Sobre paraísos olvidados

El periodista Carlos Martini reseña la undécima novela de la escritora paraguaya Susana Gertopán, que acaba de ser publicada por Servilibro.

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«El pasado solo se convierte en tal cuando deja de doler», se lee en la obra Hasta siempre mujercitas (2004), de la escritora chilena Marcela Serrano. El recuerdo de esa frase me acompañó a lo largo de la lectura de Todo pasó en septiembre (2019), esta conmovedora y magnífica novela de Susana Gertopán, de reciente aparición.

El hilo conductor es la relación de Sarah, la abuela judía que vino a Asunción desde la Europa atosigada por el nazismo, y Frede, su nieta, cuya vida está jalonada por diversos acontecimientos –entre otros, la problemática relación con su hija Brenda– que reflejan a una mujer en permanente búsqueda existencial.

En un cuestionario que le envié a la autora sobre el surgimiento de esta obra, me dice que «mientras estaba escribiendo la novela, sorpresivamente recibo unos documentos que habían sido de mi abuela y que me llegaban de Vilna (actual Lituania); era ella oriunda de ese lugar. Yo estaba en medio de una investigación sobre datos que desconocía de su vida, porque siempre calló todo… Entonces, la historia que estaba escribiendo dio un giro. Y aparece la melancolía como el centro del argumento». Y allí hacen acto de presencia los recuerdos de la infancia con su abuela.

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En la novela, un hombre con las uñas sucias le trae un día a la abuela Sarah un documento. Lo recibe Frede. Siente curiosidad. Y le pregunta por él a la abuela. Pero ella no le cuenta el contenido. «Su pasado era como un llano interno que ella retenía. No quería que se conociera nada de él, quizás de ese modo quedaba sepultado su dolor» (p. 69).

Esa nieta desarrolló redes afectivas intensas con la abuela. Fue esa abuela, con sus silencios y sus misterios, la que le crió y le cobijó con un cuidado muy especial. Y en la adolescencia la nieta se marcha. Pero con el tiempo sabe que tiene asignaturas pendientes con la abuela que ya no está… «Quiero volver, necesito volver, porque en ese lugar se encuentra mi alegría perdida» (p. 24).

Como me señala la autora en el cuestionario, vía correo electrónico: «los diferentes exilios, la melancolía, los recuerdos, angustias… amores y desamores. Sobre todo, es una novela cuyos principales argumentos son: la búsqueda, las despedidas y la melancolía».

En esa incursión vivencial, Frede señala: «Sentí de pronto que tenía un nuevo oficio; el de juntar retazos de vidas. Recuerdos que deberían estar enterrados, dolores que ya deberían haber sanado, culpas que no deberían haber existido» (p. 180).

Todo pasó en septiembre me llevó a recordar una novela anterior de la misma autora, El guardián de los recuerdos (2012). Allí, un austriaco, entre finales del siglo XIX y principios del XX, llega a Asunción. Y, atrapado en las redes de su añoranza, inaugura un salón de baile para revivir esplendores de aquella su lejana Viena.

Todo pasó en septiembre nos lleva a confrontarnos con las asignaturas pendientes, con el dolor. Pero también con el renacimiento. O con el cierre de etapas de la vida.

Frede visita la tumba de Sarah. «Fui a mirar el río, a pasear a la costanera, a comer empanadas, al cementerio y a despedirme de ella. O, mejor, a saludarla, porque de los muertos uno nunca se despide» (p. 261).

Aquello que amamos, aunque aparente haberse ido, está en nosotros. El narrador austriaco Stefan Zweig escribió que debemos «defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido».

Susana Gertopán

Todo pasó en septiembre

Asunción, Servilibro, 2019

carlosfmartini@gmail.com

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