Romances de José Gill, por Hugo Rodríguez Alcalá

De los romances sobre José Gill de Hugo Rodríguez Alcalá, aquí van dos, uno entero y otro en parte. Quien quiera más, puede leerlos en su libro Romancero de tierra adentro.

JOSÉ GILL Y DOS ENEMIGOS (Fragmento)

II

Un gran revólver esgrime
José Gill y con siniestros
alaridos continúa
insultando y maldiciendo...

Los dos liberales miran
con los visajes del miedo,
cómo, de pronto, el intruso,
se saca el poncho riendo,

enfunda su gran revólver,
y exhibe un frasco repleto
de un licor, el más famoso,
por lo puro y por rebueno.

–¡Brindo por dos liberales
que yo estimo y que respeto,
y juremos esta noche
que amigos siempre seremos!

JOSÉ GILL, EL CONDOTIERO

José Gill, hombre sin par
y con todo el mundo amable,
nunca falta si hay reyertas
y líos entre compadres.

Tampoco falta si hay fiestas
en cien pueblos y ciudades.

A él lo quieren y respetan
su valor en todas partes:

lo quieren rojos y azules
con simpatías iguales.

Y aunque tiene sus defectos
nunca de él se queja nadie.

Le dicen: «–Ataque el pueblo.

–¿Cuál pueblo? –El de González
y Servín, los estancieros,
y famosos comerciantes».

Acampa él sin vacilar
en los mismos arrabales.

Sus mercenarios son tropa
de apariencia formidable.

En el pueblo cunde el miedo
aunque el silencio es muy grande:
donde las tropas acampan
sólo hay humos en el aire.

José Gill no ataca: espera
reacciones a él favorables.

Llegan vinos y licores,
y como peces y panes
se multiplican los dones
que aportan los habitantes:

Lechones muy bien asados,
apetitosos hojaldres,
dulces de leche y guayaba,
que hasta a los muertos dan hambre.

Y banquetean las tropas
con las más sabrosas carnes,
golosinas exquisitas
y bebidas a raudales.

Del pueblo sitiado vienen
con música las beldades
y las poleas ya electrizan
hasta a ancianos venerables.

Al final llegan del pueblo
los esperados caudales:

José Gill levanta el sitio
sin alardes militares
y abraza a nuevos amigos
y a muchachas de buen talle.

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