros de ciertas familias. En el caso de las personas trans no ocurriría lo mismo: ya están expuestas y, en esas condiciones, ya no hay posibilidad de quemar a nadie, según ellas. Ese legado del régimen de Alfredo Stroessner dejó un mensaje entre líneas: «todo bien si sos gay o lesbiana, pero que no se note», posición que aún sobrevive y que, habiendo reglamentado el desempeño de la homosexualidad de clóset –clóset que debe permanecer cerrado–, sustenta la hipocresía social frente a la flagrancia, la «impertinencia», del orgullo gay.

La relación entre Chela (Ana Brun) y Chiquita (Margarita Irún) –luego aparecería Angie (Ana Ivanova)– no necesita describirse tanto. Bastan los ojos de Chela para expresar todo el resentimiento contra un pasado cuyos vestigios siguen flotando en el ambiente y la sumergen en un estado de melancolía y miedo sin parangón. La pérdida de sus bienes compite con la pérdida de su dignidad si el resto se entera de la vida que lleva. La cultura del temor continúa acechando a los personajes treinta años después de la caída del régimen.

La dictadura alimentó la gula de una sociedad punitiva, ávida de castigar. El escritor y político francés Charles de Rémusat menciona que los trabajos forzados, el presidio al aire libre, la detención, la reclusión y la prisión correlacional no son más que nombres diversos de un mismo castigo que tiene como factor común el encierro, la cárcel (Foucault, 1996: 38). El encierro de Chela, sin embargo, procedería de un sistema punitivo mucho más directo: el utilizado por los miembros de un grupo social delimitado sin la anuencia del sistema penal. La orientación sexual de Chela –y de Chiquita– es un estigma en el marco de ese vestigio del pasado que aún teme y cuyo castigo es el encierro.

Con este mensaje, Las herederas logra romper, victoriosamente, esa línea irrisoria de lo risible, burlesco y superficial que, rigiendo las creaciones, especialmente en el teatro y el cine, hace sombra a aquellos contenidos que tratan de contribuir a la lucha por los derechos. Además, en Las herederas no se ve a un personaje con la etiqueta de lesbiana. Se ve a un ser que sufre y siente. Esta película, por eso, hace propicia una gran reflexión: la ficción paraguaya (cine y teatro), salvo honrosas excepciones, al etiquetar a las personas LGBT, no ha hecho más que obviar sus condiciones de sujetos de derecho. En ese sentido, no ha mostrado personajes complejos con sus respectivos universos, que apuesten por evidenciar las injusticias sociales cometidas contra los colectivos a los que pertenecen.

El fenómeno Las herederas 

Los procesos educativos y culturales no han estimulado en la educación media el debate sobre la diversidad circundante en la cotidianidad y todavía invisibilizada ni, a la luz de ella, la puesta en práctica de valores humanos como la tolerancia y el respeto. La ausencia de ese debate necesario para aceptar la diversidad fuera de todo sesgo de carácter predominantemente religioso y conservador da a luz varios tipos de intolerancias disfrazadas: «respeto, pero no comparto», «todo bien con los homosexuales, pero…», entre otras, que acrecientan la necesidad de que el mensaje encaje en lo que el público quiere ver y no le caiga mal. Y es ahí que la mayoría de creadores locales caen en el vicio de banalizar para dar lugar al entretenimiento sin dejar, al menos, un mensaje relevante, de lucha.

A partir de ahora es necesario centrarse en Las herederas no solo como hecho artístico-cultural sino como fenómeno de fuerte impacto social. Los prejuicios se apoderaron de la opinión pública al divulgarse el logro del equipo paraguayo que fue al Festival de Berlín a recibir sus galardones. Al reconocérseles en Paraguay en una sesión de la Cámara, los arrebatos de una senadora fueron blanco de ataques justos, aunque tímidos e insuficientes, a la vista de una sociedad donde priman posturas conservadoras. Entonces no se hace difícil comprender que la reacción generalizada del público ante el fenómeno de Las herederas satanice la visibilidad de universos femeninos no convencionales.

Desde sus inicios, la Iglesia no ha escatimado esfuerzos para regular el comportamiento sexual de las personas. Silvia Federici, al respecto, afirma que «el clero reconoció el poder que el deseo sexual confería a las mujeres sobre los hombres y trató persistentemente de exorcizarlo identificando lo sagrado con la práctica de evitar a las mujeres y el sexo» (Federici, 2010: 69), concepción por la cual la mujer es apartada de los espacios públicos con el estigma de Eva y que define el panorama que Paraguay, un país en cuya Carta Magna el Artículo 82 «reconoce el protagonismo de la Iglesia Católica en la formación histórica y cultural de la Nación», depara a la mujer, panorama que empeora cuando ésta, en pleno goce de sus derechos, desea liberarse.

Esos limbos, esos tambaleos entre ser y no ser sobre el finísimo hilo de la voluntad de Chela se amenizan en tonos menores y configuran sutilmente el mundo de Las herederas, que explica de manera clara e inmediata, sin preámbulos, las reacciones negativas, vanas y pueriles de los sectores más conservadores de nuestra sociedad.

Este ambiente de rechazo e intolerancia es el que circunda hoy la creación nacional, que debería luchar por romper paradigmas y proponer miradas realistas de las situaciones, no siendo parte del statu quo.

Afortunadamente, no es ese el caso de Las herederas.

Referencias: 

Silvia Federici: Calibán y la bruja: Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, Buenos Aires, Tinta Limón, 2010, 408 pp.

Michel Foucault: La vida de los hombres infames, La Plata, Altamira, 1996, 222 pp.

J. Larraín, P. Larraín, S. Lelio, G. Maza (productores) y S. Lelio (director): Una mujer fantástica [largometraje], Chile, Fábula y Komplizen Film, 2017.

J. Ambròs, M. Andreu, S. Benito, R. Casanovas (productores) y R. Costa (directora): Cuchillo de palo [documental], España, Estudio Playtime, 2010.

jj.detorrespy@live.com

 
 

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